Impío

Epílogo

EPÍLOGO

Un año después

POV: Sofía Blackwood

—Quédate quieto.

Lucien soltó una risa mientras yo intentaba, por tercera vez, hacer un nudo decente en su corbata.

—Llevas cinco minutos peleándote con un trozo de tela.

—Porque no paras de moverte.

—La culpa es tuya.

Levanté una ceja.

—¿Mía?

—Sí.

Sus manos rodearon mi cintura con absoluta naturalidad.

—Te has puesto ese vestido.

Negué con una sonrisa.

—Es la boda de tu hermano.

—Precisamente.

Lo miré.

El traje negro le quedaba impecable.

Había recuperado todo el peso perdido después del accidente.

La cicatriz apenas se intuía junto al nacimiento del cabello.

Y, aun así...

Cada mañana que despertaba a su lado seguía necesitando unos segundos para convencerme de que seguía vivo.

Terminé el nudo.

Lo alisé con las manos.

—Perfecto.

Lucien bajó la vista hacia mí.

—No.

Antes de que pudiera preguntar, me besó.

Lento.

Con esa calma que siempre conseguía dejarme sin respiración.

Cuando me separé, apoyé la frente contra la suya.

—Ya basta.

Llegaremos tarde.

Eres el padrino.

Él sonrió.

—Erik sabrá esperar.

Le di un pequeño golpe en el pecho.

—Lucien...

—Cinco minutos.

—No.

—Tres.

—Ni hablar.

Sus labios volvieron a rozar los míos.

—Dos.

Solté una risa.

—Eres imposible.

—Solo contigo.

Volvió a besarme.

Y durante un instante olvidé por completo que medio Londres nos estaba esperando.

...

Un rato después terminé de colocarme los pendientes frente al espejo.

Lucien seguía observándome desde la puerta.

Como si nunca fuera suficiente.

Bajé la mirada.

—¿Qué haré cuando te aburras de mí... y te busques una mujer de tu edad?

El silencio llenó la habitación.

Lucien dejó de sonreír.

Cruzó el dormitorio despacio.

Hasta quedar frente a mí.

—Nos vamos a casar.

Fruncí el ceño.

—Estoy hablando en serio.

—Y yo.

Tomó mi rostro entre las manos.

—Te amo.

¿Por qué sigues dudándolo?

Sentí un nudo en la garganta.

—Porque estoy enamorada.

Y cuando uno ama...

Siempre tiene miedo de perder.

Lucien suspiró.

Me ayudó a colocar un mechón detrás de la oreja.

—No es eso.

Lo dicen todos.

Que eres demasiado joven.

Que algún día querrás una familia distinta.

Que terminarás cansándote de mí.

—¿Y por qué te importa lo que diga la gente?

Negué enseguida.

—No me importa.

Él sonrió con infinita ternura.

—Claro que sí.

Metió una mano en el bolsillo interior de la chaqueta.

Sacó una pequeña caja de terciopelo.

Parpadeé.

—Lucien...

Él hizo una mueca.

—Genial.

Iba a hacerlo después de la boda.

Había preparado algo mucho más romántico.

Pero tengo la sensación de que, si espero un minuto más...

Vas a convencerte de que quiero dejarte.

Abrió la caja.

Un anillo.

Sencillo.

Elegante.

Perfecto.

Levantó la vista.

Y, por primera vez desde que lo conocía...

Parecía nervioso.

De verdad.

—Sofía Blackwood...

Respiró hondo.

—¿Quieres casarte conmigo?

Las lágrimas comenzaron a caer antes incluso de que pudiera responder.

Me llevé una mano a la boca.

Él tragó saliva.

—Por favor...

Di algo.

Me estás poniendo muy nervioso.

Reí entre lágrimas.

Lo abracé.

Lo besé.

Y apoyé la frente contra la suya.

—Creo que mereces mucho más de lo que soy...

Pero claro que quiero casarme contigo.

Lucien cerró los ojos.

Como si acabara de soltar el aire que llevaba conteniendo toda la vida.

Sacó el anillo.

Lo deslizó lentamente por mi dedo.

Después besó mi mano.

—No.

Eres exactamente lo que quiero.

La puerta se abrió de golpe.

—¡Joder!

Los dos dimos un pequeño salto.

Eloise apareció con los brazos en jarra.

—¿Se puede saber qué hacéis?

¡Todo el mundo os está esperando!

La boda ya ha empezado.

Lucien carraspeó.

—Ha surgido...

Un pequeño contratiempo.

Eloise bajó la vista hasta mi mano.

Vio el anillo.

Abrió mucho los ojos.

Después sonrió.

—Bueno...

Supongo que este sí era un buen motivo.

Pero ahora...

¡Moveos!

*****"

POV: Erik Vance

La música comenzó.

Y entonces la vi.

Mila.

Caminando hacia mí.

Con aquel vestido blanco.

Sonriendo igual que la primera vez que me rompió la nariz.

Nunca había visto nada más hermoso.

Cuando llegó a mi lado sonrió.

—Todavía puedes salir corriendo.

No aparté la vista de ella.

—No me tientes.

Huir es lo único que se me pasa por la cabeza.

Ella soltó una carcajada.

—Pues espera a escuchar cuando me pregunten.

Voy a decir que no.

La miré horrorizado.

—No juegues con eso.

—Tú empezaste.

Negué con una sonrisa.

—Te ves preciosa.

Ella levantó una ceja.

—No vas a convencerme con eso.

Respiré despacio.

Tomé su mano.

—Te amo, Mila.

Toda su expresión cambió.

Sonrió.

Negó despacio.

—Joder...

Con eso sí.

Ya no puedo negarme.

Reí por lo bajo.

—Es mi arma letal.

Por eso no la utilizo demasiado.

Ella acarició mi mano.

—No hace falta que lo digas.

Lo siento.

Cuando me miras.

Cuando me besas.

Cuando me cuidas.

Cuando abrazas a Alexander como si hubiera sido tuyo desde el primer día.

Cuando Bianca corre hacia ti sin pensar.

Lo siento en cada pequeño gesto.

Y eso...




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