Isabella

4. Piedra Azul

4 PIEDRA AZÚL

La mayoría de los pasajeros había dejado el muelle. Eran casi las tres de la tarde y un puñado de nubes negras se deslizaba por el horizonte amenazando con lluvia. El río Amazonas dejó de ser el lugar apacible que me recibió para convertirse en una masa de aguas negras que se agitaba con violencia. Comencé a preocuparme porque mi tía Gloria no aparecía y las personas ya empezaban a abandonar el muelle. Miré a mi alrededor para aplacar mis temores. La vista de los pequeños y coloridos botes y barcazas moviéndose por el río me tranquilizó un poco, y me distraje observando a un grupo de pescadores que descargaba un lote de pescado en unos contenedores plásticos y hacían bromas a pocos metros de mí. Entonces, mis ojos se posaron en una pancarta desteñida, que decía "Bienvenidos a Villa Hermosa", que estaba colgada entre dos palos de madera a cierta distancia, aunque yo no me sentía bienvenida en modo alguno. Lo de “Villa Hermosa” me pareció un eufemismo tirado por los pelos, pues no le veía la hermosura por ningún lado. El viento del río soplaba con fuerza y temí que se estuviera formando una tormenta tropical que me dejaría atrapada en aquel muelle destartalado. Lamenté no haber aceptado la oferta de Tomás de llevarme a casa; pero, ¿A cuál casa? Ni siquiera sabía en qué dirección quedaba Piedra Azul. Entonces, los temores me embargaron nuevamente ¿Y si mi tía no aparecía? No me molesté en escribir ni su dirección ni su número telefónico en un papel para contactarla. ¿Cómo pude ser tan tonta? Debí tomar mis previsiones. Entré en pánico y comencé a rezar, a pesar de no ser muy religiosa, pidiendo a todos los santos que mi tía apareciera de una vez por todas.

Mi vida había cambiado tanto en los últimos días, y con más cambios aún por venir, que la sensación de estar a la deriva era un sentir constante. Villa Hermosa estaba tan lejos del resto del mundo, tan lejos de papá, tan lejos de Ingrid, que mi ansiedad estaba virtualmente perforando un agujero en mi estómago. ¿Serían mis parientes amables conmigo? Sin un céntimo en mi cartera, dependería totalmente de ellos para vivir, y ese hecho me aterraba. Por otro lado, estaba mi preocupación por el destino de mi padre. La sola idea de que podrían enviarlo a prisión me aterrorizaba. ¿Qué sería de nosotros? ¿Cuándo lo vería de nuevo? Ya no me quedaban lágrimas por llorar y la preocupación ahora era una constante en mi vida.

Entonces, desde el muelle de carga, vi a una mujer que venía caminando hacia mí. Su llamativa blusa fue lo primero que llamó mi atención: era colorida y el diseño impreso en la tela era de un paisaje tropical, con guacamayas y loros incluidos. Al acercarse, noté su rostro redondeado, su largo pelo marrón apretado en una cola de caballo y su nariz perfilada. El rostro me recordaba a mi madre. Apresuradamente, corriendo con los brazos abiertos, comenzó a gritar mi nombre cuando todavía estaba muy lejos de mí, lo que provocó las miradas burlonas de los pescadores y mi vergüenza:

—Isabella, querida. Eres la viva imagen de tu madre —dijo la desconocida y sus ojos se humedecieron con lágrimas.

Me encontré atrapada en sus brazos, siendo besada y abrazada, pero todo lo que podía pensar era en las palabras de mi padre catalogándola a ella como adivina, y ella ciertamente parecía a una. Mi tía Gloria dijo, con mucho entusiasmo:

—Perdón por el retraso, pero Augusto, mi esposo, tuvo algunos problemas en la plantación de café y no pudo acompañarnos; lo verás durante la cena. Y luego, nuestro camión no arrancó y Mauro tuvo que hacer su magia para hacer que el motor rugiera. Pero ahora estamos aquí, cariño. ¿Qué tal el viaje? ¿Tienes hambre? —el tono de su voz era agudo y nasal, y pensé que sería una tortura si tenía que escucharla más de dos horas seguidas.

Luego, sin esperar mi respuesta, continuó:

—Esta es mi hija, Lolita —y señaló a una chica que estaba a unos cuantos pasos de mí, tan alta como yo, de figura atlética, con el cabello negro liso y ojos negros oblicuos, que me miraba como si yo fuera su más odiada enemiga. Se notaba, en cualquier caso, que no estaba de acuerdo con mi presencia allí y no tenía intención de ocultármelo. Un perro defendiendo su territorio hubiera sido más dócil que Lolita defendiendo el suyo. Tuve que recordarme que estas personas eran mi familia, sin importar cuán extraños parecieran, y fue algo que repetí en silencio mientras iba camino al camión. Después de todo, me dije, esta situación se pensó como un arreglo temporal, y sólo tenía que pasar por ella hasta que mi padre se repusiera.

Caminamos todos juntos hacia el estacionamiento, cuando un hombre oscuro, de apariencia humilde y recatada, de rasgos indígenas, a la vista de Gloria corrió hacia nosotros para ayudarme con el equipaje.

—Él es Mauro, Isabella, y trabaja para nosotros en la plantación, y a veces sirve como nuestro conductor.

El hombre tomó mi maleta sin mediar palabra y se dirigió a un camión rojo y destartalado que estaba estacionado muy cerca del muelle. Gloria ocupó el asiento delantero, mientras Lolita y yo compartimos la parte trasera. Bajé la ventanilla para disfrutar de la vista de Villa Hermosa y escapar de las miradas acosadoras de Lolita, al menos durante el tiempo que durara el viaje. El camión rugió varias veces antes de arrancar, y luego se trasladó del muelle a una calle bulliciosa llena de vendedores ambulantes y tiendas de baratijas, cuyas vistas y olores presumían la pobreza de sus habitantes. Un olor a fritanga me alcanzó y alborotó mi hambre, pero no dije nada. Pronto dejamos ese pueblo atrás y conectamos una avenida más amplia y agradable que conducía hacia las afueras.




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