A la mañana siguiente todavía sentía la alegre emoción producida por la visita furtiva de Maximiliano y la charla con mi padre. Con los ojos bien abiertos, todavía disfrutando la calidez de la cama, estiré los brazos y bostecé. La noche fue larga, pero ahora era el momento de levantarme. Tarareando una canción de amor que Gloria solía sintonizar en la radio últimamente y sintiendo la alegría de estar viva y enamorada, me dirigí a la cocina con una sonrisa en el rostro. Lolita y Gloria estaban en la mesa charlando sobre los nuevos colores de las cortinas de la sala, ya que se acercaba la Navidad y era necesario hacer algunos arreglos. Margarita estaba preparando el desayuno entre ollas y platos, lo que no le impidió notar mi recién adquirida felicidad:
—¿Hay alguna razón por la que estés tan feliz hoy, Isabella? —preguntó abuelita, mientras vertía un poco de leche en un bol para hacer tortitas.
Tomé un pedazo de pan de la cesta y me senté junto a Lolita, masticando y respondiendo con la boca llena:
—No, abuela. No hay ninguna razón, sólo estoy feliz de estar viva.
Me miró a través de sus gafas como si quisiera hurgar en las profundidades de mi mente, y desvié mi mirada por temor a que leyera mis pensamientos. Lolita y Gloria sonrieron porque estaban acostumbradas a mis excentricidades y las aceptaban sin cuestionarlas.
—Te conozco, Isabella. Estás tramando algo. ¡Sólo Dios sabe qué!
De hecho, la intuición de la abuela era algo fuera de lo común. Parecía saberlo todo; tal vez, era la influencia de los fantasmas la que le proporcionaba los medios para predecir eventos futuros. Me preocupé al pensar que la abuela sabía de mi relación con Maximiliano y no decía nada. ¿Le habrían dicho los espíritus algo al respecto? De cualquier manera, no era cuestión de preocuparme por incertidumbres.
Margarita sirvió el desayuno y todas nos sentamos a disfrutarlo, pero aun así me acosaba con preguntas para que le dijera lo que pasaba por mi cabeza. Gloria reclamó:
—Deja a la pobre chica en paz, mamá. Si está triste, te preocupas porque está triste, y ahora que está feliz, también te preocupas porque está feliz.
—Gloria, sé de lo que estoy hablando. Desde que me desperté he tenido esta extraña sensación de que algo va a pasar, algo que no me va a gustar.
Gloria y Lolita intercambiaron miradas, que la abuela sintiera que un evento se acercaba era algo de lo que había que inquietarse y palidecieron. Por mi parte, yo no entendía por qué reaccionaban de esa manera, pero pronto lo sabría.
Mi tía terminó de comer sus panqueques y tomó una taza con un poco de café. Tuvo que darse prisa porque algunos clientes vendrían y debía arreglar sus implementos de adivinación. Lolita fue tras ella para ayudarla.
La abuela se quedó para lavar los platos, mientras yo terminaba mi desayuno. De esta forma, tuve la oportunidad de hacerle una pregunta que había estado rondando mi cabeza desde el día que llegué.
—Abuela, ¿mi madre habla contigo?
Se giró para mirarme y puso los platos en el fregadero, tomó una silla y se sentó a mi lado.
—A veces, querida. No como tú y yo hablamos. Los espíritus tienen su propia forma de comunicarse, no siempre con palabras. A veces es una sensación que te abruma, otras un pensamiento persistente o incluso un susurro.
—¿Puedo hablar con ella?
—No es tan fácil, Isabella. Tal vez, algún día, cuando estés lista, ella lo hará. Es algo que no puedes forzar.
Ese día no pasó nada, todo era tan monótono y aburrido como de costumbre, pero la sensación de peligro se sentía por toda la casa. Cada ruido fuerte provocaba la exaltación de todos, las charlas eran ahora en susurros, los pasos, en silencio. Por el contrario, esa noche, Augusto estuvo más charlatán que nunca durante la cena, comentando que la cosecha de café estaba lista para ser recogida. La abuela, Gloria y Lolita asintieron con gravedad, impregnadas de ese espíritu lúgubre cuya sombra se extendía por todos los rincones. Yo no entendía por qué una noticia alegre fue recibida con tan poca empatía.
A medianoche, un rugido agudo, como el de un animal herido, resonó e hizo temblar las paredes; no era el rugido habitual de Maia, sino un grito profundo, desgarrador, que me puso los pelos de punta. Mi habitación estaba a oscuras y me costó encontrar la puerta, cuanto llegué al pasillo, corrí a la sala en pijama y descalza. Ya estaban allí la abuela, Gloria y Lolita, unidas en un solo abrazo.
—Ven, Isabella —abuelita me abrió sus brazos y me abrazó también.
—¿Qué es eso? —pregunté al borde de la histeria— ¿Un terremoto?
Nadie respondió. Lolita también sentía el miedo a lo desconocido, y la abuela pensó en la conveniencia de ir a la cocina por un vaso de agua azucarada para calmar los nervios de todas.
—¿Y mi padre? —le preguntó Lolita a Gloria, visiblemente asustada.
—Ni siquiera un elefante hubiera podido despertarlo —respondió ella, cruzando los brazos sobre el pecho, mirando por la ventana a Mauro y Yolanda, quienes buscaban afuera la causa del rugido.
—¿Qué es? —pregunté, viendo sus caras angustiadas.
—No lo sé. Nunca habíamos escuchado algo parecido —contestó Gloria.