LAIA
15 años atrás
¿Por qué debo llevar este absurdo suéter?
El uniforme me hace sentir un poco incómoda. Es una talla más grande y me queda gigante. El largo de la falda lo llevo a la mitad de la pantorrilla y las mangas de la camisa cubren casi la mitad de mi mano.
—¡Laia déjame verte! —pide la hermana Josefine. Contengo el suspiro y salgo de mala gana del vestidor —. Le queda algo…
—Gigante —concluye la hermana Irene —. Mandaron un uniforme viejo, de nuevo —añade negando.
—Ya. Nada que no se resuelva con unas cuantas puntadas. Te quejas más que la niña y es ella quien lleva el uniforme —señala con firmeza a la más joven —. Ve a traer mi maletín con agujas, por favor.
La hermana Irene no es vanidosa, pero le indigna que las personas con dinero sean así. Ella me enseño esa palabra la semana pasada “indignación”. Creo que justo ahora siento eso también.
—¿Qué piensas? —cuestiona la hermana Josefine sacándome de mis pensamientos—. Es un ambiente nuevo y puede que no comprendas las actitudes de algunos niños, pero tú enfócate en estudiar. Esta es una gran oportunidad Laia —posa sus manos en mis hombros. No me contengo cuando me acerco para abrazarla y esconder mi cara en su túnica negra.
“No quiero ir”.
No me importa el supuesto prestigio del que hablan, ni la beca. Me quiero quedar en la escuela del vecindario.
Eso es lo que quiero responder.
—Prometo no volver a dormirme durante la oración de la mañana —digo haciendo un último esfuerzo—. Haré todos mis deberes, me comeré toda mi comida y ya no me quedaré en el columpio por mucho tiempo durante el receso. Dejaré que otros jueguen con él también.
—¡Laia! No seas negativa —añade entre risas—. Eres inteligente y nuestro señor en el cielo te ha recompensado tu arduo trabajo. Esta escuela es bondadosa con nuestra casa y nosotros debemos mostrar ¿el que?...
No respondo y me aferro a ella
—Laia mírame —pide —. Nosotros debemos ser…
—Agradecidos —culmino.
—Así es. Debes mostrar un buen comportamiento. No juzgues el sitio sin haber estado ahí.
—Aquí esta —aparece la hermana Irene con la pequeña maleta llena de hilos y agujas.
—Ahora ven aquí y no te muevas. El largo de la falda lo dejaremos, solo ajustaremos un poco la cintura y quiero probar algo con las mangas.
La hermana Josefine se toma toda la tarde para arreglar mi uniforme “nuevo”. No me despego de ella ni un momento, aunque escucho a los demás niños jugando afuera.
Apenas somos veinte en total, pero es mi familia. La única que siempre he tenido.
Actualidad.
La alarma suena y despierto rápido antes de que la sabana me ruegue por cinco minutos más. Me aseo y visto sin prisa. Mi estómago ruge cuando sirvo el cereal medido en el tazón, de otra forma no me alcanzará hasta mi primer pago. Evito pensar en la miseria y me aferro a este nuevo futuro prometedor. Puede que en la actualidad el mérito de ser maestra se haya reducido, pero siempre he considerado que es una profesión noble. Por supuesto, si es tu pasión. De lo contrario, esa hora de clase es un dolor de cabeza para ti y tus alumnos, como en el caso de la profesora Alicia.
Niego con la cabeza al recordarla y termino de prepararme.
Tampoco imagine que terminaría siendo profesora, sin embargo, fue agradable descubrir que disfruto siéndolo.
El camino a la escuela es igual y esta vez llego sin obstáculos o retrasos al recinto. Por la hora, hay pocos niños y algunos entran todavía bostezando.
Es miércoles y de acuerdo con mi horario empiezo con francés.
Entro al salón y busco el interruptor para encender la luz. Entro a prisa, sin embargo, el aire escapa de mis pulmones cuando descubro a un pequeño sentado al fondo.
Es él.
—¿Lukas que haces aquí a esta hora? ¿Por qué no has encendido la luz?
No voltea, ni responde.
—Buenos días, profesora —aparece una de mis alumnas ignorando la presencia de su compañero. Detrás vienen tres más que me saludan igual.
—Laia, ven aquí un momento por favor —escucho que me llaman y descubro a Martina en la puerta. Me acerco sin quitar la vista de Lukas.
—Lamento no haberte avisado. Han venido a dejarlo temprano, su tutor tuvo un viaje de emergencia y llamó a la escuela.
Pobre. Le han venido a dejar hace casi una hora. Creo que todavía no se adapta bien.
—¿Su tutor? —inquiero. Me convenzo nuevamente de que es un caso especial y nada más.
—Sí. Ya te enterarás en la reunión con los padres el viernes. Usualmente se presentan y algunos explican sus inquietudes.
—Por supuesto —respondo intentando manejar esa pequeña incomodidad que me genera la duda.
Es la primera vez que enfrento a los padres solos, sin embargo, de mi periodo como asistente de la profesora Alicia recuerdo las actitudes de varios de ellos.