Impío

32 .

Capitulo 32.

POV Caleb.

Lo odié apenas lo vi.

—¿Y este quién mierda es? —escupí, poniéndome de pie de golpe.

Lucien ni siquiera se tensó. Tomó la copa de vino de Sofía de la mesa como si tuviera todo el derecho del mundo, le dio un sorbo lento, saboreándolo, y recién después me miró.

—Lucien Vance —se presentó, extendiéndome la mano libre con un cinismo absoluto—. Me presento.

Le estampé la mano contra la pared antes de que terminara la frase.

El golpe retumbó seco, violento, en toda la sala. Lo agarré del cuello de la camisa y lo empujé contra el muro con tanta fuerza que la madera crujió detrás de él. El vino de la copa se derramó en el suelo, pero me importó una mierda.

—¡No queremos ni un maldito Vance más en esta casa! —rugí, sintiendo la rabia quemándome vivo por dentro, nublándome la vista—. ¡Nos basta con el desgraciado de Erik!

Isaac se movió de inmediato, dando un paso al frente.

—¡Caleb!

Pero Lucien levantó apenas la mano que le quedaba libre, todavía atrapado contra la pared, como si quisiera pedirle calma. El imbécil incluso sonrió un poco mientras yo casi lo estrangulaba.

—Debo admitir… —dijo con la voz apretada, manteniendo una calma que me daba asco— que este recibimiento supera mis expectativas.

—Ya suéltalo —ordenó Sofía desde el sofá.

Giré la cabeza hacia ella, incrédulo, sintiendo una punzada de traición.

—¿Lo estás defendiendo?

—Te estoy diciendo que dejes de actuar como un animal.

Isaac soltó un suspiro agotado, pasándose una mano por la cara.

—¿Por qué lo defiendes? —preguntó, mirando a Sofía con el ceño fruncido—. ¿Acaso son amigos?

Sofía se acomodó apenas el vendaje del tobillo, sin mirarnos directamente.

—Algo así.

Entrecerré los ojos, la mandíbula doliéndome por la fuerza del agarre. Lucien aprovechó ese segundo de distracción para acomodarse un poco el cuello bajo mi mano, sin mostrar un ápice de miedo.

—La chica Blackwood probablemente me llamaría un aliado circunstancial —comentó con tono cantarín.

—Le salvó la vida cuando Hades casi me arranca la pierna —añadió Sofía con fastidio, zanjando la discusión.

Isaac cerró los ojos un segundo y negó con la cabeza, completamente harto.

—Dios… cómo odio la falsa modestia de los Vance.

Lucien inclinó apenas la cabeza, refinado hasta la médula.

—Gracias. Lo tomaré como un cumplido.

Lo solté de golpe, empujándolo una última vez. El tipo cayó perfectamente de pie, sacudiéndose las arrugas de la camisa como si acabara de salir de una reunión de negocios y no de un intento de estrangulamiento.

—¿Y vas a dejar que se quede aquí? —pregunté, clavando mis ojos en Sofía.

—Si es lo que él quiere.

Solté una carcajada vacía, amarga, que me raspó la garganta.

—Puta mierda.

Me giré sobre mis talones y salí de la sala antes de terminar golpeando a alguien más, necesitando aire antes de asfixiarme de verdad

El aire frío del jardín me golpeó la cara apenas crucé la terraza, pero no sirvió de nada para apagar el fuego que llevaba dentro. Sentía el pecho demasiado lleno. Demasiado apretado. Caminé entre la niebla húmeda de la noche hasta llegar al estacionamiento lateral de la mansión. Mi respiración salía irregular, pesada, quemando mis pulmones.

Y entonces volvió. La imagen.

Alexander escondiéndose detrás de Erik. Aferrándose a su chaqueta. Mirándome con esos ojos abiertos, llenos de terror, como si yo fuera un monstruo, alguien de quien debía protegerse.

El recuerdo me atravesó el estómago como una cuchilla oxidada. Solté un sonido ahogado, un gemido de puro dolor animal, y descargué el puño con todas mis fuerzas contra el capó de mi auto.

¡BANG!

La alarma empezó a sonar inmediatamente, rompiendo el silencio de la noche, pero no me importó.

—¡Mierda! —golpeé otra vez el metal, deformándolo—. ¡Mierda, mierda, mierda!

Apoyé ambas manos sobre el capó caliente, bajando la cabeza, respirando agitado mientras intentaba tragarme el nudo que me estaba destruyendo la garganta por dentro. Alexander me había tenido miedo. A mí, que daría mi vida por él. Cerré los ojos con fuerza, sintiendo el frío de la noche colarse por mi ropa, y por primera vez en mucho tiempo, sentí ganas reales de llorar. De quebrarme y no levantarme.

El teléfono vibró dentro de mi bolsillo, rompiendo mi miseria. Me quedé quieto unos segundos, regulando el aire, antes de sacarlo.

Mila.

Contesté enseguida, con la urgencia quemándome los dedos.

—¿Llegaron bien? —pregunté, incapaz de ocultar la vibración en mi voz.

Hubo un pequeño silencio al otro lado de la línea. Un bache helado.

—Sí —respondió ella bajito—. ¿Tú cómo estás?

Me reí sin un ápice de humor, una risa que dolió.

—¿Cómo crees que estoy? —murmuré, pasándome una mano temblorosa por el rostro—. Destrozado, Mila. No has dejado nada de mí.

El silencio del otro lado me aplastó el pecho, denso y cargado de culpas pasadas.

—¿Quieres que vaya? —preguntó finalmente.

Cerré los ojos, dejando que la frente descansara contra el metal de mi auto. Dios. La quería ahí, pero me odiaba por quererlo.

—¿Tu marido te dejará? —preguntó mi boca, destilando un cansancio venenoso.

—No es mi marido —corrigió ella enseguida, con una firmeza que me descolocó—. Estamos divorciados desde esta mañana.

La frase me golpeó más fuerte de lo que debería. Me dejó sin aire, abriendo una grieta en la muralla que había levantado. Miré la oscuridad del jardín, procesando el vacío.

—¿Y Alexander?

—Está dormido.

—¿Con Erik?

Ella tardó apenas un segundo demasiado largo en responder. Un segundo que lo dijo todo.

—Sí.

Me apoyé de espaldas contra el auto y solté una risa vacía, mirando al cielo negro. Claro. Por supuesto que sí. El maldito Erik ganando otra vez.

—Caleb…

—¿Para qué vas a venir? —la interrumpí, antes de que pudiera compadecerse—. ¿Para hacerme sentir peor?




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