Impío

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CAPÍTULO 22: EL PRECIO DE LA ADICCIÓN

POV: MILA

Me odio. Me odio con cada fibra de mi ser mientras mis dedos se enredan en su cabello y mi cuerpo traiciona cada una de mis promesas. Soy una mentirosa, una hipócrita. Entré aquí como una reina de hielo y me estoy derritiendo bajo sus manos como una colegiala desesperada.

Me odio por ser tan débil.

Pero es que no puedo controlarlo. Si no lo tengo, siento que me quedo sin aire, que el mundo es un lugar plano y gris. Lo quiero. Él lo sabe, sabe que me gusta, sabe que este fuego es lo único que me hace sentir que no estoy muerta por dentro. Oh, Dios, cómo me gusta...

Erik baja la guardia del sarcasmo y entierra su rostro en mi cuello. Sus labios queman mi piel y sus manos suben por mis muslos, por debajo de la seda blanca de mi vestido, reclamando territorios que legalmente nunca dejó de poseer. Suelto un jadeo que suena a derrota y lo muerdo, clavando mis dientes en su hombro para no gritar su nombre.

Y entonces, como un relámpago de agua helada, el pensamiento me golpea:

¿Así besaba a Sofía? ¿La tocaba igual? ¿Ella también se sentía morir mientras él la devoraba en una habitación de la mansión Blackwoods?

El placer se convierte en náusea. La excitación en veneno.

Me aparto de él con una violencia física que nos deja a ambos descolocados. Mis pies golpean el suelo y lo miro. Sus labios están rojos, su mirada está oscura, triunfante... y eso es lo que me rompe.

Empiezo a llorar. No es un llanto delicado de película; son sollozos rotos, pesados, que me sacuden los hombros.

Erik se queda pálido. La suficiencia desaparece de su rostro, reemplazada por una expresión de absoluto desconcierto. Se queda ahí, sentado en el borde del escritorio de Nora, con las manos suspendidas en el aire. Es el hombre más poderoso de los Cotswoots, pero frente a una mujer que llora, es un lisiado emocional. Un ignorante.

—¿Por qué no me preguntas, joder? —le grito entre sollozos, limpiándome la cara con furia—. ¡Pregúntame por qué estoy llorando!

Él me mira como si le hubiera pedido que descifrara un idioma muerto. Tragó saliva, y por primera vez, parece que tiene miedo.

—No quiero —responde con una honestidad brutal que me duele más que un insulto—. No quiero preguntarte porque no sé qué hacer cuando lloras por cosas que... probablemente son mi culpa.

—Son tu culpa —siseo, señalándolo con un dedo tembloroso—. Todas y cada una de ellas, Erik. Desde el día que me conociste hasta este maldito segundo. Y no sabes qué hacer claramente porque eres un maldito irresponsable emocional. No puedes sostener el peso de lo que destruyes.

Él no se defiende. Solo me mira, inmóvil, como si estuviera esperando que el temporal pasara para volver a ser el cínico de siempre. Pero el temporal se ha quedado a vivir en mi pecho.

Me levanto de encima de él, sintiendo el frío del aire acondicionado en mis piernas, recordándome que mi vestido está arrugado y mi dignidad en el suelo. Me arreglo la seda blanca, me seco las lágrimas con las palmas de las manos y me obligo a respirar.

—Encontraré el anillo —le digo, con una voz que ha recuperado el filo de la navaja—. Lo encontraré y cumplirás tu palabra de darme el divorcio. ¿Lo entiendes?

Erik asiente una sola vez. En silencio. El brillo de la oficina de Nora parece haberse apagado.

Camino hacia la puerta, pero antes de salir, me detengo frente al escritorio. Miro el jarrón con mis margaritas, esas flores "baratas" que traje para su funeral. Con un movimiento seco del brazo, empujo el cristal.

El jarrón cae al suelo y estalla en mil pedazos. El agua se extiende por la alfombra cara y las flores quedan esparcidas entre los vidrios rotos, agonizando.

—Ahí tienes tus flores, mi amor —le suelto sin mirarlo.

Salgo de la oficina 701 con su perfume en mi piel, pero con la cabeza alta, porque he dejando a Erik Vance solo en su palacio de cristal, rodeado de agua sucia y margaritas pisoteadas.

*****

POV: SOFÍA

Entro en la habitación de mi hija y el aire se siente estancado, como si incluso el oxígeno tuviera que pedir permiso a Nora para circular. Bianca está sentada frente al tocador, con la espalda tan recta que parece de porcelana. No se mueve. No sonríe. No me mira.

—Hola, mi amor —susurro acercándome.

Bianca me dedica una mirada vacía, mecánica.

—Hola, madre. La tía Nora dice que hoy debo practicar mis posiciones antes del ballet.

Se me parte el alma. Es un robot. Una pequeña versión de lo que Beatrice Blackwood intentó hacer conmigo durante años. Recuerdo las órdenes, la frialdad, ese "amor" que se sentía como una soga al cuello. Siempre odié a Mila por eso; ella se salvó. Oliver la envolvía en una calidez que para mí era un mito. Mila fue la hija del sol, y yo fui la que creció a la sombra de los cuchillos de Beatrice.

Las lágrimas me nublan la vista mientras empiezo a desenredar su cabello. Empiezo a tararear esa vieja canción que le cantaba en cuando era más pequeña, una melodía que Nora seguramente prohibió. Poco a poco, la rigidez de sus hombros cede. Le hago la coleta para su clase de ballet con cuidado extremo.

—¿Me llevarás tú, mamá? —pregunta Bianca con un hilo de voz, recuperando un ápice de humanidad.

Sé que no puedo sacarla de aquí. Sé que Nora es capaz de denunciarme por secuestro con tal de mantener el control. Pero miro a mi hija y veo mi propia infancia infeliz. No voy a dejar que Nora termine de romperla.

—Sí, pequeña. Te llevaré yo.

Termino de vestirla y salimos al pasillo, pero Lucien nos intercepta. Su rostro es una máscara de pánico.

—¿Qué haces, Sofía? No puedes hacer eso. Nora vendrá en diez minutos para llevarla ella. Y hoy no está de humor, ya viste el desastre de abajo.

—Se lo prometí —respondo, clavándole la mirada—. La llevaré yo. Si quieres, ve y llámala. No me importa.




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