Capitulo 19 : CINCO AÑOS DE OXIDACIÓN
POV: TERCERA PERSONA
—¡Eh! ¡Ustedes! ¡¿Qué mierda hacen en mi auto?!
El grito del hombre rompió la burbuja de whisky y desesperación en la que Mila y Erik estaban sumergidos. Se separaron de golpe, jadeando, con los labios encendidos y la mirada turbia. La alarma del coche seguía chillando, rítmica y desquiciada, iluminando sus rostros con destellos intermitentes.
El dueño del auto, un tipo corpulento con el cuello rojo por la cerveza y el juicio nublado por el enojo, se acercó tambaleándose, agitando las llaves como si fueran un arma.
—Pasa de él, Erik —masculló Mila, pasándose el dorso de la mano por la boca, intentando recomponerse—. No está bien. Vámonos.
Pero el hombre no buscaba una disculpa; buscaba un saco de boxeo. Ignorando a Erik, el tipo estiró la mano y agarró a Mila por el hombro con demasiada fuerza, sacudiéndola.
—¿Te crees muy lista, princesita? ¡Mira cómo me has dejado la pintura con tus malditos botones!
Erik se tensó, sus ojos transformándose en dos ranuras de obsidiana. Dio un paso al frente, con el puño cerrado listo para reventarle la mandíbula al borracho, pero Mila fue más rápida.
Sin previo aviso, Mila giró el cuerpo y lanzó un derechazo seco, directo y cargado con toda la frustración que Caleb le había provocado una hora antes. El sonido del impacto del puño contra el cartílago fue nítido.
El hombre retrocedió tres pasos, llevándose las manos a la cara. La sangre empezó a brotarle de la nariz de inmediato, manchándole la camisa.
Erik se quedó inmóvil un segundo. Y entonces, soltó una carcajada. Una risa de verdad, vibrante y ronca, una que no le salía desde antes del accidente.
—Ese movimiento me resulta familiar —murmuró Erik, con una sonrisa que era casi una caricia—. Casi puedo sentir el fantasma de mi propio cartílago rompiéndose hace seis años. Sigue siendo tu mejor atributo, Mila.
—le dije que no nos molestaras —le soltó Mila al hombre, sacudiéndose la mano, que ya empezaba a dolerle.
La diversión duró poco. La puerta del bar se abrió de golpe y cuatro hombres más salieron al estacionamiento al escuchar los gritos de su amigo. Eran tipos grandes, con manos de trabajadores y miradas cargadas de malas intenciones.
Mila retrocedió hasta chocar con el pecho de Erik.
—Ay, no... creo que no fue una buena idea —susurró, viendo cómo el grupo se cerraba sobre ellos.
Erik, en lugar de retroceder, soltó un suspiro largo y comenzó a arremangarse la camisa blanca con una parsimonia aterradora. Sus movimientos eran fluidos, casi rítmicos.
—¿Cuántos son, más o menos? —preguntó él, con voz baja.
—Cuatro —respondió Mila, sintiendo que el corazón le iba a mil—. Sin contar al de la nariz rota.
Erik Silva un poco, estirando el cuello hasta que sus vértebras crujieron.
—Hace mucho tiempo que no hago esto. No sé cómo va a salir.
Mila lo miró de reojo, aterrada.
—¿Cuánto tiempo, más o menos, estamos hablando?
—Cinco años —respondió Erik, lanzándole una mirada de soslayo cargada de una ironía letal—. Desde que estoy "felizmente casado".
Mila parpadeó, incrédula.
—Eso es mucho tiempo, Erik. Va a ser un desastre.
Él sonrió, pero esta vez fue la sonrisa del hombre que no tiene nada que perder, la del Vance que prefiere arder antes que arrodillarse.
—Lo será —sentenció él, poniéndose en guardia—. Pero será divertido.
Mila apretó los puños, sintiendo la adrenalina inyectarse en sus venas como veneno.
—Mierda.
***
POV: CALEB
Es una maníaca. No hay otra palabra para describir a Mila Blackwood.
Me limpio los labios con el dorso de la mano, sintiendo todavía el rastro de su beso, un beso que no tuvo nada de la dulzura que recordaba. Fue un ataque. En estos seis meses en el Pacífico no me besó ni una sola vez así; ni siquiera me dejaba tocarle la mano sin que pareciera que estaba haciendo un sacrificio. Y ahora piensa que puede jugar con mi mente. Busca culparme de todo, fabricar una excusa de "villano" para irse sin remordimientos a la cama de Erik Vance.
Son iguales. Dos hipócritas. Él la engañó con su propia hermana, tiene una hija con Sofía y fingió su muerte para evitar la responsabilidad de sus actos. Y ella... ella lo recibe con los brazos abiertos mientras me llama a mí "el que huye".
Necesito ver a mi hijo. Necesito recordar por qué estoy soportando este mausoleo de familia rota.
Entro en la habitación de Alexander sin llamar. El aire huele a suavizante y a infancia, un contraste violento con el veneno que acabo de tragar en el pasillo. Mi hijo está hecho un ovillo bajo las sábanas. Lo muevo suavemente hasta que abre los ojos.
—Hola, hijo —susurro.
Alexander parpadea, desorientado por el sueño. Al verme, su cuerpo se tensa.
—¿Papá Caleb?
Me mira con un destello de terror que me atraviesa el alma.
—Tranquilo, tranquilo... estoy aquí. No tengas miedo.
—¿Vienes a llevarme lejos otra vez? —me pregunta en un susurro, agarrando la sábana hasta la barbilla.
El golpe me deja sin aire. Me siento en el borde de la cama, intentando que mi voz no tiemble.
—No, pequeño. Vine a quedarme contigo aquí, o donde sea que quieras estar. No te voy a llevar a ningún lado si tú no quieres.
Alexander se relaja apenas un poco, pero sus ojos siguen brillando con una nostalgia que no debería pertenecer a un niño de cinco años.
—¿Podemos entonces volver todos a la Toscana?
La pregunta cae como ácido en mis oídos. ¿La Toscana? ¿El lugar donde el "fantasma" lo crió mientras yo me hundía en la desesperación?
—¿Por qué ese lugar, Alexander? —mi voz suena más afilada de lo que pretendo—. ¿Qué fue exactamente lo que tenías ahí que no tienes aquí? ¿O en el Pacífico? ¡Dímelo!
Alexander se encoge, asustado por mi tono. Respiro hondo, cerrando los ojos para recuperar el control. Le acaricio el cabello con torpeza.