Las grandes montañas de las tierras de los Duarte se erguían como guardianes silenciosos, envueltas en una vegetación espesa y salvaje que trepaba por las laderas en capas de verde profundo, salpicadas aquí y allá por el amarillo de flores silvestres que se mecían con la brisa tibia. El aire llevaba el aroma terroso de la lluvia reciente, mezclado con el dulzor de la savia que rezumaba de los troncos agrietados. En el corazón de ese tapiz natural se alzaba el castillo de Matanza, una fortaleza de piedra grisácea que parecía haber brotado del suelo mismo, sus muros marcados por vetas de musgo y las cicatrices de vientos antiguos. Torres achaparradas flanqueaban la entrada principal, donde las puertas de roble reforzado con hierro crujían levemente al abrirse, dejando escapar ecos de vida cotidiana: el relincho distante de un caballo, el chirrido de una polea en algún pozo oculto.
El patio central, un cuadrado de tierra compacta salpicada de parches de hierba reseca, vibraba bajo el sol del mediodía. El calor se acumulaba en el aire quieto, haciendo que el polvo se levantara en nubes finas con cada paso, adhiriéndose a la piel como una segunda capa. Olía a sudor rancio y a madera astillada, con un toque subyacente de estiércol de los establos cercanos, donde los caballos pateaban el suelo con impaciencia. El silencio del lugar, roto solo por el zumbido ocasional de insectos, se interrumpía ahora por el choque seco de espadas de entrenamiento. Cada impacto resonaba como un latido irregular, madera contra madera, enviando vibraciones que se sentían en los huesos.
Los golpes eran rápidos, insistentes, un ritmo que aceleraba el pulso. Telmo, con el cabello pegado a la frente por el sudor, retrocedía un paso tras otro, su espada de roble crudo temblando en las manos. Marlon, más ágil, giraba el torso para bloquear, su aliento saliendo en jadeos cortos que levantaban polvo de sus labios agrietados. Uno de los golpes terminó mal: la espada de Telmo salió despedida, girando en el aire antes de caer al suelo con un sonido apagado, como un hueso seco rompiéndose bajo una bota.
Marlon se enderezó, limpiándose el sudor de la sien con el dorso de la mano, dejando una raya de tierra en la piel. Sus ojos brillaban con esa mezcla de triunfo y burla que solo los niños de doce años saben conjurar.
—Eres demasiado lento, Telmo. Ya esta es la quinta vez que te tumbo la espada —dijo, la voz entrecortada por la risa, pero con un filo que hacía eco de viejas disputas.
Telmo permaneció de pie, el pecho subiendo y bajando como un fuelle herrero. Bajó la mirada hacia el suelo, donde la espada yacía en el polvo, y apretó los labios hasta que se blanquearon. Se agachó despacio, los dedos hundiéndose en la tierra caliente al recoger el arma, y cuando se incorporó, frunció el rostro, los músculos de la mandíbula tensándose como cuerdas de arco.
—Solo me estoy dejando ganar, Marlon. Ahora sí voy a ir en serio —replicó, curvando los labios en una sonrisa juguetona que no llegaba del todo a sus ojos.
Marlon bufó, ajustando el agarre en su propia espada, el madera áspera rozando sus palmas callosas.
—Eso crees. Ya te he ganado varias veces. La sexta será igual, nunca luchas en serio —dijo, la voz subiendo un tono, como si el desafío le picara bajo la piel.
—Veamos a ver si eres tan grande —contraatacó Telmo, esta vez serio, plantando los pies con más firmeza en el suelo polvoriento—. ¿Qué tal si apostamos?
Marlon alzó una ceja, el sol reflejándose en las gotas de sudor que perlaban su frente, y sonrió con esa confianza que olía a victoria anticipada.
—¿Y qué quieres apostar? Ya no valen tus juguetes, esos te los quité la última vez.
Telmo ladeó la cabeza, los ojos entrecerrados contra la luz cegadora.
—¿Qué tal dos florideños? Yo los tengo... o tu familia no tiene para darte dinero —dijo con arrogancia, mirándolo de forma juguetona, pero con un matiz que hacía alusión a algo más profundo, como un eco de rencores adultos filtrándose en su juego.
Marlon se irguió, los hombros cuadrándose, y soltó una risa corta que sonó como un ladrido.
—¿Dos florideños? Claro que lo haré. Igual te gano fácilmente —respondió, confiado, aunque sus dedos se apretaron más en la empuñadura—. Solo no te pongas a llorar cuando te gane ese dinero.
Se colocó en posición de combate, separando los pies hasta que el polvo se arremolinó alrededor de sus botas desgastadas, y levantó la espada con seguridad, el brazo temblando ligeramente por el esfuerzo previo. Telmo lo imitó, ajustando el agarre con ambas manos, las palmas resbaladizas por el sudor que goteaba de sus muñecas.
—Eso quiero ver. Esta vez sí ganaré.
Tomó aire profundo, el pecho inflándose con el olor a tierra caliente, y alzó la espada de madera. Sus ojos se clavaron en Marlon, midiendo cada movimiento, cada parpadeo.
—A la cuenta de uno... dos... ¡ya! —gritó de forma muy energética, la voz rompiendo el aire como un látigo.
Las espadas chocaron con fuerza, el sonido seco de la madera resonando por el patio como un trueno lejano, una y otra vez. Telmo atacaba con golpes rápidos y directos, usando ambas manos para imprimir potencia, el impacto reverberando en sus hombros hasta hacerlos doler. Buscaba abrir la defensa de su rival, cada swing dejando un rastro de polvo en el aire. Marlon, en cambio, se movía con mayor soltura: giraba sobre sus talones, el suelo crujiendo bajo sus pies, retrocedía un paso, esquivaba por poco, obligando a Telmo a girar tras él, el sol quemando sus espaldas expuestas.
El calor se intensificaba, un peso invisible que ralentizaba los músculos, haciendo que el sudor corriera en riachuelos por sus cuellos, empapando las túnicas de lino burdo. Telmo sentía el ardor en los ojos, parpadeando para aclarar la vista borrosa, mientras sus pulmones ardían con cada inhalación de aire polvoriento.
—¡Oye! Eso no es justo —jadeó Telmo, el pecho agitado, los brazos pesados como plomo—. Siempre que ataco te la pasas escapando... solo corres.