Impío

23.

CAPÍTULO 23: EL RECLAMO DEL PADRE

POV: MILA

Estoy sentada en una de esas sillas de plástico frío del pasillo, con la mirada perdida en las baldosas blancas, cuando lo escucho. No necesito levantar la cabeza para saber que es él. Sus pasos no caminan, retumban. Es el sonido de una tormenta que se acerca a gran velocidad.

Levanto la vista y lo veo. Erik camina por el pasillo de urgencias como si fuera el dueño del edificio, con la mandíbula apretada y una furia en los ojos que hace que las enfermeras se aparten a su paso. Sigue con el traje de la oficina, pero la corbata ha desaparecido y tiene el primer botón de la camisa deshecho. Está furioso.

Me pongo en pie antes de que llegue a mí, bloqueando el camino.

—Por favor, vete —le digo, con una voz que intenta ser firme pero que suena agotada.

Él se detiene a escasos centímetros de mí, invadiendo mi espacio personal, trayendo consigo ese aroma a café y perfume caro que se me ha quedado impregnado en la piel.

—¿Qué hacía en un caballo? —pregunta, ignorando mi petición. Su voz es un rugido contenido.

—Aprendiendo a montar, Erik. Lo que hacen los niños de su edad.

—¿Cómo se cayó? Un niño de cinco años no se cae de un poni y termina en un hospital si hay alguien vigilando.

Lo miro fijamente, recordando el desprecio en los ojos de Alexander y la manipulación de Caleb.

—Se cayó porque estaba perdiendo el tiempo contigo —le suelto, golpeando donde más le duele—. Porque mientras tú jugabas a ser el rey del mundo en tu oficina, él estaba intentando entender por qué su padre se olvidó de que existía.

Erik aprieta los dientes, un músculo de su mandíbula salta con violencia.

—Chistosita —sisea, y me doy cuenta de que le he dado en el blanco—. Hazte a un lado, Mila. Voy a entrar.

Él estira la mano para abrir la puerta de la habitación, pero yo me atravieso, pegando mi espalda a la madera. No voy a dejar que entre con esa energía destructiva.

—Sé cuidadoso con lo que haces o dices —le advierto, clavándole el dedo en el pecho—. Una cosa es que me rompas a mí, Erik. Estoy acostumbrada a tus escombros. Pero otra muy distinta es que rompas a mi hijo. Ya ha sufrido suficiente por hoy.

Erik se queda inmóvil. Me mira desde su altura, y por un segundo, la furia de sus ojos se transforma en algo más profundo, algo que parece una herida antigua que se vuelve a abrir.

—desde que vi el monitor, pensé que no era solo tuyo , que era nuestro —dice en voz baja, con una gravedad que me deja sin aire.

la puerta se abre desde dentro. Caleb aparece con un peluche de oso bajo el brazo, y la escena se congela.

Erik desvía la mirada de mí para clavarla en Caleb. Si las miradas mataran, Caleb ya estaría bajo tierra. La tensión en el pasillo es tan espesa que casi se puede tocar.

Caleb este cierra la puerta antes que Alexander lo vea, pero Erik ya vio sufieciente.

—La última vez que compré globos y chocolate —dice Erik, con esa voz pausada que usa cuando está a punto de destruir a alguien—, fue para ofrecer una disculpa cuando lo empujé sin pensar en el jardín. Supongo que esta vez fuiste tú quien lo empujó del caballo.

Caleb se tensa. Sus nudillos, que sujetan el peluche, se vuelven blancos. Veo cómo contiene las ganas de partirle la cara ahí mismo. Se gira hacia mí, ignorando a Erik pero señalándolo con la barbilla.

—¿Qué hace tu marido aquí, Mila? —pregunta Caleb, arrastrando la palabra "marido" como si fuera un insulto.

Suspiro, cerrando los ojos un segundo. Estoy agotada de ser el árbitro de este desastre. Pero Erik no espera mi respuesta. Se adelanta un paso, invadiendo el espacio de Caleb con una sonrisa gélida.

—Vine a ver a mi hijo —suelta Erik, recalcando la palabra "mi".

—¿Seguiremos jugando a lo mismo? —espeta Caleb, dando un paso al frente—. ¿No te aburres, Erik? Viniste a marcar territorio en un hospital, qué valiente.

Erik no responde con insultos. En lugar de eso, mete la mano en el bolsillo interior de su chaqueta y saca una billetera de piel oscura. Con una parsimonia desesperante, extrae una tarjeta rígida y nueva. Es el carnet de identidad que recuperó hoy. Lo sostiene frente a los ojos de Caleb, lo suficientemente cerca para que no pueda ignorarlo.

—¿Lees qué dice ahí? —pregunta Erik en un susurro letal.

Mis ojos viajan al documento. Mis pulmones se detienen. Alexander Vance.

Caleb mira el carnet y suelta una risa nerviosa, aunque sus ojos reflejan puro pánico.

—Esto es ilegal, Erik. No puedes cambiar un apellido así como así.

—Sí, sí, como digas —responde Erik, guardando la tarjeta con una elegancia insultante—. Cualquier reclamo, hazlo en el juzgado. Busca un buen abogado... o represéntate a ti mismo, si es que te queda algo de dignidad.

Sin esperar un segundo más, Erik pone la mano en el hombro de Caleb, no para golpearlo, sino para apartarlo con una fuerza firme y condescendiente. Empuja la puerta de la habitación con una decisión que nadie en este hospital se atrevería a cuestionar.

—¡Papá! —el grito de Alexander rompe el silencio del pasillo.

Es un grito lleno de alivio, de luz, de una alegría que hace que mi pecho duela. Erik entra y la puerta se cierra tras él, dejándonos a Caleb y a mí en el pasillo.

******

POV: CALEB

Mila tiene la mano en el pomo de la puerta, lista para entrar en el refugio que Erik ha construido en diez segundos. No puedo permitirlo. La agarro del brazo, no con fuerza, sino con una urgencia que me quema. Necesito que despierte.

—¿Por qué dejas que lo vea, Mila? —le siseo, acercándome a su oído para que el monstruo que está dentro no me escuche—. Sabes bien que él realmente no lo quiere. No lo ama.

Mila intenta soltarse, pero sus ojos están fijos en los míos, cargados de una duda que me da la gasolina para seguir.

—Ni siquiera ama a su propia hija de sangre, a Bianca —continúo, con la voz rota por la frustración—. ¿Por qué mierda va a amar al nuestro? Esto es un capricho, Mila. Un capricho que se alimenta solo porque le das el poder.




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