Impío

39.

CAPÍTULO 39

POV: MILA BLACKWOOD
Mil ochocientos veintiséis días.
Era imposible escapar de ellos. Cada recuerdo de los últimos cinco años parecía haberse reordenado por sí solo, hasta el punto en que ya no sabía dónde terminaba mi versión de la historia y dónde empezaba la suya. No lograba precisar en qué momento el Conde del Caos y la oveja negra confundieron los términos de un matrimonio que nació por diversión para él y por venganza para mí —contra mi familia y contra Caleb—, y lo convirtieron en costumbre, en refugio, en hogar. Tal vez fue cuando nació Alexander y él trajo flores, o cuando decidí quedarme en su cama después del sexo. O simplemente cuando improvisamos ser padres.
Si miro nuestra historia en retrospectiva, dejando de enfocar esos cuatro años en la Toscana desde la lente del llanto por Caleb, la depresión y el exilio, y comienzo a mirar de verdad a Erik, me doy cuenta de algo: durante nuestro tiempo allá, pasamos de ser un matrimonio arreglado a uno real, con monogamia incluida. Erik no durmió con nadie mientras estuvimos en Italia. No lo vi en su momento porque no lo estaba mirando a él; seguía buscando a Caleb en una pantalla, en una foto, en mi mente, en mis sueños.
Cuando volvimos, todo se rompió. Y no porque yo siguiera amando a Caleb —nunca dejé de amarlo en mi cabeza—, sino porque Erik entendió que la exclusividad de la Toscana no se extendía a Inglaterra. Pasamos de ser dos y el fantasma de uno, a ser cuatro. Tuve que darme de bruces con la realidad al ver a Erik y a Sofía jugar para entender que él tenía un espacio importante en mi corazón, y que yo también lo tenía en el suyo.
Él no lo destruyó todo solo; yo lo rompí con él.
El timbre sonó.
Erik fue quien se levantó. Lo vi cruzar el salón sin prisa. Abrí la boca para detenerlo, pero la cerré enseguida. Cuando la puerta se abrió, la voz de Sofía atravesó la casa:
—¿Piensas dejarme en el porche?
Mi cuerpo reaccionó antes que mi cabeza. Me levanté del sofá por puro reflejo y caminé hacia la entrada, deteniéndome justo detrás del hombro de Erik. No pensaba dejarlo solo con ella.
Al verme, los ojos de Bianca se iluminaron.
—¡Mila!
No pude evitar sonreír.
—Hola, princesa.
Pero apenas terminó de saludarme, descubrió a Alexander profundamente dormido en el sofá y su sonrisa se ensanchó aún más.
—¡Alex! —corrió hacia él y le sacudió el hombro con ambas manos—. ¡Despierta!
Alexander abrió un ojo con esfuerzo, parpadeó varias veces y, en cuanto la reconoció, su rostro se encendió.
—¡Bianca! —se incorporó de un salto—. ¡Viniste!
—Claro —ella señaló hacia el pasillo—. ¿Todavía tienes el cohete?
—¡Sí! ¡Ven!
—¿La habitación espacial?
—¡Sí, te la voy a enseñar!
Los dos desaparecieron escaleras arriba entre carreras, risas y pasos apresurados. Esperé que alguno de los adultos los detuviera, pero nadie dijo nada. El silencio volvió a instalarse en la entrada.
Sofía recorrió el lugar con la mirada.
—Tu madre me dio esta dirección como si fuera un secreto de Estado —observó los ventanales, la madera y el concreto antes de asentir lentamente—. Es bonita. No es mi estilo, demasiado pequeña para mi gusto —giró despacio, volvió a evaluar el salón y finalmente me clavó los ojos—. Pero esto sí parece una casa que escogería Mila. Aunque te falta un establo. Barro. Caballos. —Sonrió con malicia.
La miré sin mover un solo músculo.
—¿El motivo de tu visita?
Ella ni siquiera se dignó a mirarme; mantuvo los ojos fijos en Erik.
—Preferiría hablar contigo.
Erik tampoco desvió la vista.
—Habla.
No pude evitar sonreír. Fue un gesto mínimo, pero lo suficiente obvio como para que Sofía lo notara. Rodó los ojos, fastidiada.
—Volvíamos hacia la mansión Vance —suspiró—. Isaac me enseñó el acuerdo. Cedió su parte de la custodia de Bianca a cambio de tu divorcio con Mila —hizo una pausa, estudiándolo—. Debo admitir que me sorprendió. No pensé que fueras capaz de sacrificar algo por tu hija. Aunque creo que, simplemente, Isaac fue quien perdió —respiró despacio, cruzándose de brazos—. El acuerdo está firmado. El divorcio también. Y, sin embargo... —Sofía sonrió con ironía, mirándome a mí antes de regresar a Erik—, tú estás aquí. Con Mila. Con Alexander. Mientras Bianca iba camino a la boca del lobo.
Erik permaneció inmóvil.
—¿Cuándo dije que podían volver a la mansión?
Sofía lo ignoró por completo. Me clavó la mirada, notando al instante el calor de la rabia que me subía por el cuello. Sabía perfectamente que estaba celosa y lo disfrutaba; le fascinaba pincharme. Volvió a mirar a Erik con una sonrisa ladina.
—Dijiste que podía quedármela. Tus palabras exactas fueron: *"Me haré a un lado para que formen su familia"*.
Erik giró la cabeza hacia mí. Me observó y soltó una sonrisa exasperada, casi incrédula, como retándome con la mirada a que diera la cara. Sostuve la mirada de Sofía y apreté los dientes.
—Cambié de opinión.
Sofía soltó una risa fingida.
—¿Después de dormir con Caleb anoche? Qué precioso —me recorrió con una mirada cargada de desdén—. Muy Mila Blackwood. En fin, no me importa —volvió a encarar a Erik—. Tú dijiste que Bianca y yo viviríamos en la mansión. Te divorciaste. Tal vez asumí cosas —sonrió con ironía y miró hacia el techo—. Aunque no fui la única. Tu madre también lo hizo.
Erik habló con esa absoluta y desquiciante tranquilidad suya:
—Asumir cosas es un error sistemático en ti, Sofía. Volver a la mansión no significa que vaya a poner un anillo en tu dedo. Significaba que Bianca tendría un lugar seguro donde vivir con su madre.
Sofía soltó una risa incrédula.
—¿Seguro? ¿Con Nora entrando en una psicosis?
Vi algo cambiar en la expresión de Erik. Fue un destello mínimo, pero suficiente para entender que aquello sí le preocupaba.
—Precisamente por eso te dije que esperaras —su voz seguía siendo igual de serena—. Decidiste volver antes de tiempo porque confundiste protección con oportunidad.
—No confundí nada.
—Sí —Erik ni siquiera levantó la voz—. Confundiste un hogar para Bianca con una herencia que nunca ha sido tuya.
Por primera vez desde que llegó, Sofía guardó silencio. Respiró hondo, abandonando el sarcasmo para aferrarse a una tensión real. Miró hacia las escaleras, por donde seguían filtrándose las risas de los niños.
—Eloise prácticamente me sacó de la mansión. Nora está fuera de control.
Esta vez no exageraba; lo noté en la rigidez de su postura. Erik reaccionó de inmediato: estiró la mano hacia la consola de la entrada y tomó las llaves del coche.
—Bien. Voy.
Sofía dio un paso rápido, interponiéndose entre él y la puerta.
—No.
Él la miró, frío.
—No estoy jugando, Sofía.
—Yo tampoco —le tendió la mano, abierta—. Necesito que seas el padre de Bianca. Por primera vez en tu vida. Solo durante unas horas —señaló las llaves—. Y necesito tu coche.
Erik permaneció observándola unos segundos. Sin discutir. Sin hacer preguntas. Terminó dejando las llaves sobre su palma. Sofía sonrió apenas, aliviada.
—Gracias —se volvió hacia las escaleras—. ¡Bianca! Me voy un rato.
—¡Está bien! —la voz de la niña flotó desde el piso superior.
Sofía volvió a mirarnos.
—No tardaré.
Salió de la casa y la puerta se cerró detrás de ella. Esperé a que Erik reaccionara. Que saliera detrás, que le reclamara el auto, algo. No hizo nada de eso. Lo miré, incrédula.
—¿Vas a dejar que se lleve tu auto así... como si le perteneciera?
Él permaneció mirando la madera de la puerta unos segundos más.
—Había urgencia en su tono —dijo al fin—. Además... —miró hacia las escaleras, donde se escuchaba a Alexander intentando convencer a Bianca de que un cohete de juguete podía viajar al espacio. Una sombra casi imperceptible cruzó su expresión antes de girarse hacia mí—. Mientras Bianca esté aquí... poco me importa lo que haga Sofía.
Vi cómo metía la mano en el bolsillo y sacaba el teléfono. Pensé que iba a llamarla. Pensé que iba a seguirla.
—Erik —lo llamé.
Se detuvo. Me acerqué a él despacio, sintiendo el peso de los últimos cinco años aplastándome el pecho. Respiré hondo y, por primera vez, fui yo quien se rompió por completo.
—No sé desde cuándo te amo —solté, con la voz temblando.
Silencio. Erik no guardó el teléfono, pero sus ojos se fijaron en los míos.
—No sé cuándo dejó de ser Caleb. No sé cuándo empezaste a convertirte en mi casa —las lágrimas se me acumularon en los ojos, nublándome la vista—. Pero te amo. Y todavía tengo muchas preguntas.
Di el paso que nos separaba. Corté la distancia para besarlo, pero me detuve al ver que él no avanzaba. Esperé que me rodeara con sus brazos, que respondiera con la misma urgencia destructiva de siempre. Lo dejé llegar. Pero apenas mis labios presionaron los suyos... Erik se apartó.
No fue un movimiento brusco. Fue sutil, suave; solo lo suficiente para romper el contacto. Me quedé completamente desorientada, parpadeando para limpiar mis lágrimas. Erik me miró con una calma que me heló la sangre.
—Ya lo sé.
El aire parecía haberse vuelto espeso.
—Entonces... ¿qué pasa? —pregunté, con un hilo de voz.
—Ese nunca fue el problema, Mila.
—Entonces dime cuál sí —le rogué, necesitando entender, necesitando que dejara de ser una maldita esfinge.
Erik bajó la vista al teléfono, respiró despacio y volvió a levantar los ojos hacia mí. Esta vez, su mirada era madura, despojada de cualquier juego.
—Ya no estamos para tomar atajos, Mila. ¿Conducimos en la misma dirección los dos... o no?
No respondí. No porque no quisiera, sino porque las palabras se me atoraron en la garganta. Todavía no podía decírselo. Erik asintió apenas, captando mi duda en el acto.
—Piénsalo. Piénsalo bien.
Guardó el teléfono, estiró la mano y abrió la puerta de la casa. Antes de salir, se detuvo de perfil y habló sin mirarme:
—Voy a llamar a Lucien.
Y se marchó, dejándome sola en el recibidor.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.