Isabella

2. La Cruel Realidad

2 LA CRUEL REALIDAD

Esteban, mi chofer inglés, estaba en la acera recostado ligeramente sobre la puerta de mi flamante BMW, leyendo un periódico y fumando un cigarrillo distraídamente, a pesar de mis advertencias de no incurrir en ese hábito tan repugnante mientras estuviera a mi servicio. Observaba a las parisinas que caminaban por la acera y las piropeaba con frases ingeniosas.

Cuando me vio, al verse sorprendido, lanzó el cigarrillo y lo pisó con la punta de su zapato. Sin querer entrar en otra inútil confrontación con Esteban, me deslicé al asiento trasero sin decir una palabra, mientras él permanecía frente al volante esperando instrucciones, pero como no las obtuvo, dedujo con razón que mi intención era volver a casa.

Las llamativas y bulliciosas calles de París tenían, para mí, el atractivo encanto de la vida capitalina que yo adoraba: teatros, cafés, perfumerías, centros comerciales, centros de moda; adoraba cada rincón de esa ciudad, pero esa mañana, mientras el coche recorría sus amplias avenidas, mi visión se nubló por las lágrimas que brotaban de mis ojos; las mismas que escondí en la oficina de mi padre para que no notara mi frustración.

El camino a casa estuvo lleno de confusión e incertidumbres, mi corazón latía agitadamente, mientras mis angustiosos pensamientos me arrastraban hacia la más cruel de las pesadillas. Nunca me importó obtener un título universitario, si lo tuviera, mi miseria no existiría, ya que con un trabajo me quedaría en París pagando por mis propios gastos; muy diferente a mudarme a una remota selva para vivir de la caridad de mis parientes, cuyas referencias, de acuerdo con lo expresado por mi padre, eran bastante cuestionables. Nunca me pasó por la cabeza que me quedaría sin dinero. Tal vez, papá estaba exagerando; tal vez, todo el asunto no era más que un malentendido. Las fortunas como la nuestra no se desvanecían de la noche a la mañana. Trabajar era para otro tipo de gente, no para mí, la hija de un magnate. La idea de conseguir un trabajo me dio un fuerte dolor de cabeza, sobre todo cuando era obvio que no contaba con las calificaciones para conseguirlo.

No me di cuenta cuando Esteban entró en el aparcamiento subterráneo y apagó el motor, sólo sentí sus ojos mirándome por el espejo retrovisor. Tomé mi bolso y corrí hacia el ascensor sin volverme atrás. La calma y el silencio eran todo lo que necesitaba para recomponerme. El ascensor se abrió en mi sala de estar; inmediatamente, me deshice de mis zapatos y mi bolso y me dirigí directamente a la cocina por aspirinas y agua. Mis manos no habían dejado de temblar. Los pequeños Terry, Brandy y Lucki saltaron sobre mí, ladrando y moviendo sus colas para saludarme, ignorantes del problema que yo cargaba sobre mis hombros. En ese momento, yo no tenía ganas de jugar, así que me dirigí a su habitación, sí, mis perros tenían su propio espacio en mi espacioso pent-house, y les lancé una pelota dentro y, cuando entraron, cerré la puerta.

Mis perezosas criadas no estaban por los alrededores, seguramente estaban perdiendo el tiempo en diligencias inútiles pensando que llegaría tarde a casa. Era tan difícil conseguir personal de limpieza fiable, y Rose descuidaba su deber últimamente al contratar a un montón de ayudantes ociosas. Tal vez, era hora de presentar una queja a papá, pero, pensándolo bien, desistí ya que las circunstancias actuales me obligaban a irme pronto y las criadas ya no serían necesarias.

Lo siguiente que hice fue tirarme sobre la cama, sintiendo lástima por mí misma, mirando al techo tratando de dilucidar cómo salir de esta indeseada y dolorosa situación. Realmente me encantaba mi pent-house. Mi padre me lo compró hace un año y estaba lleno de todas las cosas más caras que encontré: sofás de cuero, cortinas irlandesas, muebles de diseño, alfombras importadas, platería y electrodomésticos inútiles, muchos de los cuales ni siquiera había usado; en pocas palabras, lo mejor de lo mejor. En ese instante me di cuenta de que debía parar de pensar en mis pertenencias, pues había cosas más importantes por hacer: las llamadas a mis amigos para que me ayudaran a permanecer en Francia, mis conexiones me ayudarían a permanecer en París.

La primera llamada fue, por supuesto, para Ingrid, para ponerla al día sobre mi plan de permanecer a toda costa en la ciudad. Sin duda, ella estaría muy entusiasmada con la idea de tenerme cerca. Después de esbozarle mi plan, prometió llamarme tan pronto como el tema fuera discutido adecuadamente con sus padre. La segunda llamada fue para mi escurridizo novio, George, pero, aunque su teléfono sonó varias veces, y yo intenté las llamadas cada cinco minutos, nunca contestó. Después de doce intentos, renuncié. Era más que probable que la horrible noticia le hubiera llegado, y esa fuera su malvada forma de decirme que no estaba interesado en ayudarme. A algunos hombres les resulta difícil enfrentarse a situaciones conflictivas, siendo la posición más cómoda evitarlas.

El resto de la tarde la pasé llamando a mis amigos, explicándoles el asunto y esperando su apoyo, pero fue inútil, ninguno de ellos se dignó a devolverme la llamada. Los temores de mi padre se hicieron realidad, y entendí que pasaría por esta dolorosa circunstancia sola. Sin embargo, Ingrid insistió en venir a mi pent-house para ayudarme a hacer las maletas. Era una buena amiga, la única, y sus padres fueron los que se opusieron a mi petición.

Conocí a Ingrid en la escuela y nuestra amistad se consolidó gracias a que nuestras madres también hacían obras de caridad juntas; por lo tanto, hubo muchas oportunidades para compartir tiempo en clases y en eventos sociales, lo que hizo que nuestros encuentros tomaran un enfoque más personal. Su padre era dueño de una compañía de transporte aéreo, y su madre era una ex reina de belleza que después de su matrimonio se dedicó a las causas humanitarias, no tanto por las causas en sí, sino por el interés de aparecer en las reseñas de los medios de comunicación. Siempre estuve presente cuando Ingrid pasó por situaciones desagradable: por ejemplo, cuando Tom Broderick le rompió el corazón, fui yo quien le sostuvo de la mano para consolarla y aconsejarla mientras caminábamos por el Parc des Buttes-Chaumont; cuando sus padres estuvieron a punto de divorciarse, la acompañé a las sesiones de terapia en el Beramont Clinic; cuando su molesta gata de angora, Sabrina, fue atropellada por un coche, la llevé a la consulta del veterinario; y cuando su abuela falleció, ofrecí desinteresadamente mi hombro para que se apoyara y llorara.




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