Impío

36

Capitulo 36

POV: MILA BLACKWOOD

El impacto de las palabras de Erik todavía me hacía zumbar los oídos. La descarga de adrenalina fue tan violenta que barrió de golpe los últimos vapores de la borrachera, dejándome una lucidez fría y dolorosa.

«...solo para escucharme decirte que te amo».

Se le había escapado. Al gran estratega, al hombre frío que manejaba el mundo como un tablero de ajedrez implacable, se le había desbordado la verdad por pura rabia territorial. Tenía el corazón desbocado, golpeándome las costillas, y una sonrisa incrédula, casi trémula, congelada en mis labios. Quería acorralarlo. Quería obligarlo a sostener el peso de su propia confesión, ese "te amo" que había deseado escuchar desde siempre pero que él, en su nihilismo indomable, consideraba una estupidez del sistema.

Pero la realidad nos pasó por encima.

Caleb entró a la cocina cargando a Alexander. Mi hijo se aferraba a su cuello con una sonrisa brillante, ajeno a la rigidez eléctrica que hacía vibrar las paredes de cemento pulido. Caleb se detuvo en seco, captando instantáneamente la atmósfera asfixiante que flotaba entre Erik y yo. Su postura se volvió defensiva, formal, asumiendo esa distancia rígida con la que siempre intentaba protegerse de nosotros.

—Ya veo que estás ocupada —dijo Caleb, con la voz tensa mientras acomodaba a Alexander en el suelo—. Hijo, es hora de irnos.

Alexander no se movió. Miró la bolsa de papel que Erik había dejado sobre el mármol y luego tiró con insistencia de la chaqueta de Caleb.

—Papá Erik trajo comida —anunció con esa lógica limpia de los niños—. Quédate.

Caleb forzó una sonrisa incómoda, visiblemente descolocado por la situación. Miró de reojo la pulcritud hostil de la casa y negó despacio.

—No creo que sea divertido, hijo.

—Oh, a mí me pareció divertido desde que vi tu auto afuera y las verduras en mi cocina —soltó Erik.

Su voz regresó como un hilo de seda gélida. Se cruzó de brazos, apoyando la espalda contra el marco de la puerta. Su máscara de control absoluto ya estaba colocada de nuevo, pero la vena que le cruzaba la sien seguía latiendo con una fuerza peligrosa.

Alexander arrugó la nariz, mirando la bolsa de supermercado que Caleb había traído antes.

—No quiero verduras —protestó.

Caleb suspiró, intentando mantener la compostura frente a la provocación directa de Erik. Se agachó levemente para quedar a la altura del niño, ignorando el veneno del conde Vance.

—No eran para ti, hijo. La sopa era para tu mamá... pero parece que ya no le hace falta.

—¿Por qué no? —intervino Erik, dando un paso lento hacia adelante, arrastrando las palabras con una lentitud matemática—. Ella sigue necesitándola.

Caleb se enderezó por completo. Su mirada se clavó en la de Erik, inyectada de un odio puro, denso, un rencor masticado durante cuatro malditos años de disputas y secretos. La rivalidad entre ambos hombres se encendió en un parpadeo; una guerra muda donde mi naturaleza caótica y el bienestar de nuestro hijo eran el territorio en disputa.

Giré la cabeza hacia Erik, desafiándolo abiertamente. La palabra "te amo" todavía flotaba en el aire de la cocina, y yo no iba a dejarlo retroceder a su búnker de indiferencia. Si él quería jugar al rey absoluto, yo iba a usar al único hombre que representaba el sistema que él tanto despreciaba para obligarlo a mirarme de frente.

Me apoyé de espaldas contra la encimera, clavando mis ojos en los suyos con una osadía peligrosa.

—Realmente me encantaría que me la hicieras, Caleb —sentencié en voz alta.

Erik se tensó de forma milimétrica. Sus ojos grises centellearon con un destello salvaje de celos, una furia posesiva, violenta y puramente territorial que intentó sepultar bajo su habitual frialdad. Su mandíbula se puso tan rígida que pareció de piedra. Supo que lo estaba retando, que estaba pinchando exactamente la misma vena que lo había hecho colapsar hace un momento. Me miró con una fijeza oscura, deccretándome en silencio que no importaba cuántos papeles de divorcio hubiéramos firmado; él seguía cuidando de mí y yo seguía infectando su maldita estructura perfecta.

*****

POV: NORA VANCE (Tercera persona)

En el ala norte había silencio.

Uno de esos silencios construidos a base de orden, distancia y miedo. Un silencio que no era paz, sino disciplina acumulada en cada pared, en cada superficie pulida, en cada rincón donde nadie se atrevía a quedarse demasiado tiempo.

Nora Vance estaba sentada en el suelo de su vestidor, la espalda apoyada contra el espejo. Las piernas dobladas con precisión casi estudiada. En sus manos sostenía una correa de cuero.

No la miraba.

No necesitaba hacerlo.

El peso era suficiente.

Sus dedos la apretaban con una calma que siempre había confundido a los demás con control.

Hasta ahora.

La puerta se abrió sin aviso.

Nora no levantó la cabeza. No hacía falta. Eloise no entraba en un espacio: lo ocupaba.

Los tacones se detuvieron frente a ella.

Un sobre blanco cayó sobre su regazo.

—De la firma —dijo Eloise.

Nora no respondió.

El sobre tampoco le interesó al principio.

Hasta que lo abrió.

Las líneas eran limpias, precisas, irreversibles.

Divorcio.

Custodia.

Reorganización legal.

Erik ya no estaba donde antes podía ser contenido.

Algo en su interior no explotó.

Se detuvo.

Como si el cuerpo necesitara comprobar si aquello era real antes de permitirle sentirlo.

Luego soltó una risa.

Baja.

Incorrecta.

Y después otra.

La risa creció sin permiso, deformándose hasta volverse irreconocible. Nora se puso de pie de golpe. El papel se arrugó en su mano.

Lo lanzó.

No importaba dónde.

Nada importaba.

El segundo impacto contra la pared no fue suficiente.

Tampoco el tercero.

La risa seguía ahí, chocando contra su garganta como algo que no tenía forma de salir correctamente.




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