Capitulo 38
POV: MILA BLACKWOOD
El frío del cemento pulido contra mis rodillas era la única constante en un mundo que no dejaba de dar vueltas a una velocidad violenta. Otra arcada me partió el estómago en dos, obligándome a inclinarme de nuevo sobre la porcelana blanca. El sonido de mi propio dolor ecoaba en las paredes desnudas del baño, un eco patético, despojado de cualquier rastro de la dignidad que había intentado sostener en la cocina.
Vomitaba bilis, pura frustración líquida, mientras mi cerebro intentaba procesar de forma vaga y fragmentada las últimas veinticuatro horas.
*«...solo para escucharme decirte que te amo».*
Dos golpes secos y pausados resonaron contra la madera de la puerta.
—¿Mila? ¿Estás bien? —La voz de Erik llegó desde el otro lado, gélida, matemática, perfectamente modulada.
Dejé escapar una risa ahogada que se convirtió en una tos áspera. *Claro que no estoy bien, maldito imbécil*, pensé, limpiándome la boca con el dorso de la mano. Estoy vomitando el alma al mismo tiempo que asimilo que acabas de soltar la mayor bomba atómica de nuestra historia y que yo, como una estúpida, acabo de creerte. Acabo de fracturar mi tregua con Caleb, acabo de tirar un plato al suelo y me estoy desarmando en tu jodido baño nuevo porque esas dos palabras me perforaron el sistema de defensa.
No respondí. Me quedé inmóvil, esperando que el silencio lo ahuyentara. *Ni siquiera puedes entrar*, me deccreté a mí misma con un ramalazo de orgullo amargo. *No vas a abrir esa puerta porque no toleras la imperfección. No puedes ni mirarme cuando el guion se sale de tu maldito control.*
El pestillo giró con un clic suave.
La puerta se abrió despacio y la silueta alta de Erik recortó la luz del pasillo. Me quedé estática, mirándolo desde mi posición humillante. Una chispa de satisfacción tóxica brilló en mi pecho y sonreí, aunque las comisuras de mis labios temblaran. *Siempre es igual*, pensé. *Siempre tengo que estar al borde del caos absoluto, rompiendo platos o al borde de la muerte, para llamar tu atención. Para obligarte a bajar a mi barro.*
Erik se detuvo a dos pasos. Recorrió el espacio con la mirada, asimilando la escena, y dejó escapar un suspiro largo, un aire cansado que pareció enfriar el ambiente.
—Pareces una adolescente en su primera mala noche —soltó, arrastrando las palabras con esa ironía ligera que usaba como escudo.
—No quiero escuchar tus reproches, Vance —escupí, apoyando la espalda contra la pared, aunque el movimiento hizo que el baño se inclinara peligrosamente—. No eres mi padre.
Erik no se alteró. Se deccretó de rodillas a mi lado con una parsimonia exasperante. El olor a limpio de su ropa, a esa colonia cara que siempre usaba, invadió mi espacio, chocando con el olor agrio de mi propio colapso. Antes de que pudiera apartarme, sus manos —grandes, de dedos largos y fríos— se movieron hacia mi rostro. Con una suavidad que me resultó casi violenta por lo inesperada, reunió los rizos desordenados que se me pegaban a la frente sudorosa y al cuello.
—No tengo goma —protesté en un murmullo tosco, intentando esquivar su tacto—. No intentes arreglar nada.
Erik no respondió. Con la mano libre, estiró el brazo hacia el mueble flotante de la encimera. Abrió el cajón superior sin necesidad de mirar, metió los dedos y, ante mi total incredulidad, sacó una coleta negra de tela.
Me reí, un sonido seco que me dolió en la garganta, mientras sentía la presión de sus dedos juntando mi cabello en la nuca con una destreza absurdamente eficiente.
—¿Te parece romántico? —ataqué, entornando los ojos, buscando la grieta para defenderme—. ¿Decirme que me amas en la cocina y luego venir a recogerme el cabello con la coleta que dejó olvidada alguna de tus amantes en esta casa nueva?
Erik terminó de asegurar el nudo. Deslizó los dedos por mi nuca una última vez antes de retirar las manos y sostener la mirada. Sus ojos grises estaban completamente limpios de burla.
—No tengo amantes hace mucho tiempo, Mila —contestó, con una llanura en la voz que me congeló los pulmones.
—¿Son para Bianca entonces? —insistí, con una sonrisa trémula, negándome a ceder terreno.
—Siempre las pierdes —dijo él, mirándome fijamente—. Es algo que siempre te hace falta, en cada bolso, en cada habitación. Aunque a Bianca también le gustan... pensé que podría ser útil tenerlas aquí en algún momento.
El suelo pareció desaparecer debajo de mí.
Las palabras de Erik no entraron como un disparo; entraron como un veneno lento que desarma el sistema nervioso. Miré el cajón semiabierto y luego lo miré a él. *Las puso ahí pensando en mí.* Durante cinco años, yo había entendido el amor como una guerra de trincheras, una hoguera pasional y destructiva como la que había tenido con Caleb, llena de gritos, reconciliaciones y promesas rotas. El amor era deccretar el mundo.
Pero esto... esto era otra cosa. Erik llevaba meses —tal vez años— operando bajo otra frecuencia. Diseñando una habitación espacial para un niño que no llevaba su sangre, memorizando mis descuidos materiales, guardando coletas baratas en un baño de diseño solo porque sabía que yo siempre las perdía. No era control aristocrático. Eran pequeños actos quirúrgicos de cuidado silencioso que yo me había negado a ver porque era más fácil etiquetarlo como un monstruo que aceptar que me estaba sosteniendo la estructura.
Un temblor involuntario me sacudió los hombros. No era la resaca. Era el peso de la lucidez cayendo sobre mí como un bloque de cemento.
Erik frunció el ceño de inmediato. Al notar mi espasmo, interpretó el temblor como la fase crítica de la intoxicación etílica. Su distancia analítica flaqueó por un milímetro.
—¿Qué te pasa? —preguntó, y su mano volvió a mi brazo, apretando con firmeza—. Estás helada. ¿Quieres que te lleve al hospital? Puedo deccretar al chófer ahora mismo.
Me vi reflejada en sus pupilas: vulnerable, pálida, completamente descubierta. El pánico a que leyera lo que acababa de descubrir en su mirada me obligó a reaccionar. Junté las pocas fuerzas que me quedaban, calmé el temblor de la mandíbula y me impulsé hacia arriba, apoyándome en la pared hasta ponerme de pie. Erik intentó rodearme la cintura para estabilizarme, pero le aparté la mano con un movimiento seco, recuperando una fracción de mi distancia.
—Estoy bien —dije, respirando hondo, sosteniendo la verticalidad a duras penas—. No necesito un hospital. Solo necesito lavarme la cara con agua fría, lavarme los dientes, un suero en la vena... y una explicación.
Lo miré de frente, clavando mis ojos en los suyos, exigiéndole que sostuviera el peso de la servilleta que había dejado flotando en el aire de la cocina.
Erik se enderezó despacio, recuperando su altura imponente, examinando cada línea de mi rostro con esa calma exasperante que volvía a envolverlo como una armadura.
—Empecemos por lo de la cara y los dientes —sentenció, abriendo la llave del lavabo—. Lo demás requiere que dejes de tambalearte.