Imposible Olvidarte

Capítulo 1: Vida prometedora

LAIA
Lo que me faltaba.

Mi mañana no podía ir peor.

Refunfuño mientras camino a toda prisa a la parada de autobús. Espero ansiosa e incómoda debido a que mi blusa todavía sigue húmeda. Por lo menos no huele a humedad.

Procuro sentarme junto a la ventana para aprovechar el viento y posiblemente mejorar un poco mi situación, aunque termina siendo todo lo contrario. Mi cabello ahora es un caos. Perfecto, si no es una cosa, es la otra. Mi vista se dirige al cielo y cruzo los dedos para que no se despliegue la tormenta antes de que llegue al trabajo.

Me detengo una cuadra antes de llegar a la escuela y reviso mi reflejo en la ventana de un auto estacionado. Arreglo los mechones sueltos y suspiro cansada por todos los imprevistos de esa mañana. De repente, la puerta trasera se abre y un niño desciende del auto. Un tipo con traje se baja al mismo tiempo y le acompaña. Avergonzada, acelero el paso y me adentro en los pasillos del instituto con naturaleza.

Algunos niños me reconocen y saludan. Otros corren sin percatarse de lo que sucede a su alrededor. Gritos, sonrisas y algunas quejas.

Continuo hasta el fondo del pasillo y giro a la derecha. Me anuncio en administración y Martina me recibe con entusiasmo.

—Felicidades por la plaza —me susurra disimulando una sonrisa —. Te lo mereces niña.

Permanezco callado y me obligo a responder con simpatía a su comentario.

—Tiene toda la razón —añade Ana, otra de las profesoras —. Aunque Rober no lo admita, nos salvaste el pellejo.

Hace un año llegué a la escuela Imperia como asistente.

Recién graduada y con una especialización en idiomas, cualquiera pensaría que podría conseguir trabajo rápido. Pues déjenme decirles, que no fue así. Mis ahorros apenas fueron suficientes para seis meses y la columna en rojo con la palabra “rechazada” se elongaba en la página de Excel.

Hasta que finalmente y casi como un milagro me dieron una oportunidad aquí.

—Básicamente tomaste el único puesto disponible de asistente de Alicia Buro, y créeme que eso es de admirar. Además, salvaste de rotaciones a los demás profesores —sigue Martina —. Así que tú entra confiada a esa oficina.

La profesora Alicia era buena, excelente, debo admitirlo, de esas que se saben el libro de texto de memoria y más, sin embargo, la disciplina y el tono de voz que empleaba podía ser demasiado severo para algunos. Hasta su retiro el semestre pasado, el director Calder, o Rober como le llama de manera informal Martina, solventaba cualquier queja hablando sobre su trayectoria y a donde habían llegado sus antiguos alumnos.

Los otros profesores pensaban que hasta el mismo le tenía miedo.

Pero ahora no esta y me han ofrecido el puesto a mí.

—Buenos días —entra el director Calder a la oficina. El cabello semi platinado bien peinado y un impecable traje. Me recuerda a los profesores de antes—. Empecemos el año escolar, primero la señorita Maurisse, luego me quedo contigo Martina.

Abre la puerta de su oficina y espera a que pase primero. Tomo asiento en la silla frente a su escritorio.

—Hace unos años te di la bienvenida como asistente y ahora como profesora de idiomas.

—Agradezco la oportunidad, señor. Estoy entusiasmada por empezar este año con los chicos.

—Así se habla. Recuerda, tenemos prestigio y debemos cuidarlo. No suelo darle esta clase de oportunidades a personas jóvenes, pero el personal y yo te hemos visto trabajar arduamente.

—No lo decepcionaré.

—Ve a clases y recuerda que tu nombre también está en juego. Buen día.

Porque él nunca dejaba nada en el aire. Por supuesto debía resaltar que mi nombre se vería afectado si metía la pata. Salgo de la oficina y Martina entra inmediatamente. Todavía hay personas en el corredor y yo me apresuro a dirigirme a mi salón.

Imperia era la típica escuela privada donde las familias adineradas de los alrededores envían a sus hijos. Hay chicos buenos, otros no tanto. He escuchado desde comentarios amables, hasta los más clasistas y denigrantes posibles. Aunque siempre mantengo la calma y pienso que todavía están a tiempo, que solo repiten lo que sus padres dicen a puerta cerrada.

El instituto completo está ubicado casi a la orilla de la montaña, por lo que el clima nublado es bastante común durante esta temporada. Las luces iluminan el salón y apenas ingreso los niños me saludan emocionados. Algunos los reconozco del semestre pasado y otros que más de alguna vez pidieron mi ayuda durante el recreo.

—Buenos días, profesora Maurisse —escucho en coro.

—Hola, niños —respondo en voz alta—. Este nuevo semestre aprenderemos mucho juntos ¿Quién está preparado para continuar el francés donde lo dejamos el año pasado?

Todos asienten y sacan sus libros de texto. Como mencioné, es una escuela de prestigio, así que incluso los idiomas extranjeros son obligatorios para los futuros dueños de todo.

—Antes pasaré lista, así que cuando mencione sus nombres deben responder por favor.

Inicio en orden alfabético de acuerdo con apellido primero seguido del nombre. Avanzo sin preocupaciones reconociendo la mayoría de apellidos, sin embargo, llego al final de la lista y frunzo el entrecejo confundida.




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