Impío

18

capitulo 18

POV: ERIK

El pasillo de la Mansión Vance se sentía como una garganta estrecha que intentaba asfixiarme. Todo estaba demasiado ordenado, demasiado frío, demasiado... Nora. Al acercarme a la habitación de Bianca, no escuché risas ni el sonido de juguetes. Escuché la voz monótona de mi hermana recitando algo que no era una fábula, sino un tratado sobre derecho sucesorio.

Entré sin llamar.

La escena me revolvió el estómago. Bianca estaba sentada en el borde de la cama, rígida, con las manos entrelazadas sobre el regazo y los ojos fijos en un punto muerto de la pared. No era una niña de cinco años; era un prototipo, un robot programado, una Vance en su versión más árida.

—Fuera —solté, mi voz cortando el aire como un bisturí.

Nora ni siquiera cerró el libro. Levantó la vista con una lentitud exasperante.

—Pídemelo de forma educada, Erik. Si no lo haces correctamente, me temo que no me apetece que la veas.

Sentí que la bilis me subía por la garganta. Tenía preparada una aberración, una de esas frases cargadas de veneno que desmantelan a cualquiera, pero entonces la vi. Bianca. Una grieta invisible se abrió en mi pecho al ver la sombra de tristeza absoluta en su cara. El monstruo que llevo dentro, ese que se supone que no siente, se estremeció. No podía fingir indiferencia ante ese rostro marchito.

—Tu tiempo de lectura instructiva aburrida e insoportable acabó, querida y adorada Eleonora —dije, forzando una sonrisa maliciosa—. Sería mejor que aprovecharas tu valioso tiempo libre para tomarte ese té con limón que te hace ser más agria mañana por la mañana.

Bianca miró a Nora y sus labios se movieron apenas, una sonrisa que murió antes de nacer.

—Estamos trabajando con Bianca el "por favor" y "gracias" —insistió Nora, levantándose con una elegancia que me dio asco—. ¿Te gustaría practicar? Podrías decirme algo como: ¿Por favor, Nora?

Apreté los dientes hasta que me dolió la mandíbula.

—Por favor, Nora.

Ella se levantó, satisfecha, acomodándose la falda.

—Así me gusta. Creo que nos estamos entendiendo ahora. Bianca, querida, no te duermas después de las...

—De las ocho. Ya lo sé, tía Nora —respondió la niña, mecánica.

—Perfecto. —Nora pasó por mi lado y me susurró al oído—: Tienes 30 minutos. Ni uno más.

—Te cobraré esto, Eleonora. Después no llores.

—Por la amenaza, 25 minutos —replicó ella, imperturbable.

—Por favor, Nora, cierra la puerta —solté con una urgencia que no era cortesía, sino necesidad de aire.

—Claro.

—¡Graciaaaaas! —exclamé con una euforia falsa que resonó en el pasillo.

En cuanto el clic de la cerradura selló la habitación, el aire pareció volver. Miré a Bianca. Estaba ahí, pequeña, pequeña de una forma que me asustaba.

—Es insoportable... —murmuré.

Bianca asintió despacio. Empecé a imitar los gestos rígidos de Nora, exagerando su postura de palo y su tono de dictadora. La niña soltó una risa. Una risa real.

—Mejor —dije, sintiendo que algo en mi interior se destensaba.

—Qué bueno que regresaste, tío Erik —dijo ella, y su voz pequeña me golpeó—. Ya mi papá Caleb no me lleva al ballet.

Sentí un pinchazo. Caleb. Siempre el nombre de ese hombre.

—Aún no me salen bien las coletas, Bianca.

—Lo sé. A la tía Nora sí le salen bien, pero... con ella nada es divertido. Y mamá ya no puede venir tampoco.

Y entonces, empezó a llorar. Fue un llanto silencioso, de esos que duelen más porque no buscan llamar la atención.

—Por Dios, no hagas eso, Bianca —dije, retrocediendo un paso—. No quiero tener que abrazarte. Los abrazos me ponen de los nervios.

Ella me miró con esos ojos que son demasiado Vance para su edad.

—Sí, lo mismo dice la tía Nora. Un Vance de verdad no necesita abrazos, ni consuelos.

Sentí que la mano me temblaba. ¿Qué le estábamos haciendo a esta niña?

—Hagamos una excepción, ¿quieres?

No respondió con palabras. Se lanzó hacia mí y me rodeó con sus brazos pequeños. Lloró contra mi abrigo, un llanto que se sentía como si me estuvieran arrancando la piel.

—Puedes por favor traer a mi papá —me suplicó entre hipos—. Dile que ya no tiene que cuidar a Alexander. Dile que ahora tú cuidarás de él y que todo puede volver a ser como antes.

Me quedé mudo. El peso de la culpa, de mi ausencia, de mi "muerte", se volvió una montaña.

—¿Le dirás? —insistió ella.

—Le dire... —mentí, o quizá no.

—¿Lo prometes?

—Lo prometo.

En cuanto la palabra salió de mi boca, Bianca me soltó. Como si hubiera un interruptor, volvió a ser mecánica. Volvió a ser una Vance.

—Ya casi son las ocho. ¿Me arropas?

Asentí en modo automático. La niña se acostó y la arropé con una torpeza que me hacía sentir estúpido.

—Me traes mi oso —me pidió.

Miré la montaña de peluches caros en el rincón.

—¿Cuál de todos? Hay muchos.

Señaló uno en especial. Me quedé helado. reconocia ese oso, Lucian lo habi dejado para ella junto a una caja musical por peticion mia.

—Es mi favorito —susurró—. Apareció un día que estaba triste. Siempre pienso que papá Caleb lo dejó para mí.

—Seguro lo hizo —respondí, con la garganta seca.

—Gracias por venir, tío Erik.

De pronto, una alarma chillona sonó desde la mesita de noche. El ruido era metálico, invasivo. Busqué la fuente del ruido, alterado.

—Ya es hora de dormir —dijo ella, apagando el reloj con un movimiento preciso—. Apaga la luz.

Salí de esa habitación aterrado. El silencio de Bianca, su disciplina, su aceptación de la soledad... era el reflejo de mi propia infancia, pero corregido y aumentado por la mano de Nora.

Nora estaba afuera, apoyada en la pared, esperándome con el cronómetro en la mirada. Salí como un fantasma, sintiendo que la muerte de la que regresé era más cálida que esa casa.

—Puntual y obediente como nunca, Erik —se burló Nora.




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