Desde su llegada a Villa Hermosa, Maximiliano estuvo ocupado trabajando en su oficina con la oferta para la compra de Piedra Azul. Todas las cláusulas, términos y condiciones fueron revisados por el Departamento Legal, para ofrecerle a Augusto Sulbarán un trato muy ventajoso, que no pudiera rechazar. Durante esos dos últimos días, ningún miembro del equipo durmió mucho y ya mostraban signos de la fatiga acumulada, pero, finalmente, el contrato estaba listo y con ello los días de cansancio terminaban. Maximiliano se dirigió a ellos:
—Lo logramos, sé que todos ustedes trabajaron duro e hicieron un gran trabajo. Son un gran equipo, y su compromiso será recompensado, pero ya hablaremos de eso posteriormente, ahora, vayan a casa y descansen.
Los empleados recogieron sus archivos y documentos y dejaron la oficina. Maximiliano y Tomás se quedaron.
—Lo único que queda por hacer es entregárselo al señor Sulbarán. Si me apresuro, podré alcanzarlo en su casa —le expresó Maximiliano a Tomás, metiendo el documento en su maletín esperando que, esta vez, Augusto considerara la oferta.
Tomás estiró los brazos sobre su cabeza y bostezó, estaba muy cansado. Confiaba en Maximiliano para cerrar el trato, ya que había sido agotador soportar el arrebato de Alejandro cada vez que Augusto rechazaba su propuesta.
—Tu padre estará orgulloso. Trabajaste duro y estoy seguro de que esta vez lo conseguirás. De todos modos, ¿cómo van las cosas entre ustedes dos?
Su amigo inclinó la cabeza y pensó en la conversación que tuvo hace poco con su padre:
—Están muy tensas. Cuanto más quiero acercarme, más distantes estamos. Es un tipo duro, nunca muestra sus verdaderos sentimientos. Es muy difícil mantener una conexión cuando sólo una parte está interesada. No soportamos estar en la misma habitación más de un par de horas, así de malas están las cosas.
Tomás asintió con la cabeza y Maximiliano continuó:
—No sé qué más hacer. Tal vez no soy lo suficientemente paciente con él y necesito esforzarme más. Ricky parece manejar todo mejor que yo. Mi hermano es el favorito de mi padre, supongo, y se llevan muy bien, ya que mi hermano siempre lo complace en todo.
Tomás se puso de pie, tomó un vaso y se acercó al dispensador de agua. Maximiliano cerró el cajón de su escritorio y recordó la cena de su madre:
—La cena de nuestra familia se hará esta noche. Mi madre volvió de Bogotá y tiene a todos en la casa trabajando para la celebración. Apreciaré tu compañía porque no quiero entablar charlas tontas con los amigos de mi padre. ¿Quieres pasarte por allá?
Tomás frunció el ceño, tampoco estaba cómodo con Alejandro, así que se excusó:
—No lo creo; no estaré en medio de un asunto familiar.
—Vamos, tú también eres de la familia. Si no vas, tendré que decirle a mamá que rechazaste su invitación, y Rebeca también se sentirá muy decepcionada —dijo Maximiliano burlándose de su amigo.
Los ojos de Tomás se iluminaron:
—En ese caso, puede que vaya un rato.
—Ok. Nos vemos, entonces. Bueno, debo irme ahora.
Maximiliano echó un vistazo por la ventana para comprobar el tiempo. En Villa Hermosa, como en cualquier otro pueblo tropical, no es raro que la lluvia sorprenda cuando menos se espera; pero esa mañana brillaba bastante el sol y se elevaba por las montañas púrpuras de los Picos de Altamira, por lo que la posibilidad de lluvia era nula. Maximiliano se despidió de su amigo, se dirigió a la puerta y desapareció por el corredor.
Le tomó sólo media hora llegar a Piedra Azul, cuya exuberante vegetación, con sus altos árboles alineados como soldaditos de plomo, daba una calurosa bienvenida a todo visitante. Siempre le había parecido a Maximiliano que la estructura de Piedra Azul semejaba a la de un castillo británico. Estaba consciente de la situación financiera de Augusto, pero también sabía que el hombre era malhumorado y terco, y convencerlo para que vendiera su propiedad no era una tarea fácil, pero enfrentarse a gente difícil era parte del trabajo y estaba habituado a ello.
Aparcó su van cerca de la entrada y observó los alrededores. No había nadie por ninguna parte, y la vieja camioneta de Augusto tampoco estaba a la vista, así que salió de la van y caminó hacia la puerta, esperando que hubiera gente dentro. Frunció el ceño, tocó tres veces y esperó unos minutos, pero tampoco se escuchaba nada. Cuando estaba a punto de irse, oyó pasos que se acercaban, así que esperó un poco más. La puerta se abrió de repente y, para su sorpresa, quien se encontraba frente a él era la chica que conoció en la cabina del capitán en su último viaje: la chica de barro.
—Entonces, eres tú, otra vez —fue el frío saludo de Isabella, quien fingió no estar sorprendida por la presencia del abogado en la casa. Maximiliano, por el contrario, estaba visiblemente asombrado porque de todos los lugares en los que podía haber imaginado encontrarla, el rancho de Augusto era la última de sus opciones. Isabella estaba sucia y cubierta de polvo porque se hallaba limpiando la cocina en ese mismo instante.
—Me alegro de verte, y recuerdo que te debo una disculpa. Supongo que estar sucia es lo tuyo, cuando te conocí estabas cubierta de barro y, ahora, estás cubierta de polvo.
Isabella miró hacia abajo y se dio cuenta de lo que Maximiliano quería decir, vestía los trapos de Lolita y su imagen, poco favorecedora, desalentaría hasta al espectador más indulgente. Aun así, sintió que no era cortés aparecer frente a la puerta para insultar a un residente de la casa.