A medianoche, sola en mi habitación, con los ojos bien abiertos porque el insomnio no me dejaba dormir, me senté al borde de la ventana a mirar el jardín de mi abuela, tan lleno de lirios y margaritas. La fragancia del amistoso naranjo que había sembrado mi madre me relajó y medité largo tiempo a mis anchas. Aun me asombraba que Maximiliano fuera el salvador del negocio de mi padre, que hubiera restaurado su reputación y que fuera su nuevo socio en una nueva empresa. Por otro lado, no sólo había comprado Piedra Azul, sino que planeaba devolvérsela a mi tío Augusto, quien tuvo que tragarse su orgullo porque su inteligencia le alcanzó para reconocer que se trataba de una propuesta ventajosa.
Maximiliano no tenía razones para hacer esas cosas, excepto que las hubiera hecho por mí, o porque fuera tan buen samaritano que no le importara ir regalando grandes cantidades de dinero al azar. Un estremecimiento recorrió mi cuerpo al pensar en que aún me amaba. Debió haber gastado una fortuna ayudando a mi familia, pero había ciertas cosas que no tenían sentido; por ejemplo, la rubia despampanante de la cafetería. ¿Cuál era su papel en la vida de Maximiliano? Si era su novia, y lo único que quería era pasar el tiempo conmigo ¿Por qué se había tomado tantas molestias? Tenía que hablar con él para aclarar las cosas, pero no sabía en dónde encontrarlo.
A pesar de las tristes circunstancias que rodearon nuestra ruptura, el hecho de que Maximiliano tuviera negocios con mi padre, tarde o temprano, me daría la oportunidad de verlo, eso era innegable, pero ¿Estaría lista para enfrentarlo? ¿Dónde estaba? Lo único que sabía era que vivía y tenía negocios en Madrid. Tal vez, tendría que ir a España. Pero, primero hablaría con mi padre para indagar cuánto sabía él de nuestra relación.
A la mañana siguiente, antes de que papá saliera a visitar a sus viejas amistades, quise tocar el tema, pero él malinterpretó el asunto y pensó que yo estaba preocupada por la presencia de Rose en nuestras vidas. Para tranquilizarme me dijo que ella se había quedado en París para finiquitar la compra de una casa en nuestro antiguo vecindario y que esperaban que yo viviera con ellos, si ese era mi deseo. Entonces, agregó:
—El pequeño Terry, Brandy y Lucki viven con nosotros, ya que Ingrid me contactó hace unos meses para decirme que ya no podía ocuparse de ellos. Rose ama a los perros como loca y se hicieron amigos en cuanto se vieron. Mira, tengo una foto de ellos —y sacó una de su billetera en donde Rose aparecía jugando con mis tres perritos en el césped.
—¡Qué mala amiga resultó ser Ingrid! —dije en voz alta, preguntándome cómo pude equivocarme tanto al elegir a mis amistades. Ninguno de ellos permaneció a mi lado cuando las cosas se pusieron difíciles.
—¿Qué quieres hacer ahora, Isabella?
—No lo sé, papá. Puede que vaya a la universidad o que me dedique a un negocio o algo así.
Nicolás soltó una carcajada.
—Papá, ¿crees que es ridículo que vaya a la universidad?
—No, en absoluto. Pero Maximiliano me dijo que podrías tener ganas de ingresar a una y no le creí.
—¿En serio? ¿Qué más te dijo?
—Mucho, pero es demasiado tarde para hablar de ello —dijo en tono paternal y no pude obtener más información porque se le hacía tarde para sus reuniones. No lo volví a ver ese día, porque planeaba quedarse a dormir fuera.
En la noche, mientras merodeaba por mi habitación rumeando como un león enjaulado, planeando la forma de acercarme a Maximiliano sin que mi orgullo se viera comprometido, abrí la ventana para admirar el resplandor nocturno de la luna. Entonces, la vi. A lo lejos, la figura estilizada de Maia vagaba por la arboleda. Era un hermoso e imponente animal, emblema de fuerza y coraje, que se movía suavemente en círculos como queriendo llamar mi atención. Aquella noche no había brisa, por lo que las hojas de los árboles estaban muy quietas y no se escuchaba ni el cantar de las aves nocturnas ni el croar de las ranas, ni siquiera el susurro de las voces de los habitantes de la casa, porque a esas horas tardías mi familia estaba durmiendo. No podía apartar la mirada del jaguar que me envolvía con su mágico magnetismo y me sumía en un estado de mística ensoñación. Esa alteración de mis sentidos tornó mi mente en blanco, el tiempo se detuvo y una urgencia de ir al campamento de los nativos surgió de alguna parte de mi ser. Nunca había tenido ese tipo de experiencia sobrenatural, pero la sensación no era para nada aterradora. Una pacífica calma me rodeó y comprendí a fondo que la superchería y las leyendas que circulaban por Villa Hermosa no eran producto ni de la ignorancia ni del analfabetismo, como decía mi padre, sino que provenían de la conexión que compartimos todas las criaturas vivientes, en un mundo en el que las fuerzas de la naturaleza actúan por cuenta propia. ¿Me dijo Maia que Maximiliano estaba en el campamento? No lo sé ¿O tal vez fueron los fantasmas de la abuela? Nunca lo sabré, porque cuando abrí los ojos Maia se internaba en el bosquecillo y nunca más la volví a ver. Fue semanas después que me percaté que aquella aparición suya había sido un acto de amor y su despedida.
A la mañana siguiente me desperté con ansias de ir al campamento, preguntándome si lo que había presenciado la noche anterior era un sueño o un producto de mi imaginación. Sentada en mi cama, todavía recordaba la vivacidad de la experiencia.
Las voces de la abuela y Lolita y los sonidos familiares de la cocina me alcanzaron, y el pensamiento de que mi padre estaba en el rancho me animó. Corrí a la cocina, además de la abuela y Lolita, también estaba Gloria.