Impío

40.

CAPÍTULO 40

POV Sofía ( tercera persona)
El mundo entero dejó de hacer ruido.
Una mano colgaba inmóvil desde la puerta trasera de la camioneta negra. Estaba completamente cubierta de sangre. El estómago de Sofía se contrajo con tanta violencia que sintió el ácido subirle directo a la garganta. Pisó el freno a fondo por puro instinto; el deportivo de Erik chilló sobre el asfalto y derrapó levemente antes de quedar atravesado en mitad de la calzada, a pocos metros del otro vehículo. No apagó el motor. Ni siquiera recordaba cómo respirar.
A través del parabrisas, la escena la golpeó con una crudeza insoportable. Dos hombres sostenían a Lucien por debajo de los brazos mientras él apenas lograba mantener la cabeza erguida. Su camisa blanca... la misma de la foto arrogante que le había mandado hacía apenas una hora, estaba empapada de un rojo espeso y brillante.
No era una pelea. No era un robo. Lo habían sacado allí para terminar de matarlo.
De pronto, un sonido electrónico rompió la quietud de la noche. *Bzzz... Bzzz...* El bolsillo del pantalón de Lucien comenzó a vibrar. Uno de los sicarios, visiblemente tenso, metió la mano y extrajo el aparato. Al iluminarse la pantalla, el reflejo destelló un nombre que los congeló a ambos: **ERIK VANCE**. El hombre maldijo entre dientes y rechazó la llamada. Cinco segundos después, el teléfono volvió a encenderse con el mismo nombre. Los sicarios intercambiaron una mirada cargada de pánico; sabían perfectamente quién era el dueño de esa línea y que su tiempo se había agotado. Con un movimiento brusco, el tipo apagó el dispositivo y lo lanzó con desdén hacia la cuneta, donde la maleza se lo tragó por completo.
—Muévete —ordenó el primero, arrastrando a Lucien hacia el arcén.
A Sofía se le evaporó el aire de los pulmones. Iban a ejecutarlo en ese mismo instante. Temblando de forma incontrolable, alargó los dedos hacia el salpicadero. Su propio teléfono seguía encajado en el porta móvil, mostrando aún el mapa con el punto azul de Lucien inmóvil. Con las yemas resbaladizas por el sudor frío, pulsó la pantalla y marcó el número de emergencias. La llamada conectó de inmediato al Bluetooth del coche.
—Emergencias, ¿cuál es su...?
—¡Hay un hombre herido! —lo interrumpió Sofía con un grito roto—. ¡Lo van a matar! ¡Por favor, ayúdenme!
—Señora, mantenga la calma. ¿Puede decirme dónde está?
Sofía miró desesperada a ambos lados. Solo había árboles y oscuridad. Entonces, recordó el cartel oxidado que acababa de pasar. Giró la cabeza, fijó la vista en los caracteres borrosos y le dictó el nombre de la carretera al operador de carrerilla, atropellándose con las palabras.
—Perfecto, las unidades van en camino —le aseguró el operador—. Manténgase dentro del vehículo y no llame la atención.
¿No llamar la atención? Uno de los hombres ya estaba abriendo por completo la camioneta mientras el otro levantaba a Lucien. No iban a esperar a la policía.
—¡No! —exclamó ella, perdiendo los estribos.
Por puro instinto de supervivencia, sus dedos golpearon la palanca del salpicadero. Las luces largas del coche de Erik se encendieron, bañando la carretera con una claridad blanca y brutal. Al mismo tiempo, dejó caer todo el peso de su mano sobre el claxon.
*¡BIIIIIIIIIIIIIIIIIP!*
El estruendo rasgó la noche. Los dos hombres se sobresaltaron, cubriéndose los ojos ante el fogonazo. Al reconocer instantáneamente el morro del vehículo y la potencia de los faros, el pánico de los sicarios se duplicó. Creyeron ver la silueta de su propio jefe.
—¡Mierda, es él! —gritó el que sostenía a Lucien, soltándolo y dejándolo caer de rodillas sobre el asfalto—. ¡Erik nos encontró!
—¿Qué hacemos? —preguntó el otro con la voz rota.
—¡Si nos quedamos, estamos muertos! ¡Déjalo y vámonos ya!
Buscando una vía de escape desesperada, el hombre armado avanzó directamente hacia los focos cegadores. No avanzaba para cazar; avanzaba por puro pánico, levantando la pistola para obligar a "Erik" a retroceder.
—Se acerca... —sollozó Sofía hacia el salpicadero—. ¡Viene hacia mí!
—¡Retroceda ahora mismo! —le ordenó el operador por los altavoces—. ¡Meta la marcha atrás y salga de ahí ya!
Sofía pisó el freno y buscó la palanca de cambios con torpeza, pero sus manos no respondían. El sicario ya estaba a menos de ocho metros. Levantó el arma y apuntó directo a su rostro.
*¡BANG!*
El disparo perforó el capó del coche, haciendo saltar una lluvia de chispas frente al parabrisas. Sofía chilló. Su cerebro se bloqueó, pero su cuerpo reaccionó por puro instinto de defensa antes de que pudiera procesarlo: su pie cayó con violencia absoluta sobre el acelerador. El motor rugió como una bestia y el pesado vehículo de alta gama salió disparado hacia el frente.
Los ojos del sicario se abrieron de par en par. Intentó apartarse, pero no hubo tiempo. El parachoques lo impactó de lleno. Su cuerpo golpeó contra el parabrisas, astillando el cristal en una gigantesca red de líneas blancas, antes de salir despedido varios metros sobre el asfalto.
Sofía frenó en seco, haciendo que el coche diera un violento bandazo que casi le corta el pecho con el cinturón. El motor quedó ronroneando en un ralentí inestable.
El segundo sicario, al ver a su compañero derribado y asumiendo que Erik Vance iba dispuesto a aplastarlos a todos, no lo pensó dos veces. Preso del pánico, se subió a la camioneta por el lado del copiloto, cerró de un portazo y el vehículo arrancó a toda velocidad, perdiéndose en la oscuridad de la carretera y abandonando a los heridos en el asfalto.
El silencio regresó, quebrado únicamente por la respiración rota de ella.
—¡Señora! ¡¿Qué ha sido ese ruido?! —la voz del operador del 911 tronó alarmada—. Responda, ¿se encuentra bien?
—Lo... lo atropellé —sollozó Sofía, apretando el volante hasta dejar sus nudillos blancos—. Dios mío, lo atropellé.
—Escúcheme. ¿El hombre que le disparó se mueve?
Sofía levantó la vista hacia el cuerpo tendido junto al capó.
—No. No se mueve.
—Bien. Las patrullas están muy cerca. Necesito saber el estado de las víctimas. ¿Puede bajarse del vehículo y revisar si respiran?
El miedo le atenazó los músculos, pero la urgencia del operador la espoleó. Arrancó el teléfono del porta móvil de un tirón para no perder la comunicación.
—Sí... puedo hacerlo.
Empujó la puerta y el aire helado de la noche la recibió de golpe. Las piernas le temblaban tanto que avanzó haciendo un esfuerzo sobrehumano. Se acercó primero al hombre que acababa de arrollar. Se agachó a una distancia prudencial, con el corazón golpeándole las costillas. El hombre tenía los ojos cerrados, pero su pecho subía y bajaba de forma pesada.
—Este... este respira. Está inconsciente —le dictó al móvil.
—Entendido. Déjelo ahí y vaya hacia la otra víctima ahora mismo. ¿Cómo está?
Sofía corrió hacia el arcén y se cayó de rodillas al lado de Lucien. Soltó el teléfono en el suelo con el altavoz encendido para tener las manos libres.
—Lucien... —murmuró, pasándole una mano por la mejilla. Su piel tenía un tono grisáceo y los labios estaban casi blancos—. Respira muy poco. Casi no lo noto. Y tiene mucha sangre. Dios, tiene demasiada sangre.
—Sofía, necesito que localices la herida. Tienes que presionar fuerte para contener la hemorragia. No tengas miedo.
Con manos torpes, comenzó a abrir la camisa blanca. La tela estaba completamente pegada por el líquido espeso, por lo que terminó rasgándola con desesperación. El sonido de la tela desgarrándose rompió la quietud. Fue entonces cuando vio el impacto de bala en el costado, oscuro y profundo.
—Aquí... está aquí —exclamó, hiperventilando mientras apoyaba ambas manos y presionaba con todas sus fuerzas.
En cuanto ejerció la presión directa, un gemido ronco y agónico brotó de la garganta de Lucien. El dolor pareció arrancarlo por un segundo de la inconsciencia. Abrió los ojos con un esfuerzo inmenso; sus pupilas estaban dilatadas y vidriosas, pero se enfocaron con lentitud en el rostro de ella. Al reconocerla, intentó dibujar una sombra de su habitual sonrisa insolente.
—¿Sofía...? —susurró con un hilo de voz de cera.
Ella rompió a llorar, dejando caer una lágrima directo sobre la mejilla de él.
—Cállate. No hables.
—¿Qué... qué haces... en mi fiesta...? —consiguió articular, intentando mantener el humor incluso al borde de la muerte.
Sofía soltó una risa rota entre los sollozos, inclinándose más para que la mirara.
—Es la peor fiesta a la que he asistido en mi vida, Lucien. Tu idea de diversión es horrible por mucho. Te voy a poner una estrella en las reseñas.
Lucien quiso reír, pero el gesto se transformó en un violento espasmo. Tosió, expulsando un hilo de sangre por la comisura de los labios, y sus ojos comenzaron a perder el enfoque de golpe. Inspiró una última bocanada de aire profunda y su pecho dejó de moverse. Se quedó completamente inmóvil.
—¿Lucien? ¡Lucien! —Sofía lo sacudió por los hombros, sintiendo que el pánico la devoraba—. ¡No, no, no! ¡Ha dejado de respirar! ¡Dime qué hago, maldita sea! ¡¿Qué hago?!
La voz del operador del 911 cambió por completo desde el suelo. Se volvió sumamente firme, rápida y autoritaria:
—¡Escúcheme con atención! Las ambulancias están a menos de dos minutos, pero no podemos esperar. Tienes que empezar la reanimación cardiopulmonar ya. Vamos a hacer el RCP.
—¡¿Cómo?! ¡No sé cómo hacerlo! ¡Nunca lo he hecho! —chilló ella, hundiéndose en la desesperación.
—Yo te voy a guiar paso a paso. Ponlo completamente boca arriba. Arrodíllate junto a su pecho. ¡Ya!
—¡Ya está! ¡Ya lo hice!
—Coloca el talón de una mano en el centro del pecho, justo entre sus pezones. Pon la otra mano encima y entrelaza los dedos. Estira los brazos por completo, no dobles los codos. Tienes que usar el peso de todo tu cuerpo para presionar el pecho hacia abajo. Necesito compresiones fuertes y rápidas. ¡Vamos a contar juntos, empieza ya!
Sofía cerró los ojos y empujó hacia abajo con todas sus fuerzas. El esternón de Lucien cedió bajo la presión con un crujido sordo que le revolvió el estómago. Sofía soltó un gemido de puro horror.
—¡No te detengas! —le ordenó el operador—. ¡Uno!
Volvió a comprimir.
—¡Dos!
—¡Tres! —cantaba el hombre desde el altavoz—. ¡Cuatro! ¡Más rápido, Sofía! ¡Cinco! ¡Seis!
—¡No puedo! ¡No se mueve! —sollozó ella, con los brazos empezando a arderle por el esfuerzo. Sus manos resbalaban por la sangre y el sudor le pegaba los mechones de pelo a la cara—. ¡Vuelve! ¡Por favor, vuelve!
—¡No pares! ¡Nueve! ¡Diez! ¡Más fuerte, no tengas miedo! ¡Once! ¡Doce!
El ritmo se volvió frenético. Cada compresión era un golpe desesperado contra la muerte. Ella ya no escuchaba los números del operador; solo empujaba una, dos, tres veces más, dejando caer todo su peso sobre el cuerpo inerte, descargando una rabia impotente que la consumía por dentro.
—¡Idiota! —le gritó, dándole un golpe brutal con las manos entrelazadas—. ¡No puedes morirte ahora! ¡Todavía me debes una fiesta de verdad! ¡Y atropellé a un hombre por salvarte, así que abre los malditos ojos!
A lo lejos, los destellos azules y rojos inundaron de golpe las copas de los árboles. El chirrido de los neumáticos de las patrullas al frenar en seco cortó el aire, seguido por el sonido de portezuelas abriéndose en estampida.
—¡Las unidades ya están ahí! ¡Siga comprimiendo! —anunció el operador.
Sofía obedeció, aunque ya no tenía fuerzas en los hombros. Justo cuando un paramédico caía de rodillas frente a ella exclamando un *"¡Yo sigo, a la de tres!"*, Sofía retrocedió de rodillas, dejándose caer hacia atrás. Unas manos expertas sustituyeron las suyas de inmediato. Una mascarilla de oxígeno apareció sobre el rostro de Lucien y los sanitarios comenzaron a gritar comandos médicos entre el caos de luces de las patrullas.
—Tenemos pulso. Débil, pero respira. Preparando traslado.
Sofía soltó el aire de golpe. Se miró las manos: estaban completamente negras, cubiertas de una sangre que ya empezaba a enfriarse. Un policía se agachó a su lado, colocándole una mano firme en el hombro y hablándole, pero las palabras ya no le llegaban.
El ruido del mundo comenzó a difuminarse. Las luces de las sirenas giraron en un torbellino borroso, mareante y desenfocado. Lo último que alcanzó a ver fue la camilla de Lucien entrando en la ambulancia. Después, la adrenalina desapareció de golpe, las piernas dejaron de sostenerla y todo se volvió completamente negro.




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