Mi abuela Margarita estuvo muy preocupada porque desde el día anterior no había tenido noticias nuestras; a pesar de que Augusto y Gloria le habían anticipado que el retraso se debía, probablemente, a las fuertes lluvias que azotaban la zona. Augusto, quien no estaba preocupado en absoluto por nuestra demora, muy temprano, se marchó a la plantación, mientras Gloria y Yolanda se ausentaron para ir al pueblo por las compras diarias.
Mi abuela Margarita y Lolita se instalaron, esa mañana en las mecedoras de mimbre del porche, atisbando constantemente hacia la carretera, esperando nuestra llegada. No fue hasta las diez de la mañana cuando, finalmente, llegamos a Piedra Azul.
—¡Gracias a Dios están bien! —fue lo primero que exclamó abuelita, tanto pronto nos bajamos de la camioneta, pues hasta ese momento no había dejado de pensar en todos los posibles percances que pudieron habernos pasado en el camino.
Lucy la saludó y se quejó:
—Fue una pesadilla llegar a salvo. Desde ayer no ha dejado de llover en la jungla. La lluvia nos agarró cuando intentamos salir del campamento y el camión se averió. Nos quedamos varadas en medio de la carretera y fuimos rescatadas por los indígenas.
Lucy hizo una pausa para añadir maliciosamente:
—Pero nunca se imaginarán a quién encontré en el campamento —hizo una pausa, y luego prosiguió— fue a Maximiliano Fontaine, quien, por cierto, también estaba entregando una donación. Isabella parece estar en muy buenos términos con él, porque no dejaron de hablar toda la noche.
A mi abuela Margarita pareció no agradarle mucho lo que escuchó, porque volteó a mirarme como si yo hubiera cometido un delito. Agregó con amargura:
—Esa gente está en todas partes. Son como moscas, moviéndose de un lugar a otro, y molestando todo el tiempo. Tengo la sospecha de que Maximiliano está interesado en Isabella. La última vez que se apareció en la casa con su propuesta de compra, vi que tenía ese brillo especial en los ojos cada vez que la miraba, como un animal cazando a su presa. Pero no permitiré que mi nieta caiga en sus garras. Isabella no lo volverá a ver.
Me sorprendió que la abuela dispusiera de mi tiempo y mis afectos al pronunciar, con tanto vehemencia, como un juez emitiendo una sentencia, que no lo volvería a ver, sobre todo cuando mi intención era totalmente la contraria. Así que tuve el impulso de aclarar:
—Vamos, abuela. Estás exagerando, las cosas no son como las dices. Maximiliano es sólo un amigo, nada más. Lo conocí en el barco que me trajo a Villa Hermosa y siempre se ha comportado como un caballero.
Lucy le sugirió a la abuela, levantando una ceja y haciendo una mueca:
—Tal vez es hora de que tengas la charla con Isabella.
La abuela asintió, mientras Lolita y yo intercambiamos miradas, de esa manera particular que tenemos las jóvenes de compartir secretos. Abuelita invitó a Lucy a almorzar, pero esta se excusó alegando que debía volver a la oficina porque tenía mucho trabajo por hacer. Y habiendo dicho esto, se despidió, subió a su camión y volvió a la carretera.
Fue, entonces, cuando mi abuela Margarita giró su cabeza hacia nosotras, cruzó sus brazos en la cintura, y expresó con gran entusiasmo:
—No tienen excusa para estar aquí sin hacer nada, ¡Vayan a la cocina a saborear mi famoso pollo a la pimienta!
Solté una gran carcajada, porque por primera vez estar en Piedra Azul se sentía como estar en casa.
—Créeme, abuela. Pollo es todo lo que quiero después de tanto pescado —dije yo, abrazándola y caminando hacia la casa, con Lolita a nuestras espaldas, quien ya se burlaba de mi ropa y preguntaba:
—Por cierto, ¿qué clase de ropa es esa?
Entorné los ojos, antes de responderle:
—Ni siquiera preguntes, Lolita. Es parte de la ropa que los nativos reciben como donaciones. La acumulan en una choza que sirve como almacén, pero no les sirven para nada, pues son muy calurosas y sólo usan trapos.
Suspiré profundamente al sentir el olor a pollo frito y puré de papas que salía de la cocina. Salivé como perrito faldero. Lolita y yo tomamos nuestros lugares en la mesa, mientras la abuela se ocupaba de servir la comida. Mi prima exclamó con picardía:
—Eres la vegetariana más carnívora que he visto en mi vida, comes carne de cerdo, de res, tocino, huevos y pollo todo el tiempo.
Me reí y respondí muy picada:
—Eso fue en mi otra vida. Ahora valoro esto —y tomando un trozo de pollo, honré la costumbre indígena de comer con las manos, porque nadie puede negar que comer pollo con cuchillo y tenedor es tan poco práctico como cortar una naranja con una cuchara.
La abuela sonrió y se sentó junto a nosotras. Cocinar para sus dos únicas nietas era algo que la apasionaba.
—No entiendo la manía de las jóvenes por verse flacas y pálidas, morir de hambre no es una moda sino una vergüenza y es una locura someter al cuerpo a tal castigo voluntariamente.
Lolita y yo estuvimos de acuerdo. Entonces, Margarita anunció que teníamos tarta de limón por postre, y caminando hacia la nevera, sacó la tarta prometida. Justo entonces, haciendo referencia a lo dicho por Loca-Lucy, pregunté: