Impulsados por el deseo

Capítulo 1. El papel doblado

El salón del hotel en Puerto Umbría olía a lirios caros, barniz fresco y champán servido a deshoras. Desde el estrado, Isabel Moretti recorrió las mesas redondas donde se acomodaban inversores, funcionarios municipales y socios de su padre. Tenía veinticuatro años, un título en administración que todavía no le había valido un escritorio propio y un vestido de seda azul petróleo que Vittorio había aprobado con un ademán distraído.

Esa noche debía marcar un quiebre. Isabel no había querido limitarse a sonreír para las fotos institucionales. Había memorizado cada cifra de La Ribera, el plan de modernización costera que Vittorio impulsaba como la gran obra de integración del año, decidida a ganarse un lugar real en la gestión.

—La Ribera no será una barrera entre el puerto y la ciudad —dijo Isabel, afirmando las manos en el atril de caoba—. Será el espacio donde los oficios tradicionales convivan con el comercio formal. Cada propietario reubicado tiene garantizada una opción preferencial para integrarse al nuevo paseo. Nadie que haya construido la historia del barrio quedará afuera.

Los aplausos empezaron en las primeras filas, densos y educados, hasta que una voz áspera los partió desde el fondo del salón.

—¡Mentira! —gritó un hombre, avanzando por el pasillo central entre los mozos—. ¡Mostrales lo que nos hiciste firmar, Moretti!

Vittorio se enderezó en la mesa principal con pesadez fría. Dos guardias del hotel intentaron cortarle el paso al recién llegado, pero Isabel alzó una mano con firmeza.

—Déjenlo pasar —ordenó por el micrófono.

El hombre vestía una camisa de trabajo limpia, con los puños gastados y manchas de grasa seca en los nudillos.

—Mi nombre es Tomás Salcedo —dijo al frenar frente al estrado—. Taller Salcedo, calle del Astillero. Cuarenta años reparando motores en La Ribera hasta que perdí el taller. Me dijeron que su discurso iba a prometer esto mismo, señorita, pero el acuerdo de salida que firmé para entregar la llave no dice eso.

Isabel bajó los tres escalones del estrado sin esperar a que su padre interviniera.

—Muéstremelo, por favor —pidió con tono sereno.

Tomás sacó del bolsillo del pecho un folio gastado y se lo extendió. Isabel reconoció el membrete de la constructora familiar. La cláusula de reubicación no era una garantía, sino una posibilidad sujeta a disponibilidad futura y a condiciones todavía por acordar.

—Esto… —empezó ella, sintiendo un nudo en el estómago.

—Tomás, por favor —intervino la voz profunda de Vittorio, que ya estaba a su lado.

Apoyó una mano en el hombro de Isabel. Ante los invitados el gesto parecía afecto protector, pero en la clavícula cayó con el peso de una orden.

—Estos detalles administrativos no se ventilan en medio de una cena —agregó él con una sonrisa afable hacia las mesas—. Tomás es un vecino apasionado del puerto. Mañana mi secretaría revisará cualquier malentendido.

Isabel sintió el peso de los dedos paternos sobre la seda. Si callaba ahora, jamás tendría voz propia en el consorcio. Dio medio paso al frente y se zafó del contacto con suavidad.

—No es un malentendido —declaró Isabel, mirando a Tomás para que su voz alcanzara las mesas cercanas—. Acabo de darle mi palabra a este salón. No puedo prometerle un local esta noche, señor Salcedo, porque no voy a mentirle. Pero me comprometo delante de todos: mañana voy a ir a La Ribera, voy a cotejar este documento con el expediente de la constructora y le voy a dar una respuesta personalmente.

Tomás la observó en silencio, desarmado por la franqueza de la promesa.

—Quédese con la copia —dijo él, señalando el papel en las manos de Isabel—. Léala bien.

Dio media vuelta y se retiró solo hacia el guardarropa del vestíbulo.

Vittorio no armó una escena frente a los inversores. Retomó las conversaciones con su elegancia habitual, pero cuando los invitados comenzaron a dispersarse hacia la terraza, tomó a Isabel del codo y la condujo hacia la galería lateral.

—Hablaste de más, Isabel —dijo en voz baja—. En esta familia no se va a los galpones a rendirle cuentas a cualquiera que levante la voz. Mañana mis abogados se ocupan y el asunto se termina.

—Le di mi palabra a ese hombre delante de todos, papá —respondió ella, sosteniéndole la mirada—. Si La Ribera es mi proyecto, la cara la pongo yo.

Vittorio la soltó con disgusto y avanzó hacia el coche principal, donde lo aguardaban sus custodios.

Isabel se quedó sola bajo los arcos de piedra de la galería, apretando el papel doblado contra los dedos. A unos metros, junto al segundo automóvil de la familia, Luca Ferraro esperaba de pie con las manos cruzadas por delante. En el salón, cuando Tomás había mencionado el taller del Astillero, Isabel había notado la rigidez inmediata de sus hombros.

—Conocés a Tomás Salcedo —dijo ella al llegar junto al capó, sin preámbulos.

—Puerto Umbría es chico, señorita Moretti —contestó él con voz neutra.

—No me hables como si estuviera papá delante —replicó Isabel, acortando la distancia—. Te tensaste en cuanto lo escuchaste hablar.

Luca bajó la vista hacia el folio arrugado antes de responder.

—Conozco a Tomás —admitió en voz baja—. Y conozco lo que pasó en la calle del Astillero.

—Mañana voy a ir a La Ribera —dijo Isabel—. Quiero que me lleves a las diez de la mañana. Me importa que seas vos.

Luca guardó silencio durante un segundo denso.

—No sé si voy a poder llevarla a esa hora —respondió con cautela—. Y no sé si le conviene que yo baje del auto con usted. A usted la va a escuchar. A mí es probable que no me deje ni pisar la vereda.

—¿Por qué tendría problemas con vos?

—Este no es el lugar para hablar de Tomás —dijo Luca, manteniendo el tono contenido—. Su padre todavía está en el estacionamiento.

Isabel sostuvo la respiración, midiendo el límite que rozaban, pero no dio un paso atrás.

—Averiguá si podés estar listo a las diez —dijo ella—. Necesito tu confirmación antes de salir.




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