CAPÍTULO 25: EL VENENO DE LAS TRES DE LA MAÑANA
POV: MILA
3:10 AM.
Mis pasos resuenan en el pasillo de urgencias como disparos en un desierto. No siento el frío, ni el cansancio, ni el dolor en mis dedos maltratados. Solo siento el pulso en mi cuello. Llego a la puerta de la habitación de Sofía y la empujo sin miramientos.
La penumbra es asfixiante. Erik está ahí, sentado con una rigidez que parece tallada en granito. Al oírme entrar, se levanta de golpe. Sus ojos, inyectados en una fatiga peligrosa, me escanean de arriba abajo en un segundo.
—¿Le pasó algo a Alexander? —su voz es un latigazo de alarma pura. Da un paso hacia mí, ya listo para correr hacia la otra ala del hospital.
Me quedo quieta, sintiendo el contraste entre su preocupación por nuestro hijo y el lugar donde ha decidido pasar la noche.
—No, no —respondo, y mi voz suena extraña en mis propios oídos—. Él está bien.
Erik se detiene en seco. La tensión de sus hombros no desaparece, pero se transforma. Su expresión se vuelve gélida, casi decepcionada por mi interrupción.
—¿Por qué estás aquí entonces, Mila? —pregunta, y hay un veneno sutil en su tono, como si mi presencia fuera un insulto a su tiempo.
—Tenemos que hablar —suelto, sosteniéndole la mirada a pesar de que el corazón me retumba en los oídos.
Erik mira de reojo a Sofía, que sigue sumergida en un sueño febril, y luego vuelve a mirarme a mí con una incredulidad cortante.
—¿Aquí? ¿Ahora?
—Afuera —sentencio, retrocediendo un paso hacia el pasillo—. Ahora.
No espero a ver si me sigue. Me giro y salgo, sintiendo el aire frío del corredor golpearme la cara. Unos segundos después, escucho el clic de la puerta cerrándose y el sonido de sus pasos pesados detrás de mí.
El pasillo está desierto, iluminado por esos tubos fluorescentes que hacen que todo parezca muerto. Me giro para enfrentarlo. Él está ahí, con las manos en los bolsillos, observándome como si fuera un enigma que ya no tiene ganas de resolver.
—La quieres. ¿Es eso? —la pregunta sale de mi boca antes de que pueda filtrarla. Es cruda, patética y real.
Erik ladea la cabeza apenas un milímetro.
—Todo este circo por una estupidez.
—¿Estupidez? ¿Te parece una estupidez que estés aquí, velando a la mujer que nos traicionó? —doy un paso hacia él, invadiendo su espacio—. Responde la maldita pregunta, Erik.
—No —responde él. Sin parpadear.
—¿No qué? ¿No respondes o no la quieres?
Erik suelta un suspiro lento, uno de esos que erizan la piel. Se acerca tanto que puedo oler el cansancio en su piel.
—Ya respondí. Deja de molestarme con tus inseguridades de madrugada.
—Cínico —río sin rastro de alegría—. Crees que puedes manejarme como a una de tus empresas. Que puedes ignorarme todo el día y esperar que yo duerma tranquila mientras tú estás aquí, con ella.
Le agarro el frente de la camisa, arrugando la tela cara con mis dedos heridos.
—Erik Vance, el rey del caos... hoy quiere comportarse. Pues hoy no me da la gana. Hoy obedeces y punto.
Lo beso. Es un choque, no una caricia. Es un reclamo de territorio lleno de la bilis de los celos y el hambre de meses de ausencia. Erik se queda inmóvil, como si estuviera procesando la audacia de mi ataque. Pero entonces, su mano se cierra alrededor de mi muñeca con una fuerza que me hace jadear y, en un movimiento fluido, me empuja contra la puerta de una habitación vacía.
La puerta cede. Entramos en la oscuridad total.
—Estás perdiendo el control, Mila —murmura contra mi boca, y su aliento es fuego.
—No —respondo, apretándolo contra mí—. Lo estoy recuperando.
Erik suelta una risa baja, letal, antes de devorarme los labios.
—Esto no es control. Es guerra.
—¿La tocabas así también? —suelto, y mis palabras son puñales en la penumbra.
Erik intenta apartarse, busca el picaporte, su figura recortada contra la mínima luz que entra por debajo de la puerta.
—No quiero hacer esto, Mila —su voz es una advertencia, una grieta en su armadura—. Detente.
—¿Por qué? —lo acorralo, bloqueándole el paso—. Era divertido, ¿no? Eso dijiste.
Erik se detiene. Suelta una risa seca, carente de cualquier rastro de alegría, y se inclina hacia mí hasta que su frente roza la mía.
—Era divertido —admite, y el cinismo en su voz me quema.
—¿Divertido cómo? —insisto, enterrando mis uñas en sus antebrazos.
—Podemos discutir esto de otra manera. No me gusta esta dinámica, Mila. Estás buscando algo que te va a destruir.
Lo agarro del rostro, obligándolo a mirarme, atrayéndolo hacia mí con una fuerza que no sabía que tenía. Mi pulgar presiona su labio inferior, reclamando lo que es mío.
—Pensé que te gustaban las cosas sucias, Erik —le susurro al oído—. Pensé que el rey del caos no le temía a nada.
Él suelta una carcajada oscura, vibrando contra mi pecho.
—Pregunta, entonces —desafía—. Sé que te mueres por hacerlo.
—¿Cuántas veces?
Lo beso antes de que pueda responder. Es un beso que sabe a hierro y a desesperación. Le robo el aire, lo muerdo, lo asfixio, y cuando siento que ya no tiene aliento, lo suelto apenas unos milímetros.
—Cuatro, creo —responde él, con la voz rota.
—Desgraciado —le escupo.
Empiezo a desabotonar su camisa. Uno por uno. Mis dedos tiemblan, pero no me detengo. El contacto de mi piel contra su pecho caliente me hace querer gritar.
—¿Alguna memorable? —pregunto, atacando el siguiente botón.
—Olvídalo, Mila. Basta.
Bajo mis manos a su pantalón, desajustándolo con una urgencia violenta. Lo beso de nuevo, pero esta vez lo muerdo con saña en el cuello, marcándolo.
—Responde —le ordeno contra su piel.
Erik exhala un gemido que es mitad dolor, mitad rendición. Me agarra de la cintura, pegándome a él.
—La primera... y la última —confiesa.
Siento un puñal atravesarme el esternón. Me separo de golpe, jadeando, mirándolo en la oscuridad. Mis ojos se llenan de lágrimas otra vez, ese llanto que odio porque me hace vulnerable frente a él.