Capitulo 48.
POV: Mila Blackwood
El coche se detuvo frente a un edificio de piedra iluminado por faroles.
Levanté la vista.
Y sonreí.
—No...
Erik apagó el motor.
—Sí.
Miré el cartel de madera.
The Gilded Oak.
No pude evitar reír.
—¿En serio me trajiste aquí?
Él se encogió de hombros.
—Tu te pusiste ese vestido, creo que era el plan. Aquí nos conocimos.
Lo miré con incredulidad.
—No fue una cita.
—Mas o menos lo fue.
—Te tiré un vaso de agua.
—Sí.
—Te rompí la nariz.
Asintió con absoluta tranquilidad.
—También.
Negué entre risas.
—Eres un desastre.
Él abrió mi puerta.
—Pero volviste a salir conmigo.
Le ofrecí la mano.
—Porque sobreviviste.
Entramos.
Esta vez nadie los observaba.
No había rumores.
No había máscaras.
Solo dos personas que ya habían dejado de huir.
El camarero los condujo hasta una mesa junto a la ventana.
Cuando se marchó, apoyé los codos sobre la mesa.
—Ahora dime...
¿Qué se hace en una primera cita?
Erik soltó una risa.
—No tengo la menor idea.
Fruncí el ceño.
—¿No eres tú el experto?
Negó lentamente.
—Antes de casarme...
Solo salía de fiesta.
Sexo.
Y desaparecer antes del desayuno.
Solté una carcajada.
—Qué romántico.
—Lo sé.
Me apoyé sobre una mano.
—Yo tampoco tengo experiencia.
Él levantó una ceja.
—¿Caleb?
Negué.
—Con quince años salí con un chico.
Solo quería darle celos.
Pobre muchacho.
No recuerdo ni su apellido.
Sonreí con cierta vergüenza.
—Toda mi adolescencia estuve obsesionada con Caleb.
Después...
Nos casamos.
Así que...
Nunca tuve una primera cita de verdad.
Erik permaneció unos segundos en silencio.
Después sonrió.
—Entonces ambos somos principiantes.
Asentí.
—La gente habla.
Para conocerse.
Él me observó.
—Yo ya te conozco.
Negué.
—Algo debe quedarte por descubrir.
Erik apoyó los antebrazos sobre la mesa.
Y empezó a hablar.
—Eres testaruda.
Impulsiva.
Un poco neurótica.
Levanté un dedo.
—Un poco.
Ignoró la interrupción.
—Pero también eres apasionada.
Ridículamente leal.
Muchísimo más sensible de lo que permites ver.
Te gusta llamar la atención.
Sobre todo la mía.
Pones cara de enfado cuando no te hago caso.
Pierdes las coletas constantemente.
Prefieres el campo antes que la ciudad.
Los caballos antes que cualquier coche de lujo.
La cerveza antes que el vino.
Los tulipanes.
Odiabas las rosas...
Aunque fueron las primeras flores que te regalé.
Lo siento otra vez por aquello.
Sentí una sonrisa inevitable.
Él continuó.
—Ahora también te gustan las margaritas.
Porque te recuerdan a tu padre.
Amas a tu familia por encima de todo.
Eres una madre extraordinaria.
Aunque tú sigas convencida de que no.
Te gusta el ruido.
La música alta.
Las casas llenas de gente.
Y...
Me quieres más de lo que eres capaz de admitir cuando estás enfadada conmigo.
Me quedé completamente quieta.
—Sorprendente...
Lord Vance.
Me incliné despacio sobre la mesa.
Hasta acercarme a su oído.
—Estoy bastante excitada.
Erik apartó ligeramente la cabeza.
Con dos dedos sujetó mi mentón.
Y acercó su boca a la mía.
Su voz apenas fue un susurro.
—¿Hay sexo en la primera cita?
Sonreí.
—Si me gusta el primer beso...
Tal vez.
No esperé un segundo más.
Lo besé.
No fue un beso desesperado.
Ni salvaje.
Ni lleno de urgencia.
Fue lento.
Como si ambos estuviéramos aprendiendo otra vez el rostro del otro.
Como si durante aquel mes hubiéramos acumulado demasiadas cosas que decir...
Y hubiéramos descubierto que ninguna palabra podía explicarlas.
Lo necesitaba.
Lo amaba.
Y, por primera vez...
No había miedo en reconocerlo.
Cuando nos separamos apenas unos centímetros, sonreí.
—Muy bien, lord Vance.
Él soltó una risa baja.
Justo entonces apareció el camarero.
—¿Están listos para ordenar?
Los dos nos apartamos como dos adolescentes sorprendidos.
—Sí —respondimos al mismo tiempo.
****
POV: Erik Vance
No.
Aquellas cuatro palabras bastaron para que entendiera que había perdido el control de la noche.
—Yo también te conozco.
Había seguido su juego, aceptado esta cena.
Había improvisado en traerla aquí.
Había imaginado mil conversaciones distintas.
Ninguna terminaba conmigo siendo el observado.
Apoyé la copa sobre la mesa.
—No hace falta que hables de mis debilidades.
Las conoces todas.
Ella sonrió.
Esa sonrisa tranquila que siempre aparecía cuando estaba a punto de llevarme la contraria.
—Tú acabas de decir las mías en voz alta.
Me toca.
Señalé su plato con el tenedor.
—¿No tenías hambre?
Come.
Rodó los ojos.
—Mandón.
Asentí.
Era un comienzo asumible.
—Obsesivo.
También.
—Prefieres el vino antes que la cerveza.
Los coches antes que los caballos.
El silencio antes que el ruido.
Hice una pequeña inclinación de cabeza.
Todo correcto.
Entonces levantó los ojos.
Y dejó de bromear.
—Aunque...
No soportas mi silencio.
Noté cómo algo se tensaba dentro de mi pecho.
Ella continuó hablando despacio.
Sin prisas.
Como si llevara años preparando aquella conversación.
—Pareces indiferente.
Pero te involucras en todo.