Capitulo 41
**POV: MILA**
El sonido del motor del taxi alejándose por la calzada dejó un vacío helado en la cocina.
Me quedé inmóvil, con los brazos cruzados sobre el pecho y la mirada fija en el marco de la puerta vacía. Sentía una opresión violenta en la boca del estómago, una mezcla ácida de frustración, ira y una profunda, lacerante impotencia. *«Luego hablamos. Ahora necesito irme»*. Sus últimas palabras seguían flotando en el aire, pesadas como el plomo.
Me enfurecía que se fuera así. Me enfurecía que volviera a levantar ese muro invisible de secretos y mandatos justo cuando yo creía que finalmente estábamos caminando en la misma dirección. Me había dicho que me amaba, y Dios sabía que yo había entendido, con una claridad que me asustaba, que sentía exactamente lo mismo por él. Pero el amor no bastaba si venía acompañado de una venda en los ojos.
La realidad me golpeó con la fuerza de un bofetón: yo no lo conocía. No de verdad. Él conocía cada una de mis cicatrices, mis debilidades, el mapa exacto de mis traumas y hasta los destrozos que causaba cuando perdía el control, como lo que fuera que hubiese hecho la noche anterior. Erik Vance me leía como un libro abierto. En cambio, él para mí seguía siendo un enigma de alta gama, un hombre que decidía qué fragmentos de la verdad darme y cuáles ocultar para "protegerme". Y yo odiaba que me protegieran a base de mentiras.
El timbre de la casa interrumpió mis pensamientos, rompiendo la densa capa de silencio.
Cuando abrí la puerta, la enorme figura de Caleb llenó el umbral. Llevaba una chaqueta de cuero entreabierta y, en las manos, sostenía con un equilibrio casi milagroso dos cajas gigantes de plástico de *Luca's Bakery*.
—Buenas noches, Cenicienta —saludó con su habitual descaro, pasando por mi lado sin esperar invitación—. Espero que los duendes de Erik tengan hambre, porque si me tengo que comer esto solo, voy a necesitar que me ingresen por coma diabético.
—¡Papá! —el grito de Bianca resonó desde el salón, lleno de una alegría pura y desbordante.
El goteo de los rápidos pasos de la niña sobre el parqué rompió el silencio de la casa. Apareció corriendo y, sin dudarlo un segundo, se lanzó con fuerza contra las piernas de Caleb. Alexander apareció justo detrás, con una sonrisa brillante y la misma urgencia.
—¡Caleb! —exclamó mi hijo con entusiasmo, estirando los brazos hacia él.
Caleb los atrapó a los dos a la vez, uno en cada brazo, con esa facilidad y fuerza física que lo caracterizaba, elevándolos en un abrazo ruidoso que hizo que ambos niños estallaran en carcajadas.
—¿Trajiste donas, papá? —preguntó Bianca con los ojos increíblemente abiertos, fijos en el plástico reluciente.
—¿Trajiste de chocolate? —añadió Alexander, tirándole de la chaqueta.
—¿Donas? Hijos míos, esto no son simples donas. Tuve que conducir hasta el otro extremo de la ciudad para ir a *Luca's Bakery* porque sé perfectamente que si a mi princesa no le traigo las de pistacho con crema de avellanas, me las tira a la cabeza. Y para el campeón, chocolate puro —declaró Caleb con solemnidad, bajándolos al suelo mientras abría la caja.
De inmediato, sacó una servilleta de papel del bolsillo de su chaqueta. Con una paciencia y una delicadeza que contrastaban por completo con su aspecto rudo de matón de barrio, comenzó a retirar con minucioso cuidado el exceso de azúcar glas de la parte superior de la dona de Bianca, dejando solo una fina capa.
—A ver, sin tanto azúcar, justo como le gusta a la señorita —le dijo, entregándole el dulce antes de pasarle la suya a Alexander—. Y ni se muevan, que ya sé que después del segundo bocado me vas a pedir el vaso de leche fría. Voy a servirles a los dos de una vez.
—¿Tú también vas a jugar a las cartas con nosotros? —preguntó Alexander mientras Caleb caminaba hacia la nevera—. Bianca está haciendo trampa.
—¿Trampa? Excelente. Adoro la trampa —Caleb se frotó las manos, guiñándole un ojo—. Vamos a ver si es verdad. Al salón, ¡ya!
Me apoyé contra la encimera, observando la escena desde la distancia. Una pequeña e involuntaria sonrisa curvó mis labios mientras los tres se acomodaban en la alfombra. Hacía muchísimo tiempo que no veía a Alexander reírse así, con esa ligereza tan propia de la infancia, y Bianca parecía haber olvidado por completo la tormenta de la mansión de su abuela Eloise y de su tío Erik mientras daba el segundo bocado a su dona y esperaba su leche fría. Verlos jugar de esa manera borraba cualquier etiqueta o distancia entre los primos. Estaban felices. Después de tantos meses de oscuridad, tensión y muros armados, verlos simplemente siendo niños era un bálsamo.
Caleb se quedó con ellos en el salón toda la noche, desplegando cartas, inventando reglas absurdas y dejándose ganar una y otra vez entre risas. Yo me mantuve al margen, refugiada en mis propios pensamientos, viéndolos desde el umbral hasta que la energía de los pequeños empezó a decaer. Los minutos se estiraron y el cansancio finalmente les ganó la batalla. Alexander se quedó profundamente dormido de lado sobre un cojín, y Bianca terminó acurrucada con la cabeza apoyada en la pierna de Caleb, con una de sus manitas aún rozando una carta del juego. Caleb ni siquiera se movió para no despertarlos; simplemente se echó hacia atrás en el sofá, cerrando los ojos con pesadez, quedándose dormido junto a ellos en mitad de la alfombra iluminada por la luz tenue del salón.
Fue entonces cuando la calidez del momento se evaporó, dejándome a solas con el fuego que me quemaba por dentro. No iba a quedarme aquí atrapada en una casa de cristal, esperando a que Erik Vance decidiera qué parte de su mundo era apta para mis oídos. Si él no pensaba contarme qué estaba pasando, yo misma iba a salir a buscarlo.
Subí los escalones del segundo piso de dos en dos, con un silencio felino para no alterar el sueño de los niños abajo. Impulsada por una de esas ráfagas de adrenalina que te nublan el juicio pero te llenan de fuerza, entré en el baño, abrí el grifo y dejé que el agua cayera congelada. Me metí bajo el chorro sin pensarlo. El frío extremo me cortó la respiración, pero cumplió su objetivo: disipó la densa bruma de la resaca y congeló el temblor de mis manos.
Al salir, saqué dos ibuprofenos del botiquín y los tragué con un chorro de agua del grifo. Me miré al espejo. Estaba pálida, con ojeras sutiles que delataban la falta de sueño y los excesos del alcohol de la noche anterior, pero mis ojos brillaban con una determinación peligrosa.
Me maquillé con precisión, devolviéndole el color a mis mejillas y delineando mis ojos para ocultar el cansancio. Fui al armario y elegí un vestido oscuro, ceñido, y me calcé unos tacones altos. Cuando me miré de nuevo, ya no quedaba rastro de la Mila rota y confundida que Erik había dejado en la cocina. Estaba lista.
Tomé los tacones en la mano para no hacer ruido y no me los calcé hasta llegar al último escalón. Pero en cuanto el primer golpe seco del tacón resonó contra el suelo de la planta baja, me di cuenta de mi error. Caleb ya no estaba en la alfombra.
La planta baja estaba impecable. Mientras yo me arreglaba, él se había encargado de limpiar toda la casa: los platos de la cocina estaban recogidos, las tazas lavadas y las cartas guardadas en su sitio. Los niños seguían durmiendo, ahora arropados con suavidad bajo una manta en el sofá.
Caleb estaba de pie junto a la barra de la cocina, con un trapo en la mano y el ceño fruncido. Al verme bajar, se cruzó de brazos, bloqueándome el paso con su enorme contextura y escaneándome de arriba abajo con una mirada que no admitía tonterías.
—¿A dónde vas? —preguntó directamente, sin bajar la voz pero con un tono cortante—. No deberías salir así. Exactamente, ¿qué estás haciendo, Mila?
—Voy a ver a Isaac —mentí con total naturalidad, sosteniéndole la mirada sin parpadear.
Caleb soltó una risa seca, irónica, y miró el reloj de su muñeca antes de clavar sus ojos en mí.
—¿A las diez de la noche, Mila? ¿En serio?
—Resulta que tengo muchos meses en autodestrucción —repliqué, dando un paso al frente, intentando que la firmeza de mis tacones ocultara mis nervios—, y decidí que hoy voy a empezar a reconstruir mi vida.
Caleb no se movió un milímetro. Negó con la cabeza, con una mezcla de fastidio y una preocupación genuina que intentaba enmascarar con su habitual sarcmasco.
—Con resaca, tacones y a las diez de la noche —sentenció, dando un paso hacia mí—. Eso suena a que ayer te apetecía perseguirme a mí, hoy te apetece ir a perseguir a Erik Vance.
El golpe dolió porque estaba demasiado cerca de la verdad. Sentí que la sangre se me subía a las mejillas y apreté los puños.
—Me haces ver como una estúpida —siseé entre dientes.
—Entonces deja de actuar como una estúpida —soltó él, perdiendo por completo el tono de broma y adoptando una firmeza implacable—. Quítate todo eso, da la vuelta y siéntate aquí a cuidar a los niños. Mañana empiezas a reconstruir tu vida.