capitulo 47
POV: Mila Blackwood
Había pasado un mes.
Treinta días desde que Nora Vance se marchó esposada.
Treinta días desde que Erik la sostuvo entre sus brazos mientras ella intentaba destruir todo lo que aún quedaba de su familia.
Y, por primera vez en mucho tiempo...
La paz empezaba a parecer una posibilidad.
No una realidad.
Todavía no.
Pero sí una posibilidad.
El cementerio estaba casi vacío aquella mañana.
El otoño comenzaba a teñir de amarillo las copas de los árboles y una brisa suave hacía bailar las flores entre las lápidas.
Caminé despacio hasta encontrar la de mi padre.
Llevaba un ramo de margaritas blancas entre las manos.
Nunca rosas.
Nunca lirios.
Solo margaritas.
Me agaché frente a la piedra y las coloqué con cuidado.
Sonreí apenas.
—Tenías razón, papá.
Acaricié uno de los pétalos.
—Al final terminé trayéndote margaritas.
Durante unos segundos me limité a contemplarlas.
Entonces recordé aquella tarde en la biblioteca.
"Las margaritas son flores resistentes, Mila. Crecen donde otras mueren. Eso no las hace baratas, las hace necesarias."
En aquel momento pensé que solo intentaba terminar la conversación para volver a trabajar.
Ahora comprendía que llevaba toda la vida intentando enseñarme quién era.
Nunca fui una rosa.
Nunca fui una orquídea.
Nunca fui una flor delicada.
Era una margarita.
Una flor sencilla.
Que sobrevivía donde otras no podían.
Que volvía a crecer incluso después de que la arrancaran.
Y, por primera vez...
Me gustaba serlo.
Sonreí.
—Creo que por fin entendí lo que intentabas decirme.
El viento movió ligeramente las flores.
Como si él siguiera respondiéndome con ese silencio suyo tan característico.
Suspiré.
—Ha sido un mes raro.
Muy raro.
Bajé la vista hacia la lápida.
—Los niños volvieron al colegio.
Alexander vuelve todos los días contando historias distintas.
Dice que ahora quiere ser astronauta.
Ayer quería ser veterinario.
Y antes de ayer...
Un dinosaurio.
Solté una risa.
—Bianca sigue fingiendo que le parece insoportable.
Pero lo espera cada mañana para entrar con él de la mano.
No creo que ninguno de los dos se haya dado cuenta todavía.
Pero vuelven a ser niños.
Eso era lo único que quería.
Respiré despacio.
—Isaac...
Negué con una sonrisa.
—Sigue siendo Isaac.
Las empresas funcionan porque él no sabe hacer las cosas de otra manera.
Trabaja demasiado.
Se preocupa demasiado.
Controla absolutamente todo.
Pero...
También aprendió a llegar a casa temprano.
A veces hasta siento celos.
No de Sofía.
De ellos.
Sonreí con cariño.
—Nunca los había visto tan unidos.
Papá...
Isaac prácticamente vive pendiente de ella.
La acompaña al hospital.
Le recuerda comer.
Dormir.
Descansar.
La abraza sin que ella tenga que pedirlo.
Y Sofía...
Por fin se deja cuidar.
Nunca pensé que llegaría a verlo.
Miré las margaritas.
—Caleb e Isaac también volvieron a encontrarse.
Como antes.
A veces desaparecen durante horas.
Dicen que solo salen a tomar una cerveza por los bares de Redford.
Pero vuelven riéndose como si otra vez tuvieran veinte años.
Creo que ambos necesitaban recuperar al amigo que perdieron por culpa de nuestras estupideces.
Y me alegra.
Mucho.
Levanté la vista hacia el cielo.
—Lucien sigue en la UCI.
Ya está fuera de peligro.
Los médicos dicen que su cuerpo se está recuperando.
Solo falta que despierte.
Hice una pausa.
—Sofía sigue yendo todos los días.
No ha faltado ni uno.
Y yo me quedo con Bianca cuando hace falta.
Creo que eso es lo que hacen las hermanas.
Estar.
Aunque no puedan arreglar nada.
Sonreí apenas.
—Eloise divide los días entre la cárcel y el hospital.
No sé cómo sigue en pie.
Pero sigue.
Supongo que algunas mujeres también son margaritas.
Guardé silencio unos segundos.
Había una persona de la que todavía no había hablado.
Y era la más difícil.
—Erik...
Suspiré.
—Dice que está bien.
Hace exactamente un mes que dice que está bien.
Y hace exactamente un mes que me miente.
Miré la piedra.
—Todos lo creen.
Porque volvió a trabajar.
Porque volvió a ponerse el traje.
Porque vuelve a dar órdenes.
Porque volvió a ser lord Vance.
Negué lentamente.
—Pero yo conozco al hombre que hay debajo.
Y ese hombre...
Todavía sigue sentado en aquella habitación de Nora.
Todavía sigue culpándose por no haber podido salvar a la niña que prometió cuidar.
Tragué saliva.
—Antes...
Él era quien me cuidaba a mí.
Incluso cuando yo no quería.
Incluso cuando lo odiaba.
Incluso cuando no sabía cómo hacerlo.
Sonreí.
Una sonrisa pequeña.
—Ahora me toca a mí.
Creo que esa es la forma de amor que aprendí de él.
No consiste en salvar a alguien.
Consiste en quedarse.
Aunque no puedas arreglarlo.
Aunque no puedas borrar el pasado.
Aunque solo puedas sentarte a su lado en silencio.
Miré otra vez las margaritas.
—Y eso hago.
Me quedo.
Porque él hizo lo mismo por mí.
Respiré profundamente.
El aire olía a tierra húmeda.
A otoño.
A comienzo.
No a final.
Sonreí.
—Ah...
Y llevo un mes sin beber.
Ni una sola copa.
Ni un solo whisky escondido.
Ni uno.
Supongo que estarías orgulloso.
Bajé la cabeza.
—Aunque probablemente dirías que ya era hora.