Impío

37

Capitulo 37

POV: MILA BLACKWOOD

El rugido del motor del Mercedes alejándose por la gravilla me golpeó en el centro del pecho, dejando un vacío que se llenó instantáneamente de una furia hirviente.

Cobarde. Maldito cobarde.

—¿Por qué se fue papá? —la voz pequeña de Alexander rompió el silencio desde el pasillo. Venía arrastrando los pies, mirándome con esos ojos limpios que no merecían cargar con nuestras guerras.

—Tu papá está en la cocina, Alexander —respondí con una madurez que brillaba por su ausencia, mordiendo cada palabra mientras caminaba a zancadas hacia la encimera.

Entré al espacio barriendo el aire con mi mal humor. Caleb estaba allí, terminando de acomodar las cosas sobre la mesa. Se detuvo en seco en cuanto me vio entrar como un huracán y abrir la llave del agua caliente a tope.

—No sé qué sucede entre ustedes —soltó Caleb, con una voz baja pero firme, plantándose a unos metros de mí—, pero mantén a Alexander al margen.

Agarré el primer plato con tanta fuerza que los nudillos se me pusieron blancos.

—¿Eres del equipo de Erik ahora? —escupí, y antes de que pudiera responder, aventé el plato con rabia dentro del fregadero. El cristal impactó con un golpe seco, demasiado ruidoso, que hizo vibrar el metal.

—Jamás seré del bando de Erik —decretó Caleb, sin alterarse por mi estallido, manteniendo esa odiosa rectitud suya—. Pero Alexander lo ama. Y creo que si quiero lo mejor para mi hijo, tengo que estar en tregua.

Cerré la llave del agua de un manotazo y me giré a mirarlo, soltando una risa amarga y seca.

—¿Tregua?

—Es lo que querías, ¿no? Desde hace tiempo —me recordó él, dándome una mirada cargada de reproche.

—Y lo que tú te negabas rotundamente —ataqué, dando un paso hacia él—. ¿Qué cambió, Caleb? ¿Te dijo que te ama Erik también?

Caleb frunció el ceño, dándose cuenta al instante del desliz en mi lengua.

—¿Te dijo eso? —preguntó, con la voz congelada.

El pánico me dio un vuelco en el estómago. Intenté recular de inmediato.

—¡¿Qué?!

—¡Eso dijiste!

—¡No dije eso! —exclamé, elevando la voz justo cuando el sonido de la puerta principal al abrirse nos cortó la respiración a los dos.

Pasos lentos. Pesados. El Mercedes no se había ido; solo se había movido. Erik volvió a cruzar el umbral de la cocina, con Alexander trotando a su lado. El niño, ajeno por completo al campo minado que acababa de pisar, agarró un fajo de servilletas con entusiasmo.

—¡Yo pongo la mesa! —anunció mi hijo, corriendo hacia las sillas.

El shock me paralizó el cuerpo. Los dedos me flaquearon y el plato que sostenía entre las manos resbaló, cayendo al suelo y rompiéndose en tres pedazos perfectos contra el cemento pulido. Ninguno de los tres hombres se movió.

Caleb desvió la mirada del suelo hacia mis ojos, y vi la comprensión dolorosa dibujarse en sus facciones.

—Dios... sí te lo dijo —susurró Caleb, con una voz rota que apenas llegó a mis oídos—. Y tú le creíste.

—Tú lo dices siempre y te creí —le respondí en el mismo tono, defendiéndome por puro instinto de supervivencia.

—Porque yo sí te amo. Te amé... —corrigió de inmediato, dejando la frase suspendida en el aire mientras se daba la vuelta hacia la estufa.

De fondo, el murmullo de Erik interactuando con Alexander empezó a llenar el vacío. Escuchaba a mi hijo explicarle algo sobre los cubiertos y la voz de Erik respondiéndole con esa paciencia inusual, gélida pero extrañamente suave, que solo reservaba para él. Me quedé estática, asimilando el peso de lo que estaba pasando.

Caleb agarró el cucharón y comenzó a deccretar la sopa en los platos con una violencia contenida, haciendo que el metal chocara contra la olla. Estaba enojado. Muy enojado.

—No te ama, aunque lo haya dicho —soltó Caleb en un murmullo letal, sirviendo la comida sin mirarme—. Quien te ama no finge estar muerto para castigarte.

Sus palabras cayeron como bloques de cemento. Me quedé completamente en silencio, pálida, sintiendo cómo el aire se volvía irrespirable. Levanté la vista y me topé directamente con los ojos grises de Erik. Él me estaba mirando. Al notar mi palidez, una sonrisa involuntaria, casi imperceptible, se escapó en la comisura de sus labios, pero se puso serio de inmediato al captar la rigidez de mi postura.

Tragué saliva, intentando recuperar un milímetro de mi dignidad perdida.

—¿Te... te servimos sopa? —le pregunté a Erik, con la voz un poco trémula.

—Claramente por eso vino —se adelantó Caleb, cortante. Agarró el plato de sopa caliente, caminó hacia la mesa y se lo dejó a Erik enfrente con un golpe seco antes de sentarse.

Me moví hacia la barra para calentar la comida que Erik había traído en la bolsa de supermercado. Empecé a servir los recipientes y, para mi sorpresa, Caleb apareció en silencio a mi lado para ayudarme a pasar los platos a la mesa, manteniendo la fachada de adultos funcionales por el bien del niño.

Nos sentamos los cuatro. El silencio era una cuerda tensada al máximo, pero Alexander miró el despliegue de comida, miró a Caleb a un lado, a Erik al otro, y dejó escapar una sonrisa brillante, enorme.

—Es el día más feliz de mi vida —anunció mi hijo, dando un aplauso corto—. Estoy comiendo con las personas que más amo. Solo falta Bianca.

El comentario cayó como una bomba de deccreto sobre la mesa. Caleb dejó la cuchara a un lado y miró al niño, y luego paseó sus ojos entre Erik y yo con una sonrisa calculada, devolviendo el golpe de la tregua.

*************

POV: ERIK VANCE

El control de daños real no consiste en apagar el fuego; consiste en sentarse en medio del incendio y actuar como si el aire no te estuviera quemando los pulmones.

El tintineo de los cubiertos contra la porcelana era el único sonido que habitaba el comedor de la casa nueva. Las líneas rectas de cemento pulido que yo mismo había diseñado absorbían el eco, obligándonos a una intimidad casi claustrofóbica. Éramos cuatro personas sentadas alrededor de una mesa demasiado pequeña para la cantidad de historia que cargábamos.




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