Impío

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CAPÍTULO 26: EL ÚLTIMO NAUFRAGIO

POV: MILA

El trayecto desde el hospital fue un desierto de silencio, solo interrumpido por los sollozos entrecortados de Alexander en el asiento trasero. Mi cabeza era una lavadora de culpas, repitiendo las palabras de Erik, el llanto de mi hijo y el vacío en mi pecho. Pero cuando el auto enfiló la entrada de la casa, el corazón se me detuvo.

Caleb estaba allí. Pero no estaba esperándonos con un abrazo. Estaba junto a su coche, lanzando maletas en el maletero con una violencia que hacía que el vehículo se meciera.

—¿Papá? —la voz de Alexander salió pequeña, cargada de un terror nuevo—. ¿Se va? ¿Me deja? ¿Fui un niño malo, mamá?

—No, no... Dios, no... —susurré, frenando el auto de golpe.

Salí del vehículo antes siquiera de apagar el motor. El aire frío me golpeó la cara, pero no dolió tanto como ver la determinación suicida en el rostro de Caleb.

—¡Caleb! ¡Por Dios, ¿qué haces?! —grité, corriendo hacia él.

Él no se detuvo. Lanzó la última mochila y se giró hacia mí. Sus ojos no tenían rastro del hombre dulce que me rescató en Barcelona; eran dos pozos de ceniza y rabia.

—Me voy —soltó, y su voz era un hacha cortando el aire—. Se acabó, Mila. Me rindo. Que se queden los dos con lo que quieren. Que Erik se quede con su "decreto" y tú con tu "caos". Yo ya no quepo aquí.

—Cálmate, por favor... hablemos —le supliqué, intentando tocarle el brazo, pero él se apartó como si mi contacto lo quemara.

—No quiero hablarte. Quiero borrarte de mi vida para siempre, Mila. Quiero despertar mañana y no recordar que alguna vez me destruiste el alma por un hombre que te trata como un activo.

—No digas eso, solo escúchame un minuto —sentí las lágrimas quemándome los ojos—. No hagamos esto frente al niño, Caleb. Mira cómo está.

Señaló el auto con un dedo tembloroso, donde Alexander golpeaba el cristal, gritando su nombre entre llantos.

—Que me odie —rugió Caleb, perdiendo el control—. ¡Total, no soy nada para él! ¡Erik ya se encargó de eso!

Caleb caminó a zancadas hacia la ventanilla de Alexander, fuera de sí, movido por un dolor que ya no tenía filtro.

—¿Escuchaste, Alexander? —le gritó al cristal—. ¡Ya no soy tu papá! ¡Díselo a Erik!

—¡Caleb, basta! —grité, abalanzándome sobre él para apartarlo del niño.

Lo agarré por los hombros desde atrás, intentando frenar su locura, pero Caleb reaccionó por puro instinto de expulsión. Tiró el brazo hacia atrás para zafarse de mi agarre, y su codo impactó con una fuerza brutal directamente en mi ojo.

El mundo estalló en luces blancas. Sentí el crujido del impacto y el impulso me lanzó de lado. Mi cabeza golpeó el cristal de la ventanilla trasera con un sonido seco, un golpe que resonó dentro de mi cráneo como una explosión.

Lo último que vi fue el rostro de Alexander al otro lado del vidrio, gritando, su boca abierta en un horror mudo. Luego, el frío del suelo contra mi mejilla y la oscuridad absoluta reclamándolo todo.

******

POV: CALEB THORNE

El sonido de mi codo impactando contra ella fue como el chasquido de una rama seca, un ruido que se amplificó en el vacío de mi alma. El silencio que siguió fue insoportable, una campana de vacío que me succionó el aire. Me quedé petrificado, mirando mis propias manos como si pertenecieran a un extraño, a un monstruo que no reconocía.

Alexander.

Giré la cabeza hacia el coche y su imagen me destrozó. Estaba pegado al cristal, con las manos diminutas extendidas y los ojos tan abiertos que parecían querer tragarse la escena. No lloraba. Era peor que eso. Estaba en un shock absoluto, procesando cómo el hombre que debía protegerlo acababa de derribar a su madre sobre la grava.

Sentí una mirada quemándome desde arriba. Levanté la vista un segundo y vi a Beatrice en el balcón. No bajó. No gritó. Se limitó a beber su té con una calma gélida, con esa sonrisa de cuervo que celebraba nuestra destrucción. Ella disfrutaba esto; disfrutaba ver cómo el linaje Blackwood arrastraba a todos al barro.

—¡Mila! —mi voz salió como un graznido.

Mis manos temblaban tanto que apenas pude sujetarla. Mis movimientos eran torpes, movidos por un pánico ciego mientras la cargaba hacia la casa. Sentía su cuerpo pesado, inerte, y cada paso sobre la grava era un recordatorio de mi fracaso. La deposité en el sofá del salón principal, rodeado de sirvientes que se movían como sombras, trayendo hielo y compresas. Yo no podía hacer nada más que temblar.

Cuando ella abrió los ojos, quise desaparecer. Quise que la tierra se tragara mi vergüenza. Sostuve la bolsa de hielo sobre su ojo izquierdo, el lugar donde mi rabia se había convertido en un golpe físico.

—Mila... yo... lo sie... —las palabras se me atascaron en la garganta, rotas, inservibles.

Ella levantó una mano débil y me rozó el brazo. Su toque me quemó más que el odio. Me miró con una fatiga que me atravesó el pecho; no era cansancio, era la derrota de mil años de guerra.

—No —susurró—. Está bien. Todo esto es mi culpa, Caleb. Te llevé al límite... yo soy la que lo siente.

—No digas eso, por Dios, Mila... —intenté replicar, pero ella negó con la cabeza, cerrando el ojo sano para concentrar sus últimas fuerzas.

—No, por favor, solo escúchame. Dios, escúchame —suplicó—. Yo nos metí a todos en esto. Esta es una guerra que yo inicié por venganza hacia ti... y ahora todos hemos hecho cosas horribles. Nos hemos convertido en extraños.

Bajé la cabeza. Una lágrima rodó por mi mejilla y cayó sobre la alfombra. El peso de la culpa era una losa que me impedía respirar, me estaba asfixiando la realidad de que la mujer que alguna vez amé ahora me miraba desde el suelo de un campo de batalla que ella misma había sembrado.

—Lo más triste de este asunto —continuó ella, y su voz ganó un filo de amargura que me heló la sangre— es que solo hay dos personas inocentes pagando las consecuencias de toda esta maldita locura.




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