CAPÍTULO 42: Las cuatro horas del segundero
POV: Sofía Blackwood
El techo blanco y el parpadeo sordo de un tubo fluorescente fue lo primero que me devolvió a la realidad. Olía a desinfectante clínico, a sábanas lavadas con cloro y a esa frialdad aséptica que solo pertenece a las salas de Urgencias.
Al principio, la desorientación me entumeció el cuerpo. No sabía qué hora era, ni por qué me dolía la caja torácica como si me hubiera pasado un camión por encima. Intenté mover las manos, pero sentí una resistencia tirante en el brazo izquierdo: una vía intravenosa goteaba una solución salina directo en mi piel.
Entonces, el dique de la amnesia se rompió. La descarga de recuerdos me golpeó con la violencia de un impacto frontal.
La carretera secundaria. La mano ensangrentada. Lucien. El disparo en mi parabrisas. El cuerpo del sicario volando sobre el capó del coche de Erik. Las costillas de Lucien crujiendo bajo mis palmas mientras yo le hundía el pecho gritando su nombre en mitad del barro.
—¡Lucien! —el grito me desgarró la garganta, seco, salvaje.
Me arranqué la aguja de la vía de un tirón seco, sin sentir el pinchazo. Impulsada por una ráfaga de pánico puro, arrojé las sábanas a un lado e intenté saltar de la camilla. Mis piernas, débiles y temblorosas por el remanente del shock, no soportaron el peso de mi propio cuerpo. Caí de rodillas contra el linóleo frío, provocando un estrépito sordo al arrastrar el soporte del suero conmigo.
La puerta del box de urgencias se abrió de inmediato. Una enfermera de uniforme azul entró corriendo.
—¡Señora, por favor, no se mueva! ¡Está alterada!
—¡Suéltame! ¡¿Dónde está?! ¡¿Dónde lo metieron?! ¡Tenía tanta sangre... tanta sangre en las manos!
Miré mis propios nudillos. Seguían negros. La sangre de Lucien se había secado bajo mis uñas, incrustada en las grietas de mi piel como un tatuaje de hierro.
El aire dejó de entrar.
El pecho se me cerró en un torniquete invisible.
Las paredes parecieron inclinarse.
No podía respirar.
Me estaba ahogando otra vez en el olor de su sangre.
—Respire conmigo... despacio... ya pasó... está a salvo...
Sentí el pinchazo de un sedante entrando por la vía.
Poco a poco el zumbido en mis oídos comenzó a apagarse.
Volvieron a acostarme sobre la camilla.
Me quedé inmóvil, temblando.
Cuando conseguí hablar, mi voz ya no pertenecía a la cobra Blackwood.
Solo era una mujer aterrada.
—¿Está vivo?
La enfermera abrió la boca para responder.
No llegó a hacerlo.
La cortina del box se abrió.
Entraron dos oficiales de la Jefatura de Policía de los Cotswolds.
El de mayor edad dio un paso al frente.
—Señora Blackwood. Antes que nada, lamento lo ocurrido. Sabemos que acaba de vivir una situación extremadamente traumática.
Su tono era sereno.
Profesional.
—Sin embargo, hay varias personas heridas y un sospechoso bajo custodia. Necesitamos hacerle unas preguntas cuanto antes. Lo que recuerde puede ayudarnos a proteger otras vidas.
Asentí en silencio.
—¿Se encuentra en condiciones de responder?
Miré a la enfermera.
Ella asintió ligeramente.
—Sí...
El oficial abrió su libreta.
—Empecemos por lo importante.
»¿Cuántas personas participaron en el ataque?
Cerré los ojos un instante.
—Tres.
—Descríbalos.
—Uno conducía la camioneta negra.
Tragué saliva.
—Los otros dos estaban fuera del vehículo.
»Uno sujetaba a Lucien...
Mi garganta volvió a cerrarse.
—Y el otro... el otro fue quien disparó hacia mi coche.
El oficial tomó nota.
—¿Reconoció a alguno?
Negué.
—No.
—¿Escuchó algún nombre?
—No.
—¿El señor Vance llegó a decirle quiénes eran?
Sentí un pinchazo en el pecho.
—No podía hablar...
El policía dejó unos segundos de silencio.
Después continuó.
—Ahora necesito que me explique por qué estaba usted en esa carretera.
Respiré profundamente.
—Yo ya iba camino de la mansión Vance.
Los dos agentes levantaron la vista.
—Había dejado a mi hija en casa de su padre.
»Le pedí prestado el coche.
»Quería hablar con Lucien.
Bajé la mirada.
—Mientras conducía le escribí.
Quería saber si seguía enfadado conmigo.
Una sonrisa amarga me rompió por dentro.
—Me respondió bromeando...
Como siempre.
El oficial tomó nota.
—¿Cuándo ocurrió eso?
—Cuando todavía estaba en su habitación.
—¿Lo sabe con certeza?
Asentí.
—Estábamos hablando por mensaje. Me envió la ubicación desde allí.
—Continúe.
—Yo iba conduciendo hacia la mansión. El punto permaneció quieto unos minutos... y después empezó a moverse.
—¿Qué hizo usted?
—Cambié de dirección y seguí el GPS.
El oficial levantó la vista.
—¿Llegó a ver al señor Vance salir de la mansión?
...
Negué lentamente.
—No.
El silencio cayó entre nosotros.
—Entonces nunca vio quién conducía el vehículo que transportaba ese teléfono.
Sentí que el aire desaparecía de mis pulmones.
No.
Nunca lo vi.
Solo vi un punto azul moviéndose sobre un mapa.
Había dado por hecho que era Lucien.
Porque él acababa de escribirme.
Porque él me había enviado la ubicación.
Porque pensé que había salido antes que yo.
Pero nunca lo vi.
Nunca.
Las lágrimas comenzaron a resbalar por mis mejillas.
—Dios mío...
El oficial frunció el ceño.
—¿Señora Blackwood?
Negué una y otra vez.
—Yo creí que estaba jugando conmigo...
Me llevé una mano a la boca.
—Creí que quería que lo siguiera...
Cerré los ojos.
No.
El teléfono seguía moviéndose.
Eso no significaba que Lucien condujera.