Impulsados por el deseo

Capítulo 2. La salida del hotel

Luca Ferraro esperó a que el vestíbulo quedara despejado antes de cruzar hacia el guardarropa. El murmullo de la gala todavía se filtraba desde el salón, pero en el pasillo lateral solo quedaban hileras de abrigos y el olor a lana fría que entraba desde la dársena.

Tomás Salcedo forcejeaba con una campera de cuero frente al mostrador vacío, con la mandíbula apretada y la respiración todavía acelerada por la irrupción en el estrado.

—No tendrías que haber venido acá —dijo Luca al detenerse a dos pasos de él, con la voz baja.

Tomás giró en seco. Sus ojos recorrieron el traje oscuro de Luca, la camisa impecable y la postura sobria que no guardaba rastro del muchacho que solía merodear los talleres del puerto.

—Mirá quién habla de lugares prohibidos —respondió el mecánico con aspereza—. La señorita Moretti se tragó todo el discurso. Ahora tiene mi copia.

—El personal de seguridad todavía está en la puerta principal —advirtió Luca, sin alterar el tono—. Si te reconocen al salir, te van a demorar antes de que llegues a la avenida.

—Ya me sacaron el taller, Ferraro —retrucó Tomás, subiéndose el cierre con un tirón seco—. La persiana sigue baja en la calle del Astillero y las herramientas están juntando óxido. ¿Qué más me van a hacer?

—Puedo hacerte salir por la dársena de carga sin que te cruces con los custodios —ofreció Luca.

—No necesito que me acompañes a ningún lado —escupió Tomás, acomodándose el cuello de la campera—. Menos esta noche. La chica se comprometió a venir mañana a La Ribera y voy a esperarla frente al local.

El mecánico dio media vuelta y salió por la puerta de servicio. El golpe metálico resonó en el pasillo con la sequedad de un cerrojo.

Luca soltó el aire con lentitud y volvió al vestíbulo. Junto al mostrador de mármol, el conserje jefe lo aguardaba con una planilla abierta y el auricular apoyado en el hombro.

—Ferraro —dijo el hombre, bajando el tubo sin mirarlo del todo—. Gabriel Soria llamó desde la central. Quiere el kilometraje del sedán asentado antes de la una. Y dejó dicho que los traslados de mañana se aprueban por su oficina a primera hora.

Luca asintió con un gesto apenas perceptible.

—El coche está en la dársena —respondió.

—Asegurate de que no se mueva —agregó el conserje, pasando de página con parsimonia—. A Soria no le gusta que los choferes queden boyando en los pasillos cuando los invitados ya se fueron.

No había amenaza abierta en el comentario, pero Luca conocía el peso de Gabriel Soria en la estructura: no requería levantar la voz; le bastaba controlar las planillas, las firmas de combustible y los turnos de guardia para que cada empleado supiera exactamente de qué lado estaba la soga.

Luca cruzó hacia la galería lateral. La brisa marina entraba entre las columnas de piedra, arrastrando una neblina fina sobre los autos estacionados. Isabel lo esperaba de pie junto al capó del sedán, con una carpeta bajo el brazo y el abrigo abierto sobre el vestido azul petróleo.

—Tardaste —dijo ella al verlo llegar. Había cansancio en sus facciones, pero también el filo tenso de quien acaba de ganar una pulseada difícil.

—Tenía que revisar el registro de servicio —explicó Luca con calma profesional—. Soria llamó para pedir el kilometraje antes de que guardemos el coche.

—Soria no va a poder frenar esto. —Isabel dio un paso hacia él, sosteniéndole la mirada con una media sonrisa que aflojó la distancia habitual—. Hablé con papá antes de que subiera a su auto. Conseguí que autorice el sedán para el relevamiento en La Ribera. Diez de la mañana.

Luca se detuvo a un metro. La cercanía de Isabel siempre alteraba el compás de su guardia: traía el perfume a jazmines de la gala mezclado con la humedad fría de la dársena.

—Gabriel no suele liberar vehículos sin pedir explicaciones —comentó él, ladeando la cabeza.

—Papá dio la orden directa, y esta noche la cara visible fui yo —replicó ella, con un matiz burlón que buscaba arrastrarlo a su terreno—. A menos que el chofer de confianza prefiera quedarse archivando formularios.

—No le tengo miedo a los formularios, señorita Moretti —dijo Luca, y una sombra de ironía asomó en la comisura de sus labios—. Pero conozco cómo se mueven las piezas cuando la familia no está de acuerdo.

—Entonces no te preocupes, porque la decisión está tomada. —Dio medio paso más, rozando apenas la tela de su abrigo contra el brazo de Luca al tenderle la llave—. Te quiero al volante a las diez. Me importa que seas vos quien me lleve. No quiero a ningún custodio de papá mirándome por el espejo como si fuera una invitada que se perdió de camino a casa.

El roce duró un segundo, pero el calor le subió a Luca por el cuello con la fuerza de una descarga.

—A las diez voy a estar listo —respondió, cerrando los dedos sobre el metal de la llave.

—Puntual, Ferraro —dijo ella antes de subir al asiento trasero, dejándole una mirada breve que se desvaneció tras el vidrio polarizado.

Luca cerró la puerta con cuidado y se quedó inmóvil en la galería, mirando el reflejo de los faros sobre el pavimento mojado.

Isabel leía las hojas bajo la luz tenue de la cabina, pasando el dedo sobre los renglones y doblando con cuidado la esquina del folio.

No sabía que el papel doblado existía por obra de él. Hacía dos años, cuando la constructora necesitaba despejar la calle del Astillero antes de la licitación, fue Luca quien se sentó frente a Tomás con un café en vaso de plástico y el acuerdo de salida preparado por la empresa.

Fue él quien le aseguró que firmar esa renuncia voluntaria era el único camino para asegurarse un local en el futuro paseo costero. Le vendió como un compromiso firme lo que en el texto era apenas una posibilidad condicionada a disponibilidades futuras. Luca no sabía si la reubicación terminaría siendo inviable o si los abogados ya tenían decidido cajonearla, pero sabía con exactitud qué parte del trato le estaba ocultando al mecánico para que estampara la firma.




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