Infusión

1. ⊹ ࣪ ˖ Notas Arrugadas ˖ ࣪ ⊹

15 de enero

En serio, qué agradable es tener un nuevo compañero. Aunque esté callado la mayor parte del tiempo y apenas se le escuche respirar, es mejor que estar vagando por el pasillo a las 4 a.m. esperando a que me dejen entrar.

El problema es que no sé cómo hablarle.

He intentado entablar conversación, pero cada vez que abro la boca me lanza esa mirada que dice: "Cállate, o juro que no despiertas mañana".

Así que opté por un método más discreto: post-its.

Primero fueron preguntas básicas. "¿Cuál es tu color favorito?" (azul, descubrí después, aunque él nunca respondió). "¿Te gusta la música?" (obvio, pero quería saber qué género). Todos terminaron en la papelera. Los leía, los arrugaba y los lanzaba con un suspiro que parecía más profundo cada vez.

Ayer vi un sticker de Arctic Monkeys en sus audífonos. También tiene uno en la laptop. Así que escribí: "¿Cuál es tu canción favorita de Arctic Monkeys?"

Horas después, se acercó a mi cama con el papel en la mano. Pensé que iba a matarme. En lugar de eso, dijo:

—Por favor, deja de dejarme notas. Tu ortografía y tu letra me provocan que llore sangre.

Lo dijo con una mirada que podría matar a un hámster (esos roedores mueren de formas muy extrañas).

Fingí tristeza. Se dio la vuelta.

Cuando revisé el post-it, tenía la respuesta al reverso.

Cornerstone.

Le dije que la mía era Brianstorm.

Solo asintió y volvió a ponerse los audífonos.

No pude evitar sonreír.

Tenemos algo en común.

Y, finalmente, me dijo algo que no era para regañarme por dejar mi chaqueta en el suelo. También hubo un regaño, pero fue diferente.

Algo es algo.

17 de enero

Hay algo que no entiendo de Evan.

Tiene el sueño más profundo que he visto en mi vida. Esta mañana sonaron sus alarmas —tiene varias, todas con intervalos de cinco minutos— y él no se movió ni un centímetro. Literalmente. Un muerto se mueve más.

No lo desperté. No era mi responsabilidad.

Pero me quedé mirándolo un momento. Su respiración profunda, el cabello esparcido en la almohada, la cara relajada sin el ceño fruncido de cuando está despierto.

Parecía otra persona.

Cuando finalmente se levantó —veinte minutos después, por su cuenta, porque la última alarma sí lo logró— salió del baño con el pelo mojado, la mirada perdida y los pies arrastrando. Fue directo a la puerta. Sin desayunar. Sin prepararse nada. Sin nada.

—¿No vas a desayunar? —pregunté, sin pensar.

Me miró como si hubiera preguntado algo absurdo.

—No tengo hambre —dijo. Y salió.

Salí también, no detrás de él, pero terminé caminando casi a su lado. íbamos a la misma dirección. Espero que no haya pensado que lo estaba siguiendo. Aunque creo que ni siquiera me notó.

18 de enero

Me estaba quedando sin ideas para tener una conversación más larga con Evan.

Dejé de usar los post-its después de que me pidió que los dejara de hacer. Ahora le pregunto directamente, pero solo sube el volumen de sus audífonos. Mensaje recibido: no quiere hablar.

Creo que encontré algo: le encanta corregir a los demás.

No es que sea arrogante (bueno, tal vez un poco), pero hay algo en él que no puede resistirse a corregir información incorrecta. Como si fuera un impulso.

Lo descubrí por accidente.

Estábamos en la cocina. Él preparaba su té negro de siempre —el ritual de siempre: calentar agua, dejar la bolsita exactamente tres minutos, retirarla con un movimiento preciso— y yo picaba verduras para una pasta. No hablábamos. No era necesario.

En algún momento, mientras revolvía la salsa, solté una opinión sin pensar:

—Siempre he pensado que el té negro es más amargo porque se oxida más tiempo. Como si fuera más viejo.

No esperaba respuesta. Ni siquiera estaba hablando con él.

—No es por oxidación —dijo Evan, sin voltear—. Es por el proceso de fermentación. El té negro se oxida completamente. El verde no. Por eso es más suave.

Me quedé con el tenedor en el aire. Había hablado. No para regañarme por la chaqueta en el suelo o para pedirme silencio. Había hablado para corregirme.

—Ah —dije, intentando sonar casual—. No sabía eso.

—Ya sé —respondió, y volvió a su té como si nada hubiera pasado.

Pero algo había pasado.

Desde entonces, empecé a probar. A veces digo algo incorrecto a propósito, solo para ver si reacciona. No siempre funciona. Tiene que ser algo que realmente le importe. O algo tan mal dicho que no pueda soportarlo.

Pero cuando funciona... funciona.

A veces me ignora. A veces sube el volumen de los audífonos antes de que pueda terminar la frase. Pero cuando funciona, es casi automático. Como si no pudiera evitarlo.




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