Isabella

3. Villa Hermosa

3 VILLA HERMOSA

Dejar París fue, por mucho, la experiencia más traumática, dolorosa y terrible que he tenido que pasar en mi vida; pero nada, absolutamente nada, me preparó para el hecho de tener que dejar a mi padre en el aeropuerto, solo, sin esperanza, desesperado y con los ojos llorosos. Experimenté, por primera vez, un sentimiento difícil de precisar mezcla de dolor, miedo y confusión que me abrumó y me hizo sentir como una hoja azotada por las inclemencias del viento. Esa sensación se mantuvo conmigo durante muchos días. Simplemente no hay palabras que lo puedan describir y ni siquiera intentaré explicar la profunda desolación que he sentido desde entonces. Sus palabras de despedida aun retumban en mi cabeza:

—Cuídate, mi hermosa Isabella. Compórtate y haz lo que te digan. A primera vista, Margarita y Gloria pueden parecerte extrañas, pero son buenas personas, créeme. Te quiero, mi Isabella, mi querida hija. ¡No lo olvides nunca! —luego apretó sus labios contra mis mejillas en un beso paternal y cálido que venía acompañado de lágrimas y suspiros. Después me abrazó tan fuerte que pensé que se me habían roto los huesos.

Nos separamos con tristeza, incertidumbre y dolor. Caminé con apresuramiento hacia el mostrador de inmigración, sintiendo sus ojos a mis espaldas. No tuve el coraje de girar para despedirme, ya que le prometí ser valiente y aguanté mis propias lágrimas hasta que estuve fuera de su vista. Entonces, lloré un océano hasta que no me quedaron más lágrimas por llorar. En este viaje, que hacía en contra de mi voluntad, no tenía expectativas. Aprendí hace mucho tiempo que las expectativas pueden ser engañosas y en esta etapa de mi vida no podía permitirme el lujo de acumular más decepciones.

Después de ocho horas de vuelo y dos más en un autobús tan destartalado como las personas que me rodeaban, llegué a mi destino sin recordar cómo había llegado hasta allí. Quizás, porque ocupé la mayor parte del tiempo sintiendo lástima conmigo misma. Al final, Villa Hermosa resultó ser exactamente como la había imaginado: un infierno ardiente, un lugar olvidado por el mundo, una pesadilla viviente. Sin embargo, todavía tenía que abordar un último barco para llegar a la región sur del pueblo, donde supuestamente se ubicaba el rancho Piedra Azul, lugar que sirvió de escenario para los amores fallidos de mi bisabuelo Francisco.

Preparé con mucho sigilo mi atuendo para el viaje, pero, bastó solo un vistazo al puerto para darme cuenta de que la elección de mis zapatos no era la más adecuada para la ocasión, ya que estar calzada con tacones de punta fina no era conveniente para aquel ambiente tan rural y primitivo. Además, el clima no cooperaba y amenazaba con volverse más cálido y duro. Mi piel no soportó tanta tortura: estaba roja y adolorida, pero la vista de las tranquilas y oscuras aguas del río Amazonas, amplio y poderoso con su semblanza a mar, con su flujo serpenteante como una tela acuática, me dio la sensación de paz que necesitaba desesperadamente. Era un paisaje digno de admirar, de esos que suelen aparecer en las revistas y las postales. Sin embargo, los alrededores no eran tan prometedores como el río. El muelle apestaba, un olor penetrante supuraba por todas partes y provenía de una carga de pescado y camarones de río que un grupo de pescadores ruidosos descargaba en la misma plataforma en que los pasajeros esperábamos para abordar, esparciendo sus asquerosos olores por el aire. Y por si eso no fuera suficientemente molesto, tres sucios perros callejeros que vagaban en busca de comida se acercaron a mí para olfatear, sin decoro, mis exclusivos zapatos Dolce & Gabbana, y uno hasta hizo el intento de alzar su pata para orinarme, pero un ligero toque de mi tacón sobre su panza fue suficiente para que se alejara.

Suspiré. ¿En qué lugar del mundo me encontraba? ¿Cuánto tiempo estaría allí? Para alejar la incertidumbre de mi cabeza, decidí enfocarme en mi maquillaje. Ubiqué la polvera en mi bolso de mano, y observé mi imagen reflejada en el espejo. Mi maquillaje se había mantenido casi sin alteración; no obstante, la inoportuna brisa amazónica zarandeaba mi cabello como bandera de barco. Por otro lado, la batería de mi teléfono móvil estaba muerta, insoportablemente muerta, por lo cual todo intento de contactar a mi padre estaba descartado. Me di cuenta de que los aldeanos me lanzaban miradas furtivas. Estaba segura de que esa gente jamás había visto un atuendo de Carolina Herrera por aquellos lados. Pero yo estaba decidida a no dejarme vencer por la pobreza y aunque esta tocó a mi puerta sin ser invitada, no había motivo para no ser la pobre más elegante de Villa Hermosa. Estaba convencidísima de que ni la elegancia ni el buen gusto debían ser dejados de lado en ninguna circunstancia.

A mi alrededor, todo era caos y bullicio. Sudorosa, sedienta y hambrienta, esperé en la cola para abordar el barco, que no se parecía a ninguno de los cruceros de Carnival Cruise a los que yo estaba acostumbrada, ya que era más bien una gran embarcación, oxidada y dañada por el salitre que solo podía transportar un máximo de 25 personas. Mientras miraba con escepticismo este medio de transporte tan rústico, vi a un hombre de uniforme acercándose a nosotros:

—Siento informarles que el abordaje se retrasará media hora más —dijo con ese tono de voz monótono usual en los proveedores de servicios.

—¿Qué? Otro retraso más. ¿Es que nada sirve en estos países tercermundistas?

Los reclamos de los otros pasajeros no se hicieron esperar, pero después de pensarlo bien vi que era la oportunidad de ir por algo de comer y beber. Me aventuraría por los alrededores, alguna tienda debía haber. A unos cuantos metros observé lo que parecía ser un escueto centro comercial, y digo escueto, porque era una estructura endeble de dos pisos, con vigas de acero carcomidas por la humedad, que tenía letreros de todos los tamaños y colores, escritos a mano que anunciaban el tipo de comercio que allí laboraba. Enrumbé mis pasos, arrastrando mi equipaje, hacia el que decía “Parador Turístico”, pues un agradable olor a pollo frito se colaba en el ambiente. Me sentía como una aventurera que doblegada al mundo a sus pies.




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