Capitulo 29
POV: MILA BLACKWOOD
Alexander volvió a entrar al cuarto casi tropezándose consigo mismo de la emoción.
Llevaba la sudadera mal cerrada, una zapatilla apenas amarrada y el cabello todavía húmedo de la ducha apresurada que la nana le había dado hacía unos minutos. Venía sonriendo con toda la cara, ajeno al olor a lágrimas y tensión que todavía seguía suspendido en la habitación.
—¡Ya estoy listo! —anunció orgulloso—. ¿Ya nos vamos?
El pecho todavía me dolía.
No por el golpe.
Por los papeles firmados sobre la mesa.
Por la tinta fresca del apellido que acababa de perder.
Erik observó a Alexander en silencio durante unos segundos.
Y entonces ocurrió algo que me desarmó todavía más.
Su expresión cambió.
Apenas.
Un movimiento mínimo en los ojos. En la mandíbula. Como si el niño desactivara algo monstruoso dentro de él sin siquiera intentarlo.
—Te falta algo —dijo finalmente.
Alexander abrió mucho los ojos.
—¿Qué?
—Tu mochila.
El niño miró sus propias manos vacías y soltó un jadeo dramático.
—¡Mi mochila!
Erik asintió hacia el pasillo.
—Ve por ella. En diez minutos nos vamos.
—¡Siiii!
Alexander salió disparado del cuarto antes de que yo pudiera reaccionar.
Esperé hasta escuchar sus pasos perderse por el pasillo.
Entonces levanté lentamente la mirada hacia Erik.
Y toda la tristeza dentro de mí volvió a endurecerse.
—No te lo llevarás a ningún lado.
Erik ni siquiera pestañeó.
—Sí lo haré.
—Dile que te surgió algo.
—Pero no me surgió nada.
Solté una risa breve.
Vacía.
—Miéntelo como a todos. Es tu pasatiempo preferido.
Vi el golpe llegarle.
Pequeño.
Preciso.
La mandíbula se le tensó apenas, pero ya conocía demasiado bien esos microgestos. Sabía exactamente dónde enterrarle el cuchillo.
—Tú iniciaste esta mentira —respondió con voz baja—. No seré yo quien le rompa el corazón.
Sentí rabia inmediata.
Dolor inmediato.
—No eres su padre.
El silencio que siguió fue brutal.
Erik levantó lentamente la mirada hacia mí.
Y por un segundo volví a ver al hombre que podía destruir habitaciones enteras solo usando la voz.
—Que ya no seas mi esposa no significa que él deje de ser mi hijo.
Mi respiración se desacompasó.
Porque eso era lo peor.
Alexander también lo creía.
Y quizá Erik también.
Quizá esa era la verdadera enfermedad de esta familia: todos terminábamos creyendo nuestras propias mentiras porque la realidad era demasiado insoportable para mirarla de frente.
—Eso no es negociable —añadió él.
Quise responder algo.
Cualquier cosa.
Pero los pasos acelerados de Alexander volvieron a escucharse por el pasillo antes de que pudiera hacerlo.
Entró corriendo otra vez, ahora sí con la mochila azul de dinosaurios colgándole del hombro. El cierre estaba medio abierto y un pequeño T-Rex verde sobresalía entre los juguetes.
—¡Ahora sí estoy listo!
Erik apartó la mirada de mí inmediatamente.
Como si nada hubiera ocurrido.
Como si no acabáramos de despedazar lo último que quedaba entre nosotros.
Me agaché frente a Alexander y le acomodé el cuello de la sudadera con dedos torpes.
—Pórtate bien, ¿sí?
—Siempre me porto bien —protestó indignado.
Eso le arrancó a Erik una exhalación apenas parecida a una risa.
Y odié que todavía pudiera hacer eso.
Odié que incluso ahora siguiera sonando familiar.
Me puse de pie lentamente.
—Tráelo a las catorce.
—A las diecisiete.
—Dije que a las catorce.
Erik tomó las llaves del auto de la mesa sin alterarse.
—Iremos al zoológico. Volveremos a las diecisiete.
—Erik—
Pero él ya estaba caminando hacia la puerta.
Alexander corrió inmediatamente detrás de él y le tomó la mano con una naturalidad que me destrozó el pecho.
Como si perteneciera ahí.
Como si siempre hubiera pertenecido ahí.
Erik abrió la puerta principal.
La luz gris de la mañana entró atravesando el recibidor.
Y entonces habló sin girarse completamente hacia mí.
—Cuando firmes… por favor entrégaselos a tu hermano.
El mundo se me cayó encima otra vez.
Mis ojos se movieron automáticamente hacia la mesa.
Los papeles seguían ahí.
Esperándome.
Esperando la firma final que terminaría de borrarme de su vida.
Mi hermano.
No su abogado.
No un mensajero cualquiera.
Isaac.
Como si Erik ya hubiera decidido que no podía soportar volver a verme después de esto.
Sentí la humillación arderme dentro del pecho.
Pero peor aún…
sentí tristeza.
Porque entendí algo horrible:
Él tampoco podía quedarse a mirar el final.
Alexander tiró suavemente de su mano.
—¡Papá Erik, vamos!
Erik abrió finalmente la puerta sin volver a mirarme.
—Vamos, campeón.
—¡Sí!
La risa de Alexander llenó el pasillo mientras desaparecían juntos.
Y yo me quedé inmóvil en medio de la habitación vacía.
Escuchando cómo el eco de sus pasos alejándose sonaba demasiado parecido al abandono.
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POV: ERIK VANCE
Cerré la puerta de la mansión Blackwood a mis espaldas.
Dejé los papeles sobre la mesa de Mila. Firmados. Ahora mismo tenía una opresión extraña en el centro del pecho, una tirantez fría y molesta que me costaba un esfuerzo estúpido contener. No sabía qué demonios era esa presión, pero me jodía; me obligaba a respirar más lento para mantener la mandíbula relajada. Mi fachada no tenía una sola fisura. Seguía siendo un maldito bloque de piedra, pero el silencio en mis sienes era demasiado denso.
—¡Papá, mira! —Alexander tiró de mi abrigo, apuntando hacia la escalinata con un entusiasmo insoportable para las ocho de la mañana.