Impío

30

CAPÍTULO 30

POV: SOFÍA BLACKWOOD

El comedor de la mansión Blackwood olía a caldo de pollo caliente y a madera húmeda, un olor rancio que me revolvía el estómago.

Sentía una línea de sudor frío bajándome por la nuca. El tobillo me palpitaba dentro del vendaje con un ritmo sordo y febril; los colmillos de Hades me habían dejado una infección que la medicación apenas lograba contener. Tenía los ojos pesados y la mente flotando en esa neblina espesa que te da la fiebre alta, pero me obligaba a mantener la espalda recta. Tenía que esperar. Había lanzado el anzuelo perfecto la noche anterior, arrastrándome ante Erik para tocar su complejo de salvador, y él había prometido traer a Bianca.

Frente a mí, al otro lado de la mesa de caoba, Mila era lo más parecido a un muerto que había visto en mi vida.

No tocaba la comida. Tenía los ojos fijos en un punto muerto del mantel y una palidez grisácea que le apagaba la piel. Parecía un cuerpo vacío. Sabía que Erik había estado aquí temprano y que se había llevado a Alexander, pero ver a mi hermana en ese estado de catalepsia me generaba una incomodidad extraña. Un zumbido molesto.

—¿Te tomaste la medicación? —La voz de Mila me arrancó de mis pensamientos. Sonó apagada, arrastrada—. Te ves mal, Sofía.

Me acomodé en la silla, tragando saliva para disimular la sequedad de la garganta.

—Sí. Solo tarda un tiempo en hacer efecto —respondí, intentando sostener mi máscara de siempre, aunque los escalofríos me traicionaran en la voz.

—Debes tomarla antes de que te dé la fiebre —insistió ella, parpadeando con una lentitud exasperante—. Tienes que estar bien para cuando Isaac traiga a Bianca.

Sostuve el vaso de agua entre mis manos templadas, mirándola con fijeza.

—¿Y qué hay de ti? Te ves más enferma que yo.

Mila soltó una exhalación corta. No llegó a ser una risa. Fue solo aire saliendo de unos pulmones cansados.

—Oficialmente soy la segunda Blackwood divorciada —soltó, con una indiferencia que me heló la sangre—. Lo estoy procesando.

El corazón me dio un vuelco violento contra las costillas. Divorciada. La palabra resonó en el comedor como un disparo. Una chispa de triunfo puramente egoísta se encendió en mi estómago: Erik estaba libre. El matrimonio que me había humillado durante años se había disuelto en una mañana gris. El camino hacia Erik y la herencia Vance estaba despejado. Era mi victoria.

Pero Mila no se movió. En lugar de eso, levantó los ojos hacia mí; estaban empañados, limpios de cualquier rastro de esa altivez Blackwood que solía usar para protegerse.

—Sofía, por favor... —susurró, y su voz tembló con una fragilidad que me revolvió las entrañas—. ¿Podemos ya terminar esta guerra que llevas haciéndome desde que nací? Te lo suplico. Ya no puedo más.

La miré, sintiendo un rechazo visceral mezclado con el calor de la fiebre.

—Por Dios, suenas muy patética —le espeté, arrastrando la silla hacia atrás con un chirrido molesto. Me levanté ignorando el pinchazo de dolor en mi tobillo herido, tomé la botella de la credenza y caminé hacia ella—. Te serviré vino.

Hice caer el líquido oscuro en su copa con mano firme. Mila miró el vaivén del vino y, de manera casi imperceptible, esbozó una pequeña sonrisa rota. Dejé la botella sobre la mesa y me apoyé en el respaldo de su silla, mirándola desde arriba con desprecio.

—¿Para qué firmaste si vas a estar así? —le solté, clavándole las palabras—. Yo dejé ir a Caleb porque protegía el secreto de Bianca; de lo contrario, jamás le hubiera firmado. Hubiera peleado hasta los dientes. Pero tú siempre vas por la vida de mártir, Mila. Y eso es lo que más odio de ti. Tu maldita necesidad de sacrificarte.

Mila no se inmutó por mi veneno. Levantó la vista de la copa, sosteniéndome la mirada con una calma que me pareció infinitamente más peligrosa que un grito.

—Ya basta, Sofía. No tienes que fingir, Erik ya me lo dijo —su voz fue un hilo plano—. Me dijo que le hiciste el amor.

El agua que acababa de pasar por mi garganta segundos antes pareció evaporarse. Me atraganté con mi propia saliva, soltando una tos seca que me hizo arder el pecho. El pánico me cruzó la columna antes de que pudiera frenarlo. ¿Erik se lo había contado? ¿El búnker de piedra se había quebrado tanto como para confesar esa noche de despecho en mi cama?

Mila estiró la mano y levantó la copa de vino que acababa de servirle. La sostuvo en el aire, mirándome a través del cristal oscuro.

—Felicidades, ganaste —continuó, con esa sonrisa mínima que me supo a derrota—. Te quité a Caleb y tú me quitaste a Erik. Es justo. El marcador está empatado.

Dio un ligero toque al aire con la copa.

—Salud, hermana.

Me quedé congelada. La fiebre me quemaba las sienes, el tobillo me suplicaba un analgésico y la confesión de Mila me dejaba expuesta, pero con la corona en las manos. Regresé a mi lugar cojeando, tomé mi vaso de agua y lo levanté, aceptando el brindis de nuestra propia destrucción.

—Salud —le respondí.

****

POV: CALEB THORNE

El motor de mi auto todavía hacía un clic metálico de sobrecalentamiento cuando bajé dando un portazo. Ni siquiera recordaba cuántos semáforos en rojo me había saltado desde la llamada de Isaac.

«Muévete ya».

Las palabras de Isaac me quemaban en la retina. Tenía el teléfono apretado en el puño, la pantalla sudada por la palma de mi mano. Avancé hacia la entrada del zoológico a grandes zancadas, esquivando a familias con globos de colores y cochecitos de bebé. El contraste me daba náuseas. Toda esta maldita gente normal disfrutando de un domingo bajo la luz gris, mientras mi vida se estaba desangrando por los bordes.

Apreté los dientes, sintiendo una punzada de pánico que se me instalaba en la boca del estómago. Si Mila firmaba ese divorcio y Erik se quedaba con Alexander, yo estaba muerto en vida. Erik lo borraría de la faz de la tierra. Usaría la maldita ley, sus millones y esa frialdad quirúrgica para extirparme de la memoria de mi propio hijo. No podía permitirlo. Alexander llevaba mi sangre, mis rasgos, mi maldito apellido implícito aunque llevara el de un Vance.




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