CAPÍTULO 17: EL HIJO DE LA INFAMIA
POV: TERCERA PERSONA
El vestíbulo de la residencia Blackwood se sentía más pequeño de lo habitual, asfixiado por la presencia de Lucien. El joven se paseaba con una mano en el bolsillo de su pantalón de sastre, deteniéndose a observar los cuadros antiguos con una falta de respeto que hacía que Beatrice Blackwood apretara la mandíbula hasta que sus oídos zumbaban.
—¿Crees que puedes pasearte por los pasillos de mi casa y ensuciar el aire con tu presencia solo porque Erik Vance está ahora respaldándote? —soltó Beatrice, su voz era un látigo de seda fría.
Lucien se detuvo frente a un jarrón de la dinastía Ming y lo rozó con la punta de los dedos, como si estuviera evaluando si valía la pena romperlo. Se giró hacia ella con una sonrisa lánguida.
—Vaya, qué bienvenida tan cálida —murmuró Lucien—. Es curioso, porque había escuchado por todo el condado que esta era la casa de Mila. No sabía que todavía recibía órdenes de la administración anterior.
Sofía, que observaba la escena desde la sombra de la escalera, sintió una sacudida de asombro. Nadie le hablaba así a su madre y salía ileso para contarlo. Una sonrisa involuntaria tiró de las comisuras de sus labios; había algo profundamente satisfactorio en ver la máscara de perfección de Beatrice agrietarse.
—Mila es una sombra —escupió Beatrice, dando un paso hacia él—. Es un cuerpo sin alma, camina vacía y caerá en cualquier momento. No te aferres a un barco que ya está bajo el agua, muchacho.
Lucien no se inmutó. De hecho, se acercó más, invadiendo el espacio personal de la matriarca con una confianza depredadora.
—Pues hasta que caiga, me seguiré paseando por la propiedad con la libertad que me apetezca. Considere mi presencia como una ventilación necesaria, señora Blackwood.
—¡Fuera ahora! —estalló Beatrice, perdiendo finalmente la compostura. Extendió las manos y le dio un empujón en el pecho—. ¡Vete de mi casa ahora mismo!
Lucien retrocedió un par de pasos, pero no por debilidad, sino por cortesía burlona. Levantó las manos en señal de rendición, manteniendo esa mirada chispeante que parecía leer cada pecado de la mujer frente a él.
—Tranquila, señora. Cuídese —le dedicó una sonrisa cínica, cargada de una preocupación falsa—. A su edad, un ictus puede ser muy inoportuno. No querría dejar este mundo sin terminar de ver cómo se desmorona su linaje.
Beatrice temblaba de ira, con el rostro encendido por una mancha roja de pura furia. Lucien le dio la espalda con una parsimonia insultante y comenzó a caminar hacia la salida. Justo antes de cruzar el umbral, se detuvo, giró la cabeza y, con una precisión quirúrgica, le guiñó un ojo a Sofía.
La joven se quedó inmóvil, sintiendo un calor extraño subir por su cuello. Cuando el motor del coche de Lucien rugió en la entrada, Sofía se acercó a su madre.
—¿Quién es él, madre? —preguntó en un susurro.
—El hijo de la infamia —respondió Beatrice, recomponiendo su postura, aunque sus manos seguían vibrando—. Mantente lejos de él, Sofía. Tiene esa aura de quien intentará contaminar el poco aire limpio que queda en este lugar. Es un Vance de la peor calaña: el que no tiene nada que perder.
En ese momento, los pesados portones de la entrada se abrieron de golpe. El aire frío de la noche irrumpió en el vestíbulo y, con él, la imagen que Beatrice y Sofía más temían.
Entró Erik. Venía cubierto de barro, con el rostro marcado por el cansancio, pero cargando a Alexander con una posesividad que no admitía réplicas. A su lado, Mila caminaba en un estado de trance, con los pies calzados en los zapatos que Erik le había puesto y la mirada fija en su hijo.
—Lo encontraron —susurró Sofía, sintiendo que el pecho se le oprimía.
Beatrice no respondió de inmediato. Observó la escena con los ojos entrecerrados. Erik bajó al niño, pero no lo soltó del todo; Alexander se aferraba a su pierna mientras Mila le acariciaba el cabello. Parecían una unidad. Una fortaleza cerrada al resto del mundo.
—¿Por qué sientes alivio Idiota? —murmuró Beatrice para sí misma, con una voz cargada de veneno—. Míralos, Sofía. Se ven como una familia feliz. El niño ha elegido, y Mila ha claudicado.
Beatrice se giró hacia su hija, clavándole una mirada inquisidora que era casi un desafío.
—Dime, Sofía... viendo eso, ¿cómo planeas meterte en medio? Porque ahora mismo, eres lo único que sobra en ese cuadro.
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POV: SOFÍA
Me quedé congelada en el vestíbulo, viendo cómo Erik subía las escaleras con Alexander, ignorándome como si yo fuera parte del mobiliario. El eco de sus pasos resonaba en mi pecho, recordándome lo que realmente era para él: un desliz, una distracción física que usó cuando Mila lo dejó vacío, y la madre de una hija que ni siquiera podía retener.
—Mírate —la voz de mi madre llegó desde la penumbra, cargada de una decepción punzante—. Estás aquí parada, viendo cómo ella recupera su mundo, mientras tú ni siquiera te has dado cuenta de que Nora Vance se ha burlado de ti.
Me giré bruscamente. El nombre de mi hija dolió como una herida abierta.
—Nora dijo que traería a Bianca hoy, madre. El plazo era esta tarde...
—El plazo terminó hace horas, Sofía —me cortó Beatrice, acercándose con esa elegancia depredadora—. Nora se la llevó ayer y debía devolverla hoy. No lo hizo. Te ha robado a tu hija en tu propia cara y tú estabas tan ocupada babeando por el regreso de Erik y vigilando el drama de Mila que ni siquiera has levantado el teléfono.
Mis ojos se llenaron de lágrimas de rabia.
—Él nunca me quiso, madre. Solo nos usamos. Él solo quería olvidar a Mila y yo...
—¡No me importa lo que querías! —siseó ella, tomándome por el mentón con fuerza—. Oliver me quitó el poder en esta casa antes de morir, me dejó a merced de los caprichos de Mila. Pero tú... tú vas a ser la Señora de la Casa Vance. No por amor, sino por derecho. Bianca es tu pase de entrada. Erik te debe esa posición por lo que pasó antes del accidente.