Capitulo 28
POV: ERIK VANCE
A las seis de la mañana, la mansión olía a productos de limpieza y rosas marchitas.
Los sirvientes se movían en absoluto silencio alrededor del salón principal, recogiendo los restos del desastre de Nora: cristal roto, vino derramado, porcelana hecha polvo. Uno de ellos terminó de enrollar la alfombra manchada de sangre donde había quedado Hades y desapareció por el corredor sin levantar la vista.
Yo observaba todo desde el ventanal.
Duchado. Afeitado. Impecable.
El agua caliente no había conseguido arrancarme el agotamiento, pero sí había borrado la tierra, la sangre y cualquier rastro visible de debilidad. Llevaba una camisa negra perfectamente abotonada y los puños ajustados con precisión quirúrgica.
Si el mundo iba a incendiarse, al menos lo haría con elegancia.
Eloise seguía en el salón, sentada junto a la chimenea apagada, envuelta en cachemir y culpa.
No habíamos vuelto a hablar desde el jardín.
Desde su propuesta absurda de sacrificarse.
Como si entregar su cuerpo roto a Nora pudiera solucionar décadas de podredumbre emocional.
Como si esta familia todavía creyera en redenciones.
Yo no.
Ya no.
El amor era una moneda de cambio. La culpa, una forma sofisticada de narcisismo. Y la familia… una estructura legal diseñada para destruir personas lentamente.
Nora apareció en la entrada del salón exactamente a las cinco cincuenta y ocho.
Impecable también.
Vestida de blanco marfil, como una viuda celebrando su propio funeral.
—Se acabó el tiempo, Erik —dijo suavemente—. ¿A quién vas a sacrificar?
La observé sin responder.
No porque estuviera dudando.
Sino porque no pensaba concederle el placer emocional de una respuesta.
El reloj avanzó un minuto más.
Y entonces la puerta principal se abrió violentamente.
Todos giramos la cabeza.
Isaac Blackwood entró sin anunciarse, acompañado por dos oficiales uniformados. Traía una carpeta bajo el brazo y esa expresión fría de abogado privilegiado que cree que las leyes son extensiones naturales de su apellido.
Nora entrecerró apenas los ojos.
Yo no me moví.
Isaac cerró la puerta detrás de sí y recorrió el salón con una mirada rápida: los sirvientes limpiando, los muebles desplazados, el eco del desastre todavía suspendido en el aire.
Luego clavó la vista en Nora.
—Lamento arruinar tu madrugada, Nora —dijo con absoluta calma—. Vengo directo de la comisaría. Es cierto que ayer no estaba en la ciudad, pero mi período de quince días de custodia compartida entró en vigor a medianoche.
La mandíbula de Nora se tensó.
—Sofía sacó a la niña de esta propiedad durante mi período legal —replicó ella—. Eso constituye secuestro.
Isaac dejó la carpeta sobre la mesa de mármol.
—No exactamente. Como mucho, traslado indebido. Pero penalmente la acusación pierde fuerza en cuanto el co-tutor legal comparece ante las autoridades, valida el paradero de la menor y asume la custodia física correspondiente a su turno.
Uno de los oficiales extendió unos documentos firmados.
Isaac continuó hablando con esa serenidad elegante que solo poseen los hombres acostumbrados a ganar discusiones desde la cuna.
—Ya firmé el acta de recepción provisional. Bianca queda oficialmente bajo mi responsabilidad legal desde este momento. Si quieres intentar una denuncia civil contra Sofía, adelante. Pero la acusación de secuestro se desploma en menos de una hora frente al juez de guardia.
El silencio se volvió denso.
Nora apretó lentamente la copa de vino entre los dedos.
—No puedes venir aquí y desautorizarme dentro de mi propia casa.
Isaac sonrió apenas.
—Oh, sí puedo. Porque nunca tuviste control absoluto sobre Bianca. Solo aprovechaste un vacío temporal para construir una ilusión de poder.
Observé a Nora en silencio.
Por primera vez en toda la noche, parecía desestabilizada.
Y descubrí algo curioso:
No sentí alivio.
Ni satisfacción.
Ni gratitud hacia Isaac.
Nada.
Porque el problema de fondo seguía intacto.
Todos seguíamos siendo exactamente las mismas personas horribles atrapadas en distintas versiones del mismo mausoleo emocional.
Metí una mano en el bolsillo del pantalón y dejé escapar una risa baja.
Vacía.
—Parece que tu pequeño imperio legal expiró antes del desayuno, Eleonora.
Nora me fulminó con la mirada.
—Esto no termina aquí.
—Claro que no —respondí con indiferencia absoluta—. Nada termina realmente. Solo se transforma en algo peor.
La copa explotó contra el suelo.
Los sirvientes ni siquiera se inmutaron.
Uno de ellos simplemente apareció segundos después con otro paño para limpiar el cristal.
La elegancia de las familias ricas consiste precisamente en eso: aprender a destruirse sin interrumpir el servicio doméstico.
Nora observó la escena unos segundos más antes de girarse hacia las escaleras.
—Disfruten su tregua —dijo con voz peligrosamente calmada—. Los Blackwood siempre creen que ganar tiempo significa haber ganado una guerra.
Luego desapareció.
El salón quedó en silencio.
Uno de los empleados terminó de limpiar la última mancha de vino cerca de la chimenea.
Isaac se aflojó ligeramente la corbata y me miró por primera vez directamente.
Yo sostuve su mirada sin emoción.
Dos hombres cansados. Dos apellidos enfermos. Dos tutores legales intentando salvar a una niña en medio de un incendio hereditario.
Finalmente señalé el pasillo.
—Mi estudio. A solas.
Isaac tomó la carpeta nuevamente.
—Lidera el camino, Vance.
Me giré sin responder.
Porque ya no tenía energía para fingir humanidad.
Solo me quedaba la administración eficiente del desastre.
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POV: ISAAC BLACKWOOD
El estudio de Erik Vance es oscuro, cargado de una atmósfera densa que grita nihilismo puro. El heredero caótico está de vuelta en su elemento, pero hay algo diferente en él; una tensión errática, como si la lona que sostiene su fachada empezara a ceder por las esquinas.