Impío

35.

Capítulo 35

POV: CALEB THORNE

El asfalto húmedo de la carretera secundaria corría bajo los neumáticos en un zumbido monótono.

Tenía el volante firmemente sujeto entre las manos, pero mi mente seguía atrapada en el jardín de los Blackwood.

—No quiero otro papá.

La voz de Bianca regresó con una claridad insoportable.

—Yo quiero este.

Solté una risa breve.

Amarga.

Mi renacuaja.

La niña con los ojos de Erik Vance que había corrido hacia mí aquella mañana con la misma confianza de siempre.

Sin reproches.

Sin miedo.

Sin entender por qué el hombre que le había enseñado a montar en bicicleta dejó de mirarla igual de un día para otro.

Había descubierto que no era mi hija.

Había descubierto la mentira.

Y convertí mi dolor en un arma.

Contra Sofía.

Contra Erik.

Contra el mundo.

Pero la única persona que terminó sangrando fue una niña de cuatro años.

Bianca no eligió cómo nació.

No eligió quién era su padre biológico.

No eligió que yo la criara.

Solo eligió amarme.

Y yo le enseñé que ese amor podía tener condiciones.

Cerré con más fuerza los dedos alrededor del volante.

Dios.

¿Qué clase de hombre hacía eso?

La respuesta apareció sola.

La clase de hombre que estaba sentado detrás de ese volante.

Yo.

Frené frente a la estructura de cemento pulido y líneas rectas.

La casa nueva.

El búnker de Erik Vance.

Apagué el motor.

Tomé la bolsa de compras del asiento del copiloto.

Y caminé hacia la entrada con el corazón golpeándome las costillas.

Toqué el timbre.

La puerta se abrió lentamente.

Mila apareció en el umbral.

Tenía el cabello revuelto.

La piel demasiado pálida.

Los ojos apagados por una resaca que parecía haberle mordido el cerebro.

Se veía fatal.

Y aun así seguía intentando sostenerse sobre esa arrogancia rota que utilizaba como armadura.

—Te ves mal —admití en voz baja—. No debí dejarte conducir así anoche.

Una sombra de culpa cruzó mi pecho.

Porque Lucien había tenido razón.

No la llamé.

No comprobé si llegó bien.

No hice nada.

Mila forzó una pequeña sonrisa.

—Soy adulta, Caleb. Mi vida es mi responsabilidad. Nadie debe cuidarme.

Levanté la bolsa.

—Traje cosas para hacer sopa.

Sus ojos se suavizaron apenas.

—Genial... te lo agradezco un montón.

Entré.

El minimalismo del lugar me sorprendió.

No había ostentación.

Ni cuadros ancestrales.

Ni muebles elegidos para impresionar visitas.

Solo una casa.

Ordenada.

Silenciosa.

Habitable.

Dejé las compras sobre la encimera.

—¿Y dónde está él?

Mila arqueó una ceja.

—¿Erik o Alexander?

—Alexander.

—Segundo piso. La habitación de la derecha. Verás su nombre en la puerta.

Di un paso hacia las escaleras.

Y me detuve.

—¿Está enojado?

Mila bajó la mirada.

—Sí.

Hizo una pausa.

—Pero conmigo.

Mis manos comenzaron a temblar dentro de los bolsillos.

Ella lo notó.

Se acercó.

Apoyó una mano sobre mi brazo.

—Él entenderá. Solo quiero que estemos todos en paz, Caleb.

Tragué saliva.

—Sí... lo sé.

Subí las escaleras.

Cada peldaño pesaba más que el anterior.

Antes de doblar hacia el pasillo miré hacia abajo.

Mila seguía observándome.

—Gracias por lo de ayer —dije con dificultad—. Y por protegerme delante de todos.

Ella señaló suavemente el contorno amoratado de su ojo.

—Esto no fue un golpe. Fue un accidente.

Me sostuvo la mirada.

—No te define.

Apreté la barandilla.

—No lo veo así.

—Dilo.

—Mila...

—Dilo.

Cerré los ojos.

—No me define.

Las palabras rasparon mi garganta.

—Fue un accidente.

Mila asintió.

—Perfecto.

Respiró lentamente.

—Ahora ve y explícale a Alexander que no tiene nada que temer de ti. Que lo amas y que harás lo mejor para él siempre.

Asentí.

Y seguí caminando.

La puerta de la derecha tenía letras de madera.

ALEXANDER.

Inhalé profundamente.

Y empujé.

El silencio estaba roto únicamente por el sonido furioso de un crayón contra el papel.

Alexander permanecía sentado en su escritorio.

De espaldas.

Dibujando con tanta fuerza que parecía querer atravesar la hoja.

Mis ojos recorrieron la habitación.

Y me quedé inmóvil.

Dinosaurios.

Libros.

Rompecabezas.

Una tienda de campaña azul.

Un mural del espacio cubriendo las paredes.

Cajas organizadas.

Una cama con sábanas de astronautas.

Todo pensado para él.

Todo construido alrededor de él.

Quise encontrar un defecto.

Algo improvisado.

Algo que confirmara la imagen monstruosa que había construido de Erik Vance durante años.

No encontré nada.

Y odié que eso me molestara tanto.

Avancé unos pasos.

Entonces vi el póster.

Un payaso.

Colorido.

Ridículo.

Me detuve.

—Pensé que te daban miedo los payasos.

Alexander siguió dibujando.

—Me daban miedo.

Tomó otro crayón.

—Pero ya lo superé.

Sonreí.

Me senté en el suelo frente a él.

—¿Y cómo lo lograste?

—Papá Erik me dijo que no debo tener miedo de algo que no puede hacerme daño.

Mi mandíbula se tensó.

—¿Ah, sí?

—Me contó una historia.

Se encogió de hombros.

—Después pegamos ese cartel.

Señaló el póster.

—Es solo un dibujo.

Aquello me irritó antes de avergonzarme.

Porque llevaba años convenciéndome de que Erik Vance era incapaz de cuidar a un niño.

Y Alexander acababa de desmontar esa certeza con la naturalidad con la que cambiaba de crayón.

—¿Y funcionó?




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