Impío

46

CAPÍTULO 46

POV: Sofía Blackwood

El motor del coche de Isaac se apagó frente a las cristaleras de la entrada principal del Hospital Central. Por primera vez en todo el día, el silencio que nos rodeaba no se sentía pesado ni amargo.

Isaac se giró hacia mí, apoyando un brazo sobre el volante.

—Voy a ver a los niños —dijo, mirándome con esa seriedad protectora que solía reservar para el resto del mundo—. Trata de no meterte en más problemas, por favor. Y vigila que Mila no se meta en problemas tampoco.

Solté una risa baja, ajustándome la sudadera gigante sobre las rodillas.

—No te prometo nada, Mila no obedece a nadie. Menos a mí. Ya sabes que aún no nos hemos perdonado del todo muchas cosas.

Isaac me observó durante unos segundos. La luz de la tarde le marcaba las ojeras del cansancio, pero la dureza de su mirada se suavizó por completo.

—Sé que hay heridas que dejan cicatrices —murmuró con voz pausada—. Pero la sangre es más espesa que el agua, Sofía. Se estira, pero no se rompe.

Sentí un nudo repentino en la garganta. Clavé los ojos en las manos de mi hermano y una calidez extraña, casi desconocida, comenzó a expandirse por mi pecho.

—Me alegra saber que, después de tantos años cuidándola a ella, por fin también siento que me cuidas a mí.

Isaac no lo pensó. Se inclinó sobre el asiento del copiloto y me rodeó con los brazos, pegándome a su pecho con una firmeza que me tomó por sorpresa.

—Te amo tanto como la amo a ella —susurró cerca de mi oído—. No lo dudes nunca.

Las lágrimas que había estado reteniendo desde la comisaría terminaron por desbordarse. Lo abracé de vuelta, escondiendo el rostro en su hombro, sintiendo cómo se desmoronaba la coraza de frialdad que llevaba años construyendo.

—Te amo también... —sollocé de espacio—. Gracias.

Isaac me soltó con delicadeza. Extendió una mano y me dio un beso en la frente, devolviendo de inmediato la sonrisa irónica a sus labios.

—Ya vete a ver al niñato ese. Antes de que me arrepienta de aceptar a otro Vance en la familia.

—Técnicamente no es un Vance —corregí, limpiándome las mejillas con la manga de la sudadera.

—Lo es —sentenció Isaac, rodeando los ojos—. Tiene el mismo poder de atraer a mi hermana más seria a la desgracia.

Ladeé la cabeza.

—¿Lo dices por mi ropa?

—Te ves horrible.

—Es del difunto de la habitación 236.

Isaac abrió la boca, horrorizado.

—Dios. Ya bájate. Das miedo.

Sonreí, abriendo la puerta del copiloto. Antes de cerrarla, me asomé una última vez.

—Llámame cuando estés con Bianca, quiero hablar con ella.

—Sí, sí... Te enviaré ropa también —dijo, haciendo un gesto con la mano para que me diera prisa.

Arrancó el coche y lo vi alejarse por la avenida. Me quedé inmóvil un momento en la acera, sintiendo el aire frío en el rostro. Por primera vez en mi vida me sentía cuidada y querida de verdad. Y no porque Isaac no lo hubiera intentado antes, sino porque yo nunca me había permitido mostrarme vulnerable ante él.

Caminé a través del vestíbulo y subí al ascensor hacia la tercera planta. Cuando las puertas se abrieron en el pasillo de la UCI, la calma desapareció de golpe.

A unos metros, Eloise Vance mantenía una conversación visiblemente tensa con una mujer que reconocería en cualquier rincón del mundo: mi madre.

Beatrice Blackwood lucía impecable, con su abrigo de paño perfecto y la postura erguida de quien cree poseer el mundo.

Avancé a pasos firmes.

—Beatrice, ¿qué haces aquí?

Mi madre se giró al escuchar mi voz. Me barrió de arriba abajo con una mueca de profundo desagrado.

—¿Por qué no fuiste a la gala de anoche? Todos estaban ahí. Todos menos la futura señora Vance.

—Estaba en un sitio más importante, por fortuna —respondí con voz seca.

—Vine a buscarte para que no sigas haciendo estupideces —espetó, dando un paso hacia mí.

—Por favor, vete. No eres bienvenida.

Beatrice soltó una risa amarga, mirando hacia la puerta de la UCI.

—Ese chico tiene problemas con pandillas, por eso acabó así. Y mírate cómo estás vestida, pareces una pandillera tú también.

—Como siempre, no sabes nada, Beatrice Blackwood —la corté, dando un paso al frente—. Vives de especulaciones. Gracias a las declaraciones que diste a favor de Nora, estuve toda la mañana en prisión.

Mi madre parpadeó, desconcertada por un milisegundo.

—¿Estuviste en prisión? ¿Tienes un expediente abierto? ¿Antecedentes penales?

Sostuve su mirada con un sarcasmo helado.

—Tengo antecedentes penales, la ropa de un difunto y me acosté con Lucien Vance. Pertenezco a la pandilla, también me están buscando.

Eloise Vance, que hasta ese momento había permanecido en silencio, soltó una carcajada genuina y sonora que rompió la sofocante tensión del pasillo.

El rostro de mi madre se deformó por el horror.

—Perdiste por completo la cabeza...

—Por fin tengo la cabeza en el sitio indicado —le dije, mirándola a los ojos—. No quiero escucharte más.

Pasé por su lado sin esperar respuesta y me acerqué a Eloise.

—¿Hay novedades? —le pregunté en voz baja.

Eloise negó con la mirada cansada.

—Nada... Todo igual.

Escuché los pasos apresurados de mi madre detrás de mí. Beatrice me agarró del hombro con fuerza y me obligó a voltearme hacia ella. La miré sin parpadear.

—No dediqué mi vida a ti para dejarte acabar así —dijo con la voz temblando de rabia.

—Así es exactamente como acabo —respondí, soltándome de su agarre de un tirón—. Y así es exactamente como acabas tú: en la casa de campo que te dejó papá, sin nadie y sin nada.

El impacto fue inmediato. Beatrice me abofeteó con tanta fuerza que la cabeza me giró a un lado. Sentí el sabor metálico de la sangre brotando de mi labio partido.

Eloise reaccionó al instante, alzando la voz hacia los guardias de seguridad del pasillo.




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