Impío

45.

Capitulo 45

POV: Caleb

El aroma a mantequilla derretida y vainilla había conseguido algo que ninguna conversación con Mila ni ninguna explicación racional había logrado desde la noche anterior.

Por un rato...

Había olvidado el miedo.

—¡No!

Le quité el cuenco a Bianca antes de que echara medio bote de chispas de chocolate dentro de la masa.

Ella infló los mofletes.

—Pero quedan más ricas.

—Quedan incomibles.

Alexander levantó la cuchara de madera.

—Yo voto por Bianca.

—Tú votas por cualquiera que te dé más azúcar.

—Correcto.

Los dos soltaron una carcajada.

Negué con una sonrisa mientras volvía a remover la masa.

Jamás imaginé que acabaría haciendo galletas en la cocina de Erik Vance.

Mucho menos con " nuestros hijos" la palabra sonaba ridícula, nuestros como si fuéramos un matrimonio gay. Y está historia no fuera tan retorcida.

Bianca estiró un trozo de masa sobre la encimera.

—¿Podemos hacer estrellas?

—Podemos hacer estrellas.

—¿Y dinosaurios?

—No existen moldes de dinosaurios.

Alexander levantó uno con forma de corazón.

—Pues este parece un dinosaurio gordito.

Los tres volvimos a reír.

Durante unos segundos...

Solo existíamos nosotros.

Harina.

Chocolate.

Y una cocina completamente cubierta de desastre.

Entonces sonó el timbre.

Fruncí el ceño.

Los hombres de Erik no tocaban el timbre.

Abrían directamente.

Me limpié las manos con un paño.

—No se muevan.

Fui hasta la puerta.

Al abrir...

Sentí que el estómago se me cerraba.

Nora Vance.

Sonreía.

Como si hubiera ido a tomar el té.

—Buenos días, Caleb.

No respondí.

Miré instintivamente hacia los guardias.

Uno de ellos habló antes de que pudiera preguntar.

—Lord Erik no dio ninguna instrucción respecto a lady Nora.

Claro.

Porque nadie imaginaba que el peligro pudiera ser ella.

—Déjenla pasar.

Las palabras salieron de mi boca antes incluso de pensarlas.

No quería una discusión delante de los niños.

Nora entró despacio.

Observó la cocina.

La harina.

Las bandejas.

Y sonrió.

—Qué bien huele.

Bianca apareció corriendo.

—¡Tía Nora!

Se detuvo en seco.

Las dos se quedaron mirando.

Bianca ladeó la cabeza.

—¿Vienes a hacer galletas?

Yo esperaba un comentario cruel.

Una crítica.

Cualquier cosa.

En cambio...

Nora tomó un delantal que colgaba de una silla.

Se lo puso.

—Claro. De despedida.

Hoy es un día especial.

Vamos a hacer las mejores galletas del mundo.

Los tres nos quedamos inmóviles.

Hasta Bianca parecía desconcertada.

—Pero...

Tú dijiste que hacer galletas era cosa de las criadas.

Nora comenzó a amasar con absoluta tranquilidad.

—Todos cambiamos de opinión alguna vez.

Alexander la observaba fascinado.

—¿Te vas de viaje?

Ella siguió amasando.

—Puede ser.

—¿Muy lejos?

—Bastante.

Alexander sonrió.

—Entonces te haremos muchas galletas para el camino.

Nora no respondió.

Bianca levantó un molde en forma de estrella.

—¿Te gustan las estrellas?

Nora levantó la vista.

Por primera vez desde que había entrado...

Pareció verdaderamente ausente.

—Sí.

Las estrellas me gustan.

Alexander sonrió satisfecho.

—Entonces ya sé cómo voy a llamarte.

Nora arqueó una ceja.

—¿Cómo?

—Estrella.

Así estarás contenta.

El silencio cayó sobre la cocina.

Nora dejó de mover las manos durante apenas un segundo.

Solo uno.

Bianca sonrió.

—Alexander...

¿Qué te dije?

A los Vance no les gustan los abrazos.

—Papá Erik dice lo mismo.

Respondió él.

—Pero cuando lo abrazo...

Sé que sí le gusta.

Antes de que pudiera impedirlo...

Alexander rodeó la cintura de Nora con los brazos.

Ella se quedó completamente rígida.

Como una estatua.

No devolvió el abrazo.

Pero tampoco lo apartó.

Solo permaneció inmóvil.

Cuando Alexander la soltó...

Ella dio un paso atrás.

—Es suficiente.

Su voz volvió a ser fría.

Miró la bandeja.

—Metamos estas galletas al horno.

Mientras se hacen...

Quiero que suban a vuestra habitación.

Hagan una lista enorme de juegos.

Y de juguetes.

Los mejores que se les ocurran.

Bianca frunció el ceño.

—Qué rara estás.

Nunca te gustan los juegos.

Nora sonrió apenas.

—¿Sabes qué me gusta todavía menos?

—¿Qué?

—Que me desobedezcan.

La niña tragó saliva.

—No saldrán de la habitación hasta que yo vaya a buscarlos con las galletas.

Miró directamente a Bianca.

—¿Entendido?

Bianca asintió despacio.

—Sí...

—Tú eres la mayor.

Eres responsable de tu hermano.

Alexander me miró.

Yo intenté sonreír.

—Hacedle caso.

Yo llevaré las galletas en cuanto estén listas.

Los dos desaparecieron escaleras arriba.

Esperé a escuchar la puerta cerrarse.

Solo entonces hablé.

—¿Qué demonios estás haciendo?

Nora cerró lentamente la puerta de la cocina.

Giró la llave.

Después abrió el bolsillo de su abrigo.

Y sacó una pistola con silenciador.

La apuntó directamente a mi pecho.

—Ahora sí.

Su sonrisa desapareció.

—Podemos hablar.

****

POV: Erik Vance

La sala de interrogatorios era tan impersonal como todas las comisarías del mundo.

Paredes grises.

Una mesa.

Tres sillas.

Y un expediente abierto frente a mí.

El inspector pasó una hoja.

—Lord Vance, necesitamos que nos confirme nuevamente la cronología.




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