LAIA
Hace 15 años
Escucho a la madre superiora hablar con la directora de la escuela. Espero afuera de la oficina y me distraigo con el ajetreo de la monotonía. Chicos de diferentes edades pasan frente a la ventana de cristal que da vista al corredor. Algunos entran y se quejan de haber perdido alguna pertenencia y otros preguntan por información a la secretaria.
—Estoy segura de que se adaptara rápido. Sus compañeros no solo destacan por sus apellidos, sino también por su impecable comportamiento.
—Estoy segura de ello, después de todo la institución está familiarizada con los mismos valores de nuestro convento. Además, su ayuda y el apoyo de algunos padres hacia nuestro centro es reflejo de ello.
Retengo el grito en mi garganta. Habría preferido que la hermana Josefine o Irene me acompañara.
Esperaba que por algún motivo este día no llegara. Una llamada indicando que no podían aceptarme, que alguien más importante necesitaba mi cupo.
—Vamos. Te acompañaremos a tu salón Laia —me habla la directora. Parece tener un rostro amable, sin embargo, hay algo que no termina de encajar.
Siempre me pasa. Esa rara sensación que se instala en mi pecho cuando intentan acercarse. Con las hermanas y mis compañeros no sucede, tampoco con otras personas que he conocido. Es por eso que siempre busco los ojos, así sé si esa sensación es una alarma de mi cuerpo. Eso me lo explico la hermana Josefine. Los ojos de las personas dicen mucho más que ellos mismos.
Ellas continúan su conversación de camino a mi futuro salón de clases. Avanzo sin el valor suficiente para levantar la cabeza. Los otros niños pasan junto a mí y quiero suponer que me ignoran. La incomodidad a ese sentimiento de no pertenecer a este sitio me lleva a mantener un paso lento y temeroso.
—Laia, es aquí —avisa la señora.
—Hola, Laia, soy la profesora Vega —aparece una mujer cerrando la puerta que contiene el bullicio de los demás chicos dentro —. Ven, te presentaré a tus compañeros.
Antes de avanzar la madre superiora me detiene y abraza, pero no sin antes darme un aviso.
—Compórtate. Recuerda que estás representando a nuestro centro —dice en mi oído sin que los demás se percaten.
Nos separamos y las demás nos ven con satisfacción y admiración. Ni siquiera volteo a verlas una última vez. Entro al salón detrás de la profesora y es cuestión de segundos para que el silencio se extienda por todo la habitación. Más de una docena de ojos se posan sobre mí y me siento incapaz de emitir sonido alguno.
—Ella será su nueva compañera de clase —escucho lejana la voz de la profesora —. Laia, puedes tomar asiento ahí —señala un escritorio con dos sillas al fondo.
A cada paso atravieso un juicio diferente. Escucho murmullos sobre mi aspecto, mi apellido que no figura entre los de ellos y mi uniforme, que diferente a ellos, no lleva ninguna joya o adorno de valor.
—Bien chicos, abran sus libros en la página número doce —anuncia la profesora Vega y el resto obedece alejando su atención de mí.
—¿No tienes libro? —preguntan a mi lado. Es una chica de ojos cafe y cabello rojizo. Tiene un aspecto adorable. Lleva un moño rojo con una hermosa piedra en el medio como accesorio a su uniforme.
—No. Todavía no.
Llego a ilusionarme y pensar que se ofrecerá a compartir el libro, pero vislumbro en su mirada la malicia que se esconde detrás de una bonita fachada.
—Es tu problema. No te puedes sentar junto a mí —escupe con desdén colocando su bolso en el asiento vacío junto a ella.
Pierdo las esperanzas y me hago la idea de lo que será este sitio. Saco mi cuaderno y anoto cuanto puedo. Estamos concentrados escuchando la explicación de la profesora cuando la puerta del salón se abre y la directora aparece de nuevo, pero acompañada de dos chicos.
—Primera semana y llegan tarde a clases —avisa en voz alta la directora con el objetivo de hacerlos sentir culpables —. A sus asientos.
La chica grosera de hace rato remueve su bolso y un niño similar a ella toma asiento a su lado. Él voltea a verme con curiosidad, haciendo que ella vuelva a poner su atención sobre mí, pero con una expresión de desagrado. Ahora noto que son gemelos.
—¿Tienes libro? —preguntan a mi lado izquierdo y me sobresalto al descubrir a alguien sentado junto a mí.
Me toma unos segundos asimilarlo.
Tiene cabello rubio peinado y abundante. Unos ojos azules que simulan el cielo en verano y hoyuelos que se perciben en sus mejillas cuando sonríe ligeramente.
Recuerdo de inmediato la respuesta de la chica junto a mí y prefiero evitarme el disgusto. Sin responder, regreso mi atención a mi cuaderno.
—Venga, podemos compartirlo por ahora —me propone —. Tú puedes usarlo y resolvemos los ejercicios juntos.
Una oferta tentadora proveniente de un chico cuya presencia todavía sigue incierta a mis ojos. No puedo leerlo, busco los suyos, pero hay algo que lo bloquea. Incluso cuando nuestras manos se encuentran por accidente en un momento, solo siento una potente corriente eléctrica que me lleva a removerla de inmediato.