Impío

27..

Capitulo 27

POV: ISAAC BLACKWOOD

El aire de la mansión se siente rancio, cargado de ese veneno familiar que reconozco desde que tengo memoria. Cruzo el vestíbulo dejando mis maletas a un lado, pero me detengo en seco al entrar al salón. La escena es espantosa.

Mila está hundida en el sofá, sosteniendo una bolsa de hielo sobre su ojo izquierdo. Se ve pequeña, gris, como si alguien le hubiera drenado la voluntad de vivir. Y frente a ella, erguida como una gárgola de porcelana, está nuestra madre. Beatrice.

—¿Qué pasa aquí? —mi voz resuena en las paredes, fría y autoritaria. Camino hacia ellas con los puños apretados—. ¿Qué haces, mamá? ¿La golpeaste?

Beatrice se gira lentamente, sin perder la compostura, mirándome como si fuera un estorbo que acaba de ensuciar su alfombra.

—Oh, no, querido —dice con esa calma que me revuelve el estómago—. Eso se lo ha hecho sola, peleando en un estacionamiento como una salvaje. Yo solo le estoy diciendo algunas verdades. Entre ellas, que renuncie. No está mentalmente capacitada para llevar la familia Blackwood.

Siento una punzada de asco. Me pongo entre las dos, protegiendo el espacio de Mila.

—Esa es la voluntad de papá —le suelto, clavando mis ojos en los suyos—. Y si aún estás aquí, Beatrice, es porque mentalmente Mila te está dando la oportunidad de pertenecer a este mundo agobiante que tanto te gusta. ¿O preferirías volver al campo, a tu exilio?

Beatrice retrocede un paso, su rostro se contrae en una mueca de odio puro.

—Niño ingrato —sisea—. Siempre has sido tan estúpido como tu padre. Mi vientre estaba maldito... parió puras desgracias.

Se da la vuelta y sale del salón con la barbilla en alto, dejándonos con el eco de su amargura. Mila suelta un suspiro largo, como si hubiera estado conteniendo el aire durante horas.

—Gracias por eso —murmura sin quitarse el hielo del ojo.

—¿No hay un abrazo para mí? —le pregunto, suavizando el tono.

Mila se levanta. Sus movimientos son torpes, frágiles. Se lanza a mis brazos y me aferra como si yo fuera lo único que impide que se ahogue.

—Por favor, no vuelvas a irte —me dice contra el pecho—. Cada vez que no estás, me siento sola en un océano que quiere tragarme a como de lugar.

Le devuelvo el abrazo, sintiendo la culpa pesar en mis hombros.

—Perdón, Mila. No volveré a irme. —La separo un poco para mirarla a la cara, aunque sé que lo que voy a decir le va a doler—. Pero no eres la única hermana que tengo. Mi viaje a Londres ha sido, en realidad, por Sofía.

Mila parpadea, confundida. Me suelta lentamente.

—¿Me he perdido de algo?

—Bueno, realmente de mucho. Fui a Londres para reunirme con uno de los mejores abogados en casos de custodia infantil.

—¿Custodia infantil? —Mila frunce el ceño, su voz sube de tono—. ¿Acaso Erik le quitó a Bianca a Sofía?

—No —respondo, y siento que el aire se vuelve más denso—. Fue Nora Vance quien lo hizo.

—¿¡Nora!? ¿Cómo? —grita Mila, incrédula.

—Sofía le firmó los papeles de la custodia absoluta —explico con amargura—. Pensó que era un tema de la herencia de papá. Nora le puso una trampa y ella cayó de cabeza.

Mila se deja caer en el sofá, tapándose la boca con la mano.

—Por Dios... la avaricia de Sofía es siempre su condena. Pobre Bianca... estar en manos de esa mujer...

Me arrodillo frente a ella, tomándole las manos. Mila está rota, golpeada y decepcionada, pero necesito que despierte.

—Sé que Sofía y tú no se quieren —le digo con firmeza—. Sé que se han hecho pedazos mutuamente. Pero, Mila, somos los Blackwood. Nosotros tres somos lo único que tenemos. Si Nora se queda con Bianca, se queda con nuestro linaje. Y eso no lo voy a permitir.

Mila me mira a través de su ojo sano, y por primera vez en años, veo una chispa de la antigua lealtad familiar asomando entre las cenizas de su dolor.

—Tenemos que ir por ella —susurra.

— ¿No está aquí ? —Cuestiono confuso.

— No, está en el hospital...

***

POV: SOFÍA BLACKWOOD

El coche se detiene frente a la mansión Blackwood y por un segundo me arrepiento de haber venido.

La fachada iluminada parece más fría que el hospital. Más peligrosa también.

Aprieto los dientes mientras intento abrir la puerta sin gemir del dolor. El vendaje en mi pierna palpita como un corazón enfermo.

—Quédate aquí —le digo a Lucien sin mirarlo—. Es mejor que mi madre no te vea.

Lucien, recostado contra el asiento con esa expresión insolente que parece permanente en su cara, arquea una ceja.

—¿Te avergüenzas de nuestra amistad, chica Blackwood?

Suelto una risa seca.

—No somos amigos. Somos aliados circunstanciales.

—Ah, claro. —Se inclina apenas hacia mí, divertido—. Prefieres arrastrarte hasta tu casa antes que dejar que te vean con el bastardo de los Vance.

Aprieto la mandíbula.

Beatrice Blackwood preferiría incendiar la mansión antes que permitir que un hijo ilegítimo de Eloise Vance cruzara sus puertas.

—No es eso —murmuro con cansancio—. Solo cállate. No tengo que darte explicaciones. Espera aquí. Me cambiaré y volveré rápido.

—Como diga, madame.

Abre la puerta de mi lado… y prácticamente me deja caer fuera del coche.

El pie sano toca el suelo primero. El otro protesta con una descarga brutal de dolor que me sube hasta la cadera. Me tambaleo.

—Idiota —mascullo.

—Te estoy escuchando —dice Lucien desde dentro del coche—. Y no soy un Vance… pero sí soy un idiota.

Pese a todo, una sonrisa exasperada me tira de la boca.

Camino dos pasos.

El mundo empieza a girar.

Intento sostenerme del borde del coche, pero mi visión se nubla y termino desplomándome sobre la grava húmeda con un jadeo humillante.

Levanto la cabeza furiosa.

Lucien sigue sentado dentro del vehículo mirándome con absoluto fastidio.

—¿Por qué mierda te quedas parado? —le espeto—. ¡Ayúdame, idiota!




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