Impío

24

CAPÍTULO 24: LAS MANOS FRÍAS

POV: MILA

Entro en la habitación con el eco de las palabras de Caleb retumbando en mi cabeza. "Es un monstruo, lo va a destruir". Mis ojos escanean la escena buscando la herida, buscando el momento en que Erik cometa el error que Caleb me prometió.

Están hablando. Alexander tiene las mejillas encendidas y Erik está inclinado hacia él, con una postura extrañamente relajada.

—...nunca aprendí bien a montar los caballos —dice Erik con voz suave—. Me caí muchísimas veces y al final desistí. Me di cuenta de que me gustaban más los autos.

—¿Crees que sea mejor conductor que jinete? —pregunta Alexander con los ojos muy abiertos.

—Te enseñaré a conducir cuando sea el momento —responde Erik, y hay una promesa en su voz que me hace apretar los dientes.

—Puedes aprender las dos cosas —intervengo, rompiendo la burbuja. Mi voz suena demasiado rígida, demasiado a juez—. No son excluyentes.

Erik me mira con una parsimonia que me saca de quicio. No me responde, simplemente me ignora, volviendo su atención al niño como si yo fuera un mueble.

—Quiero conducir autos veloces y en carreras —insiste Alexander, emocionado.

—O montar caballos y hacer carreras también —añado yo, forzando la competencia.

Erik finalmente se gira hacia mí.

—¿Cuál es el problema? Si no le gustan los caballos, ¿le obligarás porque Caleb y tú son jinetes?

—No dije eso. Baja la voz —siseo.

—Tú empezaste, mi amor —responde él, y ese "mi amor" suena a sarcasmo puro, a un dardo envenenado.

Me acerco a la cama, ignorando la electricidad que emana de su presencia.

—¿Ya te sientes mejor, Alexander?

—Sí, ya quiero irme a casa.

—Hoy no será. El doctor dijo que estarás en observación porque te golpeaste la cabeza y te desmayaste.

Erik frunce el ceño, su tono cambia a uno más serio.

—¿No tenía casco?

—Estaba contigo, mi amor —le devuelvo el golpe, clavándole los ojos—. ¿Tengo que recordártelo cuántas veces?

Alexander nos mira a los dos y, para mi sorpresa, suelta una risita.

—Ustedes son divertidos.

—Uy sí, súper divertidos —murmuro, sentándome al borde de la cama.

—¿Te quedarás hoy conmigo, papá? —pide el niño.

—No —me adelanto—. Papá debe ir a su casa.

—Me quedaré contigo —sentencia Erik, ignorándome por completo.

—No es necesario —insisto, sintiendo que pierdo el control.

—Pero siempre es bueno la presencia de un adulto responsable —Erik sonríe con un cinismo que me dan ganas de abofetear.

—¿Podemos dormir los tres juntos como antes? —pregunta Alexander, soltando la bomba de nostalgia más dolorosa de la noche.

Me quedo helada. Miro la cama individual del hospital.

—La cama es muy pequeña, Alexander. Con suerte cabes tú ahí.

—Podemos tomarnos de la mano los tres —insiste él, extendiendo sus bracitos.

Erik suelta una risa incómoda y murmura, casi para sí mismo:

—Eres igual de intenso que tu madre.

—Las manos de Erik son muy frías para moverse —le digo a Alexander, tomando su mano derecha—, no tienen fuerza para apretar. Mamá te calentará.

—¿Y quién calentará a papá? —pregunta Alexander bostezando, cerrando los ojos poco a poco.

—Le compraremos guantes —respondo seca.

Inesperadamente, Erik suelta una carcajada espontánea. Una risa real, de esas que solía escuchar en nuestra otra vida. Alexander abre los ojos un segundo, se ríe con él y, con un movimiento natural, le da una mano a Erik y la otra a mí.

Nos quedamos así. Un triángulo de manos unidas sobre las sábanas blancas. Alexander se duerme en segundos, rendido por el cansancio y el golpe.

—Se dormirá enseguida —susurro, sin soltar al niño—. Cuando lo haga, puedes soltarlo. También irte.

—¿Por qué? —pregunta Erik, clavando su mirada oscura en la mía.

—¿Cómo que por qué? Porque no hay necesidad de someternos a esta tortura. Es incómodo para los tres. También para Caleb.

Erik no se mueve. Su mirada se vuelve depredadora, recordándome la conversación de la tarde.

—¿Por qué llorabas en la tarde, Mila?

El corazón se me paraliza. Me quedo muda, con la boca entreabierta.

—Querías que preguntara, ¿no? —insiste él, acercando su rostro al mío en el silencio de la habitación—. ¿Por qué no me respondes ahora?

La puerta se abre de golpe. Caleb entra y se detiene en seco al ver nuestras manos unidas sobre Alexander. Suelta una risa amarga.

—Esto es ridículo.

Erik, sin soltar la mano del niño ni quitarme la vista de encima, le responde a Caleb:

—Ven, participa. Si me das la mano a mi haremos un grupo de oración.

Suelto la mano de Alexander de inmediato, sintiendo que me quema. Erik hace lo mismo. Caleb está a punto de decir algo, probablemente otro reclamo sobre la "estabilidad", cuando el teléfono de Erik suena.

Él contesta con un gesto brusco.

—¿Sí, Lucien? ¿Qué pasa?... ¡Cálmate! No entiendo qué dices...

Veo cómo el color abandona el rostro de Erik. Sus ojos se abren con un horror genuino. Se levanta de la cama como si hubiera visto un fantasma, ignorándonos a Caleb y a mí por completo.

—¿Pasó algo? —le pregunto, pero él ya está en la puerta.

No responde. Sale de la habitación como un rayo, cerrando la puerta tras de sí y dejándonos en un silencio sepulcral.

—¿Viste? —dice Caleb, recuperando su tono de advertencia—. Es un inestable. Algo de su turbio mundo acaba de llamarlo y Alexander ya no le importa.

Pero yo me quedo mirando la puerta.

Erik ha desaparecido por el pasillo como una exhalación, dejándome a solas con el hombre que ha sido mi ancla y, al mismo tiempo, mi carcelero emocional durante los últimos meses. El silencio que queda en la habitación, solo interrumpido por la respiración pausada de Alexander, es pesado, denso como el plomo.

Caleb se cruza de brazos, mirando la cama donde hace un segundo nuestras manos estaban unidas. Su rostro es una máscara de amargura.




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