Impío

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CAPÍTULO 20: EL ARTE DE LA CALUMNIA

POV: MILA

Las luces azules y rojas rebotan en las paredes de ladrillo, tiñendo el callejón de una atmósfera de crimen barato. El sonido de las sirenas me taladra los oídos, mezclándose con el rastro de whisky que aún me quema la garganta.

Miro a Erik. Está ahí, con la camisa arrugada y el labio partido, pero con esa calma aristocrática que me dan ganas de abofetear.

—Eres una maldita mala influencia —le siseo, sintiendo el pánico subir por mi pecho—. Le acabo de dar a Caleb otro punto para que sea nombrado el "padre del año" y a mí la etiqueta de "madre inestable" para que la anote en su maldita carpeta roja.

Erik no parece preocupado. Al contrario, hay un brillo de diversión en sus ojos que me enfurece.

—Tú golpeaste a ese hombre por iniciativa propia, Condesa —murmura. Se acerca un paso y, antes de que pueda reaccionar, estira el pulgar y me limpia con una suavidad exasperante un poco de labial corrido de la comisura—. Tienes una derecha impresionante, por cierto.

—No me toques —le espeto, apartando su mano de un golpe.

—Sé una esposa adorable por un momento, por favor —dice con un cinismo letal mientras la patrulla se detiene frente a nosotros—. Aquí llega la caballería.

El oficial baja del coche, con la mano en el cinturón y una expresión de "estoy cansado de este turno". El dueño del auto gris, el de la nariz convertida en una fuente de sangre, se lanza hacia él como si fuera su salvador.

—¡Son ellos! —aúlla el hombre, señalándonos—. ¡Esa perra me rompió la nariz y el imbécil de su novio intentó matarme! ¡Miren mi auto! ¡Miren mi cara!

El oficial nos observa. Ve a Erik, impecable a pesar del desorden, y me ve a mí, envuelta en el abrigo de Eloise que me queda grande.

—¿Algo que decir? —pregunta el policía, sacando su libreta.

—Mi dulce esposa le golpeó, es cierto —responde Erik, cruzándose de brazos con una naturalidad pasmosa—, pero ¿por qué no le explica al oficial lo que le hizo a ella primero?

El policía frunce el ceño. Mira la nariz rota del hombre y luego me mira a mí.

—¿Qué le hizo a la dama? —le pregunta al sujeto.

—¡Yo no le hice nada a esa mujerzuela! —estalla el tipo, cometiendo el error de gritarle a la autoridad—. ¡Solo quería que pagaran por los rayones!

Siento el veneno de la adrenalina recorrer mis venas. Miro a Erik de reojo; él me da el pie con un leve movimiento de cabeza. Es hora de jugar al ajedrez en el barro. Miro al oficial con mis mejores ojos de víctima asustada.

—Quería que le diera mi número —suelto, con la voz apenas un hilo—. Salí del bar y él me siguió. Le dije: "Déjame en paz, por favor, estoy casada". Pero él se puso agresivo. Me dijo que no llevaba anillo... —le enseño mi mano desnuda al oficial con un temblor fingido—, y que podíamos pasar un rato divertido. Me tomó de los hombros y me empujó contra su auto.

Erik da un paso hacia mí, rodeándome los hombros con el brazo. Su tacto es firme, protector, una mentira perfecta.

—Le dije que a mi esposo no le gustaría nada lo que estaba haciendo —continúo, ganando confianza—, pero él insistió. Tuve que defenderme. Luego llamó a sus amigos y mi esposo llegó justo a tiempo. Nos defendimos y corrimos... y ahora estamos aquí. Tengo mucho miedo, oficial.

El policía suspira y mira al hombre con un desprecio creciente.

—No puedes ir por ahí, amigo, queriendo conquistar chicas e intentando abusarlas. Ya ves... algunas tienen una buena derecha.

—¡Eso no es cierto! —grita el borracho, fuera de sí—. ¡Esa perra venenosa miente! ¡Son dos lunáticos! ¡Estaban encima de mi auto los dos librando una guerra oscura con sus malditas lenguas enredadas! ¡Ella miente!

El oficial se interpone entre el hombre y nosotros.

—Por favor, señor, cálmese. Sus testigos son sus amigos borrachos, no me sirven de mucho ahora mismo con su actitud.

—Tengo pruebas... —balbucea el hombre.

—¿Ah, sí? —Erik arquea una ceja, retador—. ¿Cuáles?

—¡Esto no se quedará así! —ruge el tipo, pero el oficial ya le está dando la espalda.

—Disculpen el altercado —nos dice el policía, cerrando su libreta—. Si quieren denunciar a este sujeto por intento de agresión, pueden venir conmigo a la comisaría ahora mismo.

Erik me mira, bajando la cabeza para que sus labios rocen mi oreja. El calor de su aliento me estremece, recordándome que hace diez minutos yo misma estaba "enredando mi lengua" con la suya.

—¿Quieres denunciar a tu agresor, mi amor? —pregunta con una dulzura que me da escalofríos.

Miro al hombre de la nariz rota, que ahora parece más pequeño bajo la luz de la patrulla.

—No —respondo, clavando la vista en el tipo—. Creo que la nariz le recordará que no debe molestar a más chicas cuando se le baje el alcohol. No quiero perder más tiempo.

El oficial asiente, nos da una advertencia de cortesía sobre no andar por callejones a estas horas y se lleva al hombre hacia su coche para, al menos, hacerle una prueba de alcoholemia.

Cuando la patrulla se aleja, me aparto de Erik de un tirón. La máscara de víctima cae y la rabia vuelve.

—Eres un mentiroso profesional, Erik Vance.

—Y claramente aprendiste del mejor, tu versión de los hechos fue perfecta. Casi me lo creo hasta yo.

—Esta ha sido mi versión de madre desesperada.

— Puedo poner un nuevo anillo en tu dedo, mi amor.

— Volveria a enterrarlo y a olvidarme de donde, asi cuando me den ganas de buscarlo no lo encontraía y mi dedo estaria vacio, y tu lejos de mi.

—Hacemos un buen equipo, Mila —dice él, metiéndose las manos en los bolsillos—. Deberías dejar de pelear contra lo obvio.

—Lo obvio es que eres un peligro para mi custodia, y lo de hoy no significa nada, no te perdono lo de sofia, no te perdono lo de bianca, no te perdono que hayas fingido estar muerto y hayas estado jugando con mi mente todo este tiempo. —le sentencio, empezando a caminar hacia la calle principal.




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