Capítulo 33
POV: ERIK VANCE
La nueva casa tenía un vacío insoportable.
Llevaba dos horas de pie junto a la ventana del salón, mirando la oscuridad del camino rural. Mis dedos tamborileaban contra el marco de madera en un ritmo monótono, frío. Detestaba perder el control. Detestaba no tener un plan. Pero esa noche, Mila me había desarmado por completo.
Se había llevado mi auto. El único vehículo disponible en esta propiedad aislada. Se había marchado inestable, directa a los brazos del pasado, dejándome atrapado. Mi mente, siempre acostumbrada a calcular tres pasos por delante de mis enemigos, estaba completamente bloqueada. El sonido del teléfono rompió la rigidez del salón minimalista a las tres de la mañana. No me alteré. Saqué el dispositivo del bolsillo con un movimiento limpio, observando la pantalla. Sofía Blackwood.
—Habla Erik —respondí, mi voz plana, lineal.
—Mila tiene tu camioneta —la voz de Sofía llegó al otro lado, pastosa por la fiebre pero cortante—. Acaba de salir de la mansión como una maldita demente. Está borracha, Erik. Borracha de no poder mantenerse en pie. Ha dejado a Caleb tirado en mi sala y ha apagado el rastreador. Si se estrella con tu coche…
—Ya lo sé —la interrumpí, cortando la comunicación sin añadir una sola palabra.
El analfabeto emocional en mí procesó la información de forma matemática: no había chóferes en esta propiedad. Estaba solo, atrapado en una estructura de cemento pulido con un niño de cinco años dormido en la planta alta. La parálisis me crispaba los tendones. La lógica dictaba dar el aviso a las patrullas del sector, pero el apellido Vance no se gestionaba en una comisaría. Un arresto por conducción imprudente destruiría la farsa del divorcio limpio que acabábamos de firmar.
Un quejido débil desde la escalera me obligó a girarme. Alexander bajaba los peldaños, arrastrando los pies, restregándose los ojos.
—¿Dónde estamos? —preguntó con la voz ronca—. ¿Dónde está mamá?
—Estamos en una casa nueva, Alexander. Vuelve a dormir, es muy tarde.
El niño se quedó estático en el penúltimo escalón. Sus labios empezaron a temblar y las lágrimas corrieron por sus mejillas de inmediato.
—¿Te acuestas conmigo? —pidió en un susurro—. Tengo miedo.
Sentí una punzada de exasperación en el pecho. No ahora. Mi mente calculaba la ruta secundaria desde la mansión Blackwood, evaluando las curvas peligrosas, y no tenía espacio para gestionar el pánico de un niño. La vulnerabilidad de mi hijo me resultó claustrofóbica.
—No puedo dormir ahora, Alexander —dije, caminando hacia él. Lo cargué de un tirón, tal vez con una rigidez excesiva, pero él se aferró a mi cuello enseguida—. No puedo lidiar con esto ahora.
Subí los escalones, entré a la aplicación de rastreo del teléfono mientras lo sostenia. La flecha azul de la camioneta se había vuelto gris en la pantalla hacía dos minutos. Mila había desconectado el GPS desde el tablero.
Sentí el peso del niño aligerarse a medida que sus sollozos se apagaban, vencido por el cansancio físico. Lo bajé de vuelta con lentitud, lo recosté en el sofá de la sala y lo arropé con una manta gris. Apagué la última luz del interior y salí al jardín delantero. El aire de la madrugada estaba helado, cargado de una llovizna fina que me humedeció el cabello.
Saqué el teléfono otra vez. El pulgar no me tembló al marcar el número de emergencias. Mi paciencia se había agotado de forma limpia.
—Tú te lo buscaste, Mila Blackwood —susurré para la niebla.
El tono sonó dos veces.
—Policía del sector, ¿cuál es su emergencia?
—Buenas noches. Habla Erik Vance —me identifiqué, manteniendo el tono gélido, quirúrgico—. Quiero reportar un vehí—
Mis palabras se congelaron. El eco de un motor forzado trepó por la colina residencial. Dos faros amarillos rompieron la penumbra, balanceándose de forma errática antes de enfilar la entrada de la propiedad.
Era la camioneta.
El vehículo avanzó a trompicones y frenó con un chirrido violento sobre la gravilla, a escasos metros de donde yo estaba parado. Colgué la llamada de golpe, dejando caer el teléfono sobre el césped. Una grieta de pánico puro —un impulso primitivo que creía haber extirpado de mi sistema— me obligó a correr hacia la puerta del conductor. El guardabarros delantero derecho estaba completamente destrozado, la chapa retorcida hacia adentro y un humo blanco subía del radiador con un siseo metálico.
Abrí la puerta de un tirón, temiendo encontrar sangre.
Mila estaba allí. Solté un suspiro de alivio largo, un aire contenido que me dolió en el pecho al comprobar que no tenía una sola herida abierta. Simplemente estaba recostada de lado, con la mejilla apoyada contra el cuero del volante, completamente ida. Al sentir el impacto del aire frío, levantó la cabeza despacio, parpadeando con pesadez.
—Robé tu auto… —dijo, arrastrando las palabras con una ligereza que me revolvió el estómago—. Y además… lo rayé un poco. Pero no te importa, ¿verdad? Este ni siquiera es tu favorito.
Caminé hacia ella con pasos lentos, calculados. Mis manos estaban metidas en los bolsillos de la chaqueta para no dejar ver la tensión en mis puños.
—Sí, no es mi favorito. Haz sido irresponsable—mi voz sonó baja, una vibración peligrosa que habría hecho temblar a cualquiera.
A ella no. Ella dio un paso hacia mí, acortando la distancia, destilando olor a alcohol, a la niebla del lago y al resentimiento acumulado de nuestro divorcio express esa misma mañana.
—¿Qué pasa, rey del caos? —se burló, buscándome los ojos, provocándome—. ¿Ya no te gusta compartir conmigo el desastre? ¿O es porque ya no soy tu esposa que ahora te parezco patética y aburrida?
La miré fijamente. Mila siempre me acusaba de ser un analfabeto emocional. Ansiaba una discusión. No le di el caos que tanto ansiaba para justificar su autodestrucción.
Me acerqué, pasé un brazo por detrás de sus rodillas y el otro por su espalda, y la cargué en vilo antes de que pudiera protestar.