Impío

34....

Capitulo 34

POV: CALEB THORNE

—¡Papá, papá! ¡Estás aquí! ¡Buenos días!

El impacto de Bianca contra mi pecho me arrancó el aire.

Sus brazos rodearon mi cuello con la confianza absoluta de quien nunca ha dudado de su lugar en el mundo.

Por un segundo olvidé dónde estaba.

Olvidé a Isaac.

A Beatrice.

A Lucien Vance sentado al otro lado de la mesa.

Olvidé la resaca.

Olvidé el lago.

Olvidé incluso a Mila.

Solo sentí el calor del pequeño cuerpo aferrándose a mí.

—¿Papá?

Su voz salió amortiguada contra mi cuello.

—¿Sí, renacuaja?

—Te extrañé.

La sencillez con la que lo dijo me hizo daño.

Levanté la vista.

Sofía seguía de pie junto a la mesa.

Tenía la mano extendida en el vacío, como si todavía esperara que Bianca corriera hacia ella.

El dolor que cruzó fugazmente su rostro fue tan rápido que nadie más pareció notarlo.

Nadie excepto yo.

Bianca se apartó apenas para mirarme.

Y ahí estaban.

Los ojos grises.

Los ojos de Erik Vance.

Sentí un nudo de rabia subir por mi garganta.

Veía a Erik en la forma de sus pestañas.

En la manera tranquila en que observaba antes de hablar.

En la estructura delicada de su rostro.

Veía al hombre que había arruinado a Mila.

Al hombre que Sofía había elegido.

Al hombre al que odiaba con cada parte miserable de mí.

Y aun así...

No podía odiarla a ella.

Porque durante cuatro años había sido mía.

Había aprendido a caminar sosteniéndose de mis dedos.

Había llorado llamándome desde su habitación cuando tenía pesadillas.

Había insistido en que yo peinara sus muñecas porque "papá hace las trenzas más bonitas".

Había sido la primera persona que me miró como si yo fuera algo digno de admiración.

Incluso después de descubrir la verdad.

Incluso después de apartarme de ella.

Incluso después de convertirme en una mierda.

Bianca seguía sonriéndome como si yo fuera su lugar seguro.

—¿Por qué lloras? —preguntó de pronto.

Parpadeé.

No me había dado cuenta de que tenía los ojos húmedos.

—No estoy llorando.

—Un poquito sí.

Sus pequeñas manos sujetaron mi cara.

—No pasa nada. Yo te quiero igual.

Dios.

La abracé con más fuerza.

—Yo también te quiero, renacuaja.

El comedor quedó en silencio.

Isaac apartó la mirada.

Sofía bajó los ojos hacia su plato.

Y Beatrice soltó un resoplido desagradable.

—Ridículo —murmuró—. Las niñas siempre terminan encariñándose con quien no les corresponde.

Sofía alzó la cabeza.

—Madre...

—¿Qué? ¿Voy a fingir que no existe un padre legítimo? Esa niña es una Vance. Cuanto antes lo entienda, mejor.

Los bracitos de Bianca se tensaron alrededor de mi cuello.

—No quiero otro papá.

El comentario fue tan pequeño que casi pasó desapercibido.

Casi.

—Yo quiero este.

El corazón se me detuvo.

Beatrice hizo un gesto de desdén.

—Los niños quieren muchas tonterías.

Lucien dejó la servilleta sobre la mesa.

—Qué curioso —comentó secándose el cuello todavía húmedo—. Porque los adultos parecen querer cosas mucho más estúpidas.

Beatrice lo fulminó con la mirada.

—Sigue hablando y te sacaré de esta casa a rastras.

Lucien sonrió.

—Con todo respeto, señora Blackwood, ya intentó hidratarme. No creo que tenga más recursos.

Isaac soltó una exhalación cansada.

—Basta.

Bianca tiró de mi manga.

—¿Me das de comer?

La miré.

Su expresión era completamente normal.

Confiada.

Como si no acabara de escuchar que otra persona podría reclamar el lugar que ella me había dado.

Como si el amor fuera tan simple como elegir a quién abrazar.

Tomé el tenedor.

—Abre la boca.

Ella obedeció inmediatamente.

—¡Otra!

—Despacio o te atragantarás.

—¡Otra!

Sofía observaba la escena en silencio.

—Gracias —susurró.

No supe si hablaba conmigo o con el universo.

Bianca terminó de comer y levantó los brazos.

—¿Jardín?

No pude evitar sonreír.

Una sonrisa pequeña.

Torpe.

Real.

—Está bien.

—¡Sí!

Saltó de mi regazo.

—Mamá, tú también.

Sofía intentó ponerse de pie, haciendo una mueca cuando apoyó el tobillo lesionado.

Salimos al jardín.

El aire fresco alivió un poco el caos de mi cabeza.

Bianca corría detrás de una mariposa mientras Sofía se acomodaba lentamente en uno de los bancos de piedra.

Isaac permaneció de pie frente a ella.

—Hoy introduciré el divorcio de Erik y Mila en el juzgado.

—Bien, hoy Bianca y yo volveremos a la mansión Vance.

Seguí observando a Bianca.

Fingiendo no escuchar.

—¿Estás segura? —preguntó Isaac—. Nora está desquiciada.

Sofía tardó varios segundos en responder.

Y cuando habló, lo hizo sin mirar a nadie.

—Si Mila y Erik ya no tienen nada, lo más normal es que Caleb y Mila recuperen su familia y vuelvan a ser Blackwood, como mi padre estipuló.

Mi cuerpo se quedó inmóvil.

Bianca seguía corriendo.

Ajena.

—Bianca y yo pasaremos al cuidado de Erik —continuó Sofía—. No tengo herencia. Y Bianca es una Vance.

El mundo pareció inclinarse.

—Erik no es un buen hombre —replicó Isaac inmediatamente—. Mucho menos un padre decente para Bianca. Yo las cuidaré. Soy tu hermano. Es mi deber.

Sofía soltó una risa amarga.

—Yo tampoco soy una buena mujer, Isaac.

Sus ojos buscaron a Lucien apenas un instante antes de desviarse.

—Soy exactamente la mujer que Erik Vance merece. Una serpiente de dos cabezas. Una perra despiadada que le parió una hija.

Isaac cerró los ojos.

—Mandaré que empaquen tus cosas.

Su voz se suavizó.

—Cualquier cosa que necesites... Mila y yo estaremos para ti.




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