Impío

31.

Capitulo 31

POV: ERIK VANCE

El silencio dentro de la camioneta solo estaba roto por el zumbido del motor y el sutil hipo que a Alexander todavía le quedaba tras el llanto en el estacionamiento. Conduje con la vista fija en el asfalto gris, manteniendo las manos firmes sobre el volante de cuero.

Miré de reojo por el retrovisor. El niño tenía la frente apoyada contra la ventana lateral, mirando los árboles pasar con una fijeza que no correspondía a sus dos meses de haber cumplido los cinco años. Estaba procesando algo demasiado pesado.

—¿Te peleaste con Caleb? —preguntó mi voz, lineal, rebotando en el espacio cerrado.

Alexander negó con la cabeza sin apartar la vista del cristal.

—Pareces muy enojado con él —insistí, midiendo cada palabra.

El niño se limitó a mirar hacia el otro lado, encogiéndose un poco en su asiento.

—Si no me cuentas, no podemos arreglarlo.

Alexander soltó un suspiro pequeño, casi imperceptible, antes de responder con una madurez que me tensó los hombros:

—No puedes arreglarlo.

—Vaya... —detuve el auto en un semáforo en rojo, sosteniendo su mirada a través del espejo—. Suena a que fue algo terrible.

Mudo. Se quedó completamente estático, cerrando la boca en una línea idéntica a la mía cuando decido no dar información. Estaba usando mis propios mecanismos de defensa. Tuve que cambiar la estrategia.

—¿Te acuerdas cuando te empujé en el jardín aquella vez y te lastimaste la rodilla? —le recordé, apelando a la lógica.

—Sí —murmuró.

—Fue un accidente. No estaba pensando. Pero eso fue algo terrible. Me disculpé contigo y me perdonaste. ¿Te pasó algo así con Caleb?

—Sí.

Mis dedos se apretaron un milímetro más contra el volante. El semáforo cambió a verde. Avancé despacio, doblando la esquina que daba a la calle de la mansión Blackwood.

—¿Te golpeó? —disparé la pregunta con frialdad quirúrgica.

—A mí no.

Frené la camioneta de golpe justo frente a la entrada principal de la mansión. El motor quedó encendido, vibrando bajo nosotros. Me desajusté el cinturón de seguridad con un clic seco, me giré por completo en el asiento y lo miré fijamente a los ojos. El aire pareció evaporarse dentro del habitáculo.

—¿Golpeó a mamá? —mi voz bajó una octava, volviéndose un arrastre denso—. ¿Fue eso?

Alexander asintió.

Una sola vez. Un movimiento limpio de cabeza.

El mundo alrededor de la camioneta se redujo a un punto blanco. Por dentro, la mente se me nubló, sepultada por una ola de ira tan densa e incandescente que me costó respirar. Un volcán salvaje estalló en mis entrañas, exigiéndome dar la vuelta, buscar a Caleb Thorne y destrozarlo contra el asfalto. Mila. El infeliz la había tocado. Y Mila... Mila había mentido. Había armado toda esa ridícula farsa del estacionamiento y la mujer borracha para protegerlo. Para esconder la decadencia del hombre moral que eligió. La rabia me quemaba el esófago, pero por fuera mi cuerpo hizo lo de siempre: se congeló. Me quedé completamente paralizado, estúpido, con la mano rígida sobre el respaldo del asiento.

Entonces Alexander se rompió.

El niño tapó su cara con las dos manos y empezó a soltar un llanto ruidoso, un llanto de pánico rezagado que llenó la cabina del auto.

El sonido me golpeó como una alarma de emergencia. Y no supe qué hacer. Me quedé mirándolo, estático, sintiendo una incomodidad claustrofóbica que me crispaba los tendones. No sé manejar esto. No entiendo las crisis de llanto, no tengo palabras para calmar el ruido y la vulnerabilidad me resulta algo completamente ajeno. Un analfabeto emocional. Eso era lo que Mila decía de mí, y en este maldito segundo, frente a mi propio hijo desarmado, la definición era exacta.

Tratando de huir del ruido y de mi propia incapacidad, abrí la puerta, bajé de la camioneta y abrí la puerta trasera. Necesitaba que el niño se detuviera. Le desajusté el cinturón de seguridad con movimientos bruscos, mecánicos.

—Tenemos que salir del auto —dije. Mi voz sonó dura, demasiado alta. Una orden inútil.

Alexander no me hizo caso. En cuanto sintió los enganches libres, se arrojó hacia adelante y me rodeó el cuello con los brazos, sepultando su cara en mi hombro. Su peso me obligó a dar un paso atrás. Me quedé con los brazos estirados, rígidos, sin saber dónde poner las manos. Sentía sus lágrimas calientes empapando mi piel a través de la tela, el espasmo de sus hombros contra mi pecho, y la sensación me sofocó. Quise apartarlo. Quise obligarlo a pararse derecho.

—Por favor, odio los abrazos —solté de golpe, áspero, incapaz de procesar el contacto—. Y estás llenando de mocos mi abrigo.

—No quiero gritos… —consiguió decir entre los sollozos, apretando los dedos en mi espalda con una fuerza desesperada—. Me asustan.

Me quedé mudo. No quiero gritos. No se refería a mí. Se refería a su casa. A lo que había vivido con Caleb.

La ira del volcán interno volvió a subir, mezclándose con la torpeza de tenerlo encima. Al final, sin abrazarlo realmente, pasé un brazo por debajo de sus piernas y lo levanté del asiento. Sostenía a mi hijo como quien carga un paquete frágil que teme romper por no saber cómo agarrarlo.

—No habrá gritos —dictaminé.

No fue una frase de consuelo; no me salía. Fue una declaración de intenciones. Una orden para el resto del mundo.

Caminé hacia la entrada con el niño temblando contra mi cuello, empujé la pesada puerta de madera de la mansión Blackwood con el hombro y entré a la casa.

****

POV: MILA BLACKWOOD

El silencio en el recibidor de la mansión se rompió cuando la enorme puerta de madera se abrió, dejando entrar el olor a lluvia y asfalto húmedo.

Isaac cruzó el umbral cargando a Bianca en brazos. En cuanto sus pies tocaron el suelo, la niña se soltó y corrió cojeando levemente hacia el sofá donde Sofía descansaba con el tobillo vendado.

—¿Estás mejor, mamá? —preguntó Bianca, subiéndose al sillón para mirarla de cerca.




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