Isabella

10. Una gran Sorpresa

El cielo estaba despejado, sin nubes oscuras amenazantes a la vista, lo que era bastante sorprendente considerando que la temporada de lluvias acababa de comenzar. Pero incluso en los peores climas, la naturaleza nos concede días de verano inesperados dispersos en la estación. Mientras me acercaba a Piedra Azul, con Lucy concentrada en el camino, tuve sentimientos encontrados sobre los últimos eventos ocurridos en mi vida. Maximiliano se había ido y el vacío que dejó era abrumador, su traición no me hizo olvidar los escasos momentos especiales que compartimos en la selva, ni cambió mi amor por él, el cual aparentemente se incrementaba con el paso del tiempo. Mi padre estaba a punto de comenzar una nueva etapa personal y profesional, y Lolita, hermana, amiga y compañera de travesuras, pronto se iría a cursar estudios superiores.

Estas circunstancias me empujaban a una profunda y oscura soledad, cuyos tentáculos empezaban ya a asfixiarme. A la deriva, meditando sobre los giros del destino, sabía que era hora de concentrarme en el rumbo que tomaría mi vida de ahora en adelante. ¿Debería volver a Francia? Si es así, ¿cómo sería mi relación con Rose? Recordé que no fui muy amable con ella; tal vez, no querría tenerme cerca, eso era seguro. ¿Cómo sería ella como madrastra? ¿Y si me quedo en Villa Hermosa?

Lucy manejaba en silencio. Íbamos de regreso a Piedra Azul, cada una perdida en sus propios pensamientos. Pronto, comencé a ver los paisajes familiares y supe que nos faltaba poco para llegar. Finalmente, Piedra Azul estaba a la vista y me alegré de haber llegado. En un estado de euforia, saqué la cabeza por la ventana. La casa se veía tan blanca y brillante, con el sol dándole de frente, como una joya reluciente en el medio de lo boscoso. Mi espíritu se regocijó.

Se veían las figuras de la abuela Margarita y Gloria balanceándose en las mecedoras del porche, abanicándose y charlando alegremente. Al oír el camión, Lolita salió de la casa a toda prisa y se unió a su madre y a su abuela en actitud expectante. Sus rostros estaban ansiosos, supe que algo estaba pasando, pero no podía descifrar qué.

Lucy aparcó cerca del porche, y corrí hacia la casa. Entonces, la puerta principal se abrió y una figura familiar salió a saludarme. La silueta me resultaba conocida: calvo, de rostro amable y figura robusta, ya me estaba abriendo los brazos para abrazarme: era mi padre y estaba en Villa Hermosa. Mis piernas empezaron a temblar y mi respiración se hizo más agitada. Habían pasado seis meses desde la última vez que lo dejé llorando en el aeropuerto, lleno de incertidumbres, hundido en problemas. No sé cuántas lágrimas lloré, ni la distancia que corrí para abrazarlo. Él también me abrazó con lágrimas en los ojos, y la abuela, Gloria y Lolita lloraban silenciosamente de alegría con la más profunda emoción.

—Es hora de ir a casa, mi querida Isabella —y mi espíritu estalló de alegría; pero era una alegría extraña, porque una parte de mí se quedaría por siempre en Villa Hermosa.

No podía creer que mi padre estuviera allí, y el hecho de que muy pronto yo también estaría en París me llenaba de una honda excitación. La vida era genial, después de todo. Pero entonces sentí que mi corazón se encogía, dejar Villa Hermosa significaba también dejar a la abuela, a Gloria y a Lolita y un sentimiento horrible me acongojó, porque percibí lo que sería mi vida sin ellas. Caminamos en silencio hacia la casa.

Esa noche Augusto presidió la cena, lo que no había hecho en mucho tiempo. Se sentó a la cabecera de la mesa, actuando como anfitrión, permitiéndose un momento de complacencia con la familia. Su mal humor habitual se restauró, pero con mi padre fue cortés y educado. Gloria, a su lado, ya no mostraba huellas de angustia, sus ojos brillaban y su sonrisa era amplia. Margarita, enfrente de mí, como una atención a mi padre encendió las velas de un viejo candelabro de hierro forjado, cuyo brillo trajo un ambiente cálido y solemne al comedor. Lolita estaba a mi lado y me susurró al oído:

—Nunca pensé que te fueras antes que yo, pero me alegro mucho por ti, Isabella. Tenemos que mantenernos en contacto. No seré como tu amiga Ingrid, que te olvidó tan pronto te fuiste. No te librarás de mí.

Sonreí, Lolita era de la familia, y esperaba mantener mi vínculo con ella dondequiera que estuviera.

—Por supuesto, estaremos en contacto. ¿Sabes algo de Ricky? —susurré para que nadie pudiera oírme.

—No. Ya no está en Villa Hermosa. Dicen que regresó a Portugal. Pero él sabe que estaré en Harrison en una semana, y estoy segura de que me contactará allá.

La abuela hizo, para la ocasión, uno de sus platos especiales a base de cordero y verduras. Mi padre se tomó unos minutos para agradecerles el considerable cuidado que me habían dado.

—Aprecio lo que hicieron por mi hija. Pasamos momentos difíciles, pero afortunadamente, todo ha quedado atrás —dijo mi padre con una amplia sonrisa.

Todavía no podía creer mi suerte. París estaba ahora al alcance de mi mano, pero todos esos meses en Villa Hermosa me hicieron amar sus paisajes y su selva, y mi partida me entristecería de muchas maneras. Echaría de menos a los indígenas, así como a Maia, y ciertamente a la abuela, Gloria y Lolita; en cuanto a Augusto, no estaba tan segura. Mi padre se quedaría dos días más para visitar a algunos de sus viejos conocidos, así que yo tenía dos días para despedirme de mi familia y de la selva.

Yolanda entró con Mauro y colocó los platos delante de cada uno. Empezamos a comer, mientras mi padre decía:




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