Impío

16.

Capitulo 16. EL RETORNO DE LOS FANTASMAS

POV tercera persona.

Los imponentes portones de hierro de la Mansión Vance se abrieron con un chirrido que pareció un lamento. El coche avanzó por el camino de grava, iluminando la fachada de piedra que, durante meses, Nora Vance había reclamado como su único reino.

Erik bajó del auto primero, ajustándose el saco con una parsimonia aterradora. Tras él, Eloise descendió con la barbilla en alto, oliendo el aire de la propiedad como quien regresa a reclamar una joya robada. Lucien cerró la marcha con una sonrisa cínica, disfrutando del espectáculo que estaba por comenzar.

La puerta principal se abrió antes de que Erik tocara el pomo. Nora estaba allí, bajo la luz del candelabro, vestida de negro y con una copa de cristal en la mano.

—Esto ¿qué es? —escupió Nora, barriendo a los recién llegados con una mirada de asco—. ¿Una invasión?

Erik dio un paso al frente, invadiendo su espacio personal sin pestañear.

—Eliminación de la usurpación, Nora —su voz resonó en el vestíbulo—. ¿Ya recogiste tus cosas?

Eloise dio un paso al frente, ladeando la cabeza con una falsa dulzura que destilaba veneno.

—Hola, Eleonora. ¿Extrañaste a mamá?

Nora apretó el tallo de su copa hasta que sus nudillos se pusieron blancos.

—Ni un solo día. Desvergonzada.

Erik soltó una risa seca, mirando a Eloise.

—te lo dije, pero elegiste no creerme.

Nora ignoró a la mujer y clavó sus ojos en su hermano, vibrando de una furia contenida que amenazaba con incendiar la mansión.

—¿No te da vergüenza ensuciar la memoria de papá y el apellido Vance dejando que esa mujer y ese engendro se paseen por nuestra casa otra vez? —preguntó Nora, señalando a Eloise y Lucien.

Erik se inclinó hacia ella, sus ojos brillando con una luz peligrosa.

—¿No te dio vergüenza dar su número al hospital para que ella me desconectaran, hermanita?

El silencio que siguió fue denso, cargado de verdades que quemaban. Nora no bajó la mirada.

—No te arrojé a ese acantilado —respondió ella con una frialdad absoluta—. Lo hiciste tú solo, por una Blackwood. Una infame, igual que la mujer que nos engendró.

—Pero pudiste sacarme de ese hoyo y preferiste enterrarme —sentenció Erik—. Así que aprovecha que estoy de buen humor y recoge tus cosas antes de que se me pase y te vayas sin siquiera tu ropa.

Nora dio un sorbo a su vino, manteniendo una calma que solo un Vance podría poseer en ese momento.

—Perfecto. Recogeré mis cosas y las de Bianca en un minuto.

Erik se tensó. El nombre de su hija actuó como un interruptor.

—Gracias por cuidarla, pero ya no te necesita —dijo él, su voz volviéndose un susurro gélido—. Papá volvió, con la abuelita exiliada, y el tío bastardo.

Nora soltó una carcajada que resonó en las paredes de mármol.

—Papá volvió, pero legalmente Bianca es mía. Sofía me vendió a su hija a cambio de una herencia en la que pensó que tendría una porción... ¿y qué crees? La dejé sin la niña y sin nada.

Erik se quedó inmóvil un segundo, procesando la magnitud de la jugada de su hermana. De pronto, una carcajada genuina y oscura escapó de su garganta.

—Jajajajaja... Maldita. Eso sí no me lo esperé.

Nora sonrió con una victoria amarga.

—Me voy, pero me llevo a la heredera. Y sigo controlando la mitad de tu fortuna, Erik. No puedes mover un centavo de las cuentas principales sin mi firma.

Erik dio un paso rápido, empujándola ligeramente hacia atrás, marcando su territorio pero con un nuevo respeto brillando en sus ojos.

—Brillante, Nora. Te has ganado una silla en la mesa —dijo, su rostro a centímetros del de ella—. Solo no te acostumbres. Porque apenas encuentre la forma, te quito la silla... y a mi hija.

Nora no retrocedió más. Sostuvo la mirada de su hermano, sabiendo que la guerra civil de los Vance acababa de entrar en su fase más sangrienta.

—Inténtalo, hermano. Sabes que siempre he sido mejor que tú guardando secretos.

Nora se dio la vuelta y subió las escaleras con paso firme. Erik se quedó en el vestíbulo, mirando hacia el jardín oscuro, sin saber que en ese mismo momento, a kilómetros de allí.

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POV: MILA

El olor a calabaza y miel me golpea antes de que abra los ojos. Por un segundo, el peso en mi pecho se siente un poco más ligero. No estoy en una mansión llena de fantasmas, ni en un aeropuerto desangrándome por un hombre que no me eligió. Soy pequeña, tengo ocho años, y mi padre acaba de decir que todo estará bien.

Pero cuando abro los ojos, es la cara de Isaac la que está frente a mí. No lleva traje, está despeinado y sostiene un plato con una pila de tortitas humeantes.

—Sé que quieres morirte —dice con una media sonrisa, sentándose en el borde de la cama—, pero no puedes irte al otro mundo con el estómago vacío. Papá decía que estas tortitas curaban hasta el mal de amores.

Suelto una risa seca, una que me raspa la garganta, pero es el primer sonido genuino que sale de mí en días. Me incorporo con esfuerzo y acepto el plato. El primer bocado me sabe a infancia. Es azúcar, es hogar... es un respiro.

—Están horribles, Isaac —miento, masticando con ganas—. Te pasaste con la canela.

—Eres una malagradecida, Mila —se ríe él, pasándome una servilleta—. Me ha tomado media hora descifrar cómo encender la estufa de esa cocina.

Por unos minutos, nos olvidamos de los Vance y de los Blackwood. Nos reímos de su torpeza y de cómo el mundo solía ser simple. Es un oasis de felicidad, un trozo de cristal brillante en medio de un basurero. Pero en esta casa, la felicidad es una falta de respeto.

La puerta se abre de golpe. Beatrice Blackwood entra en la habitación. No hay pánico en su rostro, solo esa calma quirúrgica que usa para dar las peores noticias.

—Qué escena tan conmovedora —suelta, y su voz rompe mi burbuja de paz—. Es una lástima que mientras ustedes juegan a la casita, el niño se haya escapado por el hueco del rosal.




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