Impío

21

Capitulo 21

POV: MILA

El amanecer en la mansión Blackwood no trajo claridad, solo una luz grisácea que hacía que todo pareciera más viejo y cansado. Me levanté con el cuerpo pesado, sintiendo el eco del whisky de anoche golpeándome las sienes. Cada paso hacia la habitación de Alexander era una lucha contra el vértigo, contra la imagen de Erik besándome bajo la sirena de una alarma.

Abrí la puerta de mi hijo despacio. Caleb estaba allí, dormido de lado en el borde de la cama. Tenía una mano cerca de la cabeza del niño, como si incluso en sueños necesitara asegurarse de que no iba a desaparecer. Alexander, por su parte, dormía con una paz que no tiene cuando está solo conmigo.

Al sentir el chirrido de la puerta, Caleb abrió los ojos. Se incorporó con brusquedad, restregándose la cara.

—Me quedé dormido, lo siento —dijo en voz baja, con la voz todavía ronca.

—Si, no hay problema —respondí, retrocediendo hacia el umbral. No podía mirarlo mucho tiempo sin sentirme hipócrita.

Iba a salir, desesperada por aire, cuando su voz me detuvo.

—No hagas planes con él hoy. Lo enseñaré a montar.

Me detuve en seco. La molestia me espabiló de golpe. Me giré para encararlo.

—No hagas planes sin avisarme, Caleb. Si quieres que esto funcione, tiene que haber comunicación.

Él se levantó de la cama, enderezándose el cuello de la camisa, y me miró con una distancia que me dolió más que un grito.

—No voy a volver contigo, Mila. No confundas las cosas.

Sentí una risa amarga subir por mi garganta. —Estoy hablando de ti y de mí como padres, no como pareja, Caleb. Baja de tu pedestal.

—Te hare un itinerario.

—No seas ridículo —le solté—. Con avisarme con anticipación podemos organizarnos. No necesito un papel para saber cuándo vas a ver a tu hijo.

Caleb no respondió. Salió de la habitación y el silencio que dejó atrás fue mil veces peor. Sentí ese hormigueo familiar en las manos, el nudo en la garganta. Ansiedad. Caminé por el pasillo, casi tambaleándome, y entré al estudio que fue de mi padre. Necesitaba quemar el nudo con un trago.

Al cerrar la puerta, el olor a papel viejo y tabaco de pipa me succionó hacia atrás, como si el tiempo se doblara sobre sí mismo.

FLASHBACK

La biblioteca estaba inundada por el sol de la tarde. Oliver Blackwood estaba sentado tras su escritorio de roble, con las gafas en la punta de la nariz, pasando las páginas de un libro contable con una concentración absoluta.

—Papá, ¿me estás escuchando? —pregunté, caminando de un lado a otro mientras agitaba las manos.

Él no levantó la vista. Solo hizo un pequeño ruido con la garganta, ese "ajá" automático que usaba para fingir atención.

—Mila, está ocupado —intervino Sofía desde el sofá, sin despegar la vista de su propia revista—. No lo molestes, está trabajando.

—¡Pues ser padre es su trabajo más importante! —exclamé, plantándome frente al escritorio y golpeando la madera con las palmas—. Tiene que escucharme. Es una cuestión de principios.

Oliver suspiró. Fue un suspiro largo, cargado de esa paciencia infinita que solo tenía conmigo. Cerró la computadora lentamente y, por fin, me miró.

—Te estoy escuchando, Mila —dijo con su voz seca y profunda—. Pero solo dices incoherencias.

—¡No es una incoherencia! —le reclamé con una sonrisa desafiante—. ¿Cómo puede ser una incoherencia que las margaritas sean flores baratas? Es una tragedia estética, papá.

Él arqueó una ceja, casi dejando escapar una sonrisa que intentó ocultar.

—Las margaritas son flores resistentes, Mila. Crecen donde otras mueren. Eso no las hace baratas, las hace... necesarias. Ahora, déjame volver al trabajo antes de que decidas que el cielo es de un azul demasiado vulgar.

PRESENTE

Abrí los ojos. El escritorio estaba vacío. El polvo bailaba en el aire donde antes estaba la figura de mi padre. Me acerqué al mueble bar con las manos temblorosas y me serví un whisky.

—Eran baratas, papá —susurré al aire viciado del estudio—. Pero tenías razón. Crecen en cualquier parte. Incluso en este cementerio que llamamos casa.

Bebí el trago de un golpe. El fuego bajó por mi garganta.

Me senté en su silla. El cuero crujió bajo mi peso, frío y autoritario. Me acerqué al escritorio, sintiendo cómo el fantasma de mi padre se disipaba para dejarme espacio. Miré la computadora portátil, ese objeto gris y metálico que siempre fue el muro entre nosotros.

—¿Qué era lo que hacías mientras yo te hablaba tonterías, papá? —susurré, acariciando el teclado—. ¿Qué era tan importante?

Abrí la tapa. La pantalla se iluminó, reflejándose en mis ojos cansados. Me quedé mirando el cursor parpadeante, sintiéndome como una impostora. Mis dedos dudaron sobre las teclas.

—Sofía sabría qué hacer… —murmuré con un nudo en la garganta—. Ella entiende de números, de pólizas, de herencias. No entiendo por qué me has dejado a cargo a mí, papá. Si soy una flor barata. Solo soy una margarita.

Entré en el portal empresarial de la familia por inercia, buscando algo que me hiciera sentir útil, algo que me distrajera del vacío en mi pecho. Pero lo que encontré fue una emboscada.

Allí, en la página principal de noticias financieras, un titular en negritas me golpeó con la fuerza de un impacto físico:

"REESTRUCTURACIÓN EN VANCE GROUP: ERIK VANCE REAPARECE LEGALMENTE, RECONOCE A SU HEREDERO Y VALIDA SU MATRIMONIO CON MILA BLACKWOOD."

Me quedé helada. Leí la frase tres veces, esperando que las palabras cambiaran, que fueran un error tipográfico, una broma de mal gusto. Pero no. Allí estaba mi nombre, unido al suyo por un trámite legal ejecutado en las sombras.

Sentí que la sangre se me subía a la cara, no por miedo, sino por una rabia negra y pura que nunca había experimentado. La ansiedad desapareció, reemplazada por un odio lúcido.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.