1. MI BELLA PARIS
¡Sí! Fue algo devastador enterarme de que mi fabulosa vida de lujos y riqueza estaba a punto de terminar. Siempre pensé que la pobreza era algo lejano que les ocurría a otros, no a mí. Solo pensar en esa palabra, que resumía en un solo plumazo escasez, penurias y trabajo, me ponía los pelos de punta.
El día en que me enteré de que ingresaría a la fila del proletariado, como los mal llamaba Karl Marx, mi padre me contactó temprano por teléfono, justo antes de dejar mi pent-house para ir al club. Mucha extrañeza me causó su insistencia en que me presentara en su oficina sin dilación, pues él no era “esa clase” de padres que va lanzando exigencias sin razón. Por el contrario, era amoroso, consentidor y plegado siempre a mis deseos, como un esclavo a las órdenes de su amo.
Pues bien, dejando de lado el compromiso con mis amigas, me dirigí a la oficina de mi padre en Paris. A mí, me agradaba visitarlo porque los empleados me recibían con admiración y adulación; y a todas nos agrada esa sensación de ser tratada como una diosa. Su oficina estaba muy bien decorada y me dejaba con la convicción de estar presenciando una vívida obra de arte. Estaba situada en la codiciada Avenida Delaware y fue diseñada por John Dickenson, el famoso arquitecto británico adorado por celebridades, y era un claro ejemplo de refinamiento vanguardista y exquisita elegancia. Una sola mirada al mobiliario bastaba para capturar el lujoso espíritu del diseño.
Pero esta vez, en lugar de admirar la espectacular vista de la imponente ciudad que es París, con sus edificios armoniosamente mezclados con árboles estilizados, mis ojos se fijaron en el caminar de mi padre de un lado a otro, con sus puños apretados y la mirada perdida; en definitiva, al borde de un colapso nervioso. ¿Qué podría haber provocado aquel cambio en un hombre tan seguro de sí mismo? La certeza de que algo terriblemente malo estaba ocurriendo pasó por mi mente. Él seguía sin hablar, con la frente arrugada, tratando de reunir el valor para decirme lo que tenía que ser dicho. Tal estado de angustia y desesperación no era habitual en él.
Refunfuñando, miré mi reloj comprobando la hora, ya que mi amiga Ingrid me esperaba a las dos de la tarde en el Club Bermige para un partido de tenis, así que lo atisbé con impaciencia y él entendió que debía marcharme, aun así, me retuvo. Finalmente, reunió el coraje que se requería para hablar y, tomando una silla de su escritorio, se sentó en frente de mí tomando mis manos entre las suyas:
—Querida Isabella, mi niña linda, lo que voy a decirte es la cosa más difícil que he hecho hasta ahora. Estoy en problemas. Mi empresa se está desmoronando y el lunes presentaré un expediente para declararme en bancarrota. La recomendación de mi abogado es que lo haga sin demora, pero eso significará el fin de nuestra vida tal como la conocemos, y quería hablar contigo primero antes de dar ese paso. También está en curso una demanda por fraude. ¿Recuerdas a Michael, mi socio?
Asentí con la cabeza, recordando que dicho señor apareció inesperadamente en mi fiesta de diecisiete años, y fue el único invitado de más de treinta al que mi padre invitó sin consultarme. ¿Cómo podría olvidarlo si fue la única nota discordante de aquella celebración de la que se habló por días en las páginas sociales de los periódicos más importantes de Paris?
Hasta ese momento, yo solo escuchaba, sin entender mucho lo que me estaba diciendo. Las neuronas de mi cerebro no estaban funcionando debidamente, pues se hallaban ocupadas planeando mi estrategia para el juego de tenis con Ingrid. Mi padre continuó hablando:
—Bueno, Michael malgastó fondos en inversiones cuestionables y nuestros clientes reclaman la devolución de su dinero. El peor escenario me pondría en la cárcel, pero se están llevando a cabo negociaciones para llegar a un acuerdo justo para todas las partes, y no creo que el encarcelamiento sea el caso.
Luego, hizo una pausa, esperando mi reacción.
—Isabella, ¿has oído lo que te he dicho?
Parpadeé varias veces y, de repente, me di cuenta del alcance de lo dicho, lo que me hizo entrar en un estado de conmoción profunda, hors de ma tête, que me impidió pronunciar una sola sílaba; mucho menos dar una respuesta razonable a su pregunta. Mis músculos faciales se entumecieron, mi respiración se hizo más rápida porque sentía que me faltaba el aire; tal fue el estado de conmoción que me causó la noticia de la bancarrota, palabra que hasta ese momento no existía en mi diccionario. En una fracción de segundo, tuve un vislumbre del futuro de pobreza que se avecinaba. A veces reacciones inesperadas surgen de acontecimientos inesperados, y estar al borde de un colapso financiero era el acontecimiento más inesperado de todos.
Mi padre me dirigió una mirada compasiva y continuó diciéndome:
—Todas nuestras propiedades tienen que ser vendidas para pagar a nuestros acreedores, incluyendo mi casa, tu pent-house, nuestros coches, joyas, todo, querida. Y cuando paguemos las deudas, me temo que no quedará mucho para nuestros propios gastos. Nuestras cuentas bancarias y tarjetas de crédito ya están congeladas, así que no es buena idea que vayas hoy al club —bromeó él, como lo hacía siempre en situaciones de gran tensión.
Lo miré con angustia en mis ojos, sintiendo que una pesada carga estaba siendo puesta sobre mis hombros. Solté sus manos con disgusto y me puse de pie para tomar algo de aire y recobrar la compostura; ahora era yo quien caminaba de un lado a otro de la oficina. Mi humor pasó de la ira a la incredulidad, y del miedo a la rabia, mientras él permanecía silenciosamente pegado a su asiento.