El aire en la enfermería del castillo de Matanza colgaba
pesado, impregnado del olor a hierbas machacadas y lino
húmedo. La luz del atardecer se filtraba por una ventana
estrecha, proyectando sombras alargadas sobre las paredes de piedra fría. William se inclinaba sobre la cama donde Telmo
yacía, la venda en la ceja del chico un bulto irregular que
captaba la luz dorada. Los dedos de William se detuvieron un
instante en el borde de la manta, rozando la tela áspera, antes
de volverse hacia la curandera, que removía un cuenco de
arcilla con movimientos precisos.
—Curandera, una pregunta… ¿cuánto tiempo estará así mi
hijo? ¿Cuánto demorará en sanar? —preguntó, la voz baja, las
manos cerrándose en puños a los lados.
La mujer levantó la vista, sus ojos escaneando el rostro de
William antes de bajar de nuevo al cuenco, donde la pasta
verde giraba lentamente.
—Mi señor William —respondió, midiendo cada palabra, los
nudillos blanqueando en el mango del mortero—, la herida fue
profunda. No sanará pronto. Con el favor de Dios, creo que
estará completamente curada en unas cuatro semanas.
William se enderezó, el pecho subiendo y bajando en un ritmo
que hacía crujir levemente su túnica de cuero. Salió de la
habitación con paso lento, los botas resonando en el suelo de
piedra, como si cada paso midiera el peso de las palabras. Los
pasillos del castillo se extendían ante él, fríos y estrechos, con
el eco de gotas lejanas filtrándose desde algún rincón húmedo.
El aire se volvía más fresco a medida que avanzaba, carrying
un toque de humo de antorchas apagadas. Caminó hasta que
una figura se delineó en la penumbra, armadura plateada
captando un rayo de luz que se colaba por una rendija.
—Eres un caballero isidriano, ¿no? —preguntó William,
deteniéndose, la mano derecha rozando el cinto donde colgaba
su espada.
—Mi nombre es Adrián —respondió el hombre, la voz firme,
plantando los pies con soltura en el suelo empedrado.
—Adrián… es un honor verlo aquí. No pasan muchos
caballeros isidrianos por estas tierras —dijo William, los ojos
fijos en el emblema del sol amarillo en el pecho del otro—.
Dígame, ¿qué hace aquí? Para llegar necesita una orden directa
del rey Cadena.
—El rey Cadena me envió para supervisar el entrenamiento de
su hijo Telmo… y del hijo de los Cartagena —replicó Adrián,
sin mover un músculo, la mirada sosteniendo la de William.
El aire entre ellos se espesó, el silencio roto solo por el crepitar
distante de una antorcha. William dejó que su mano se acercara
lentamente al mango de su espada, los dedos curvándose
alrededor del cuero gastado.
—Tranquilo, William —dijo Adrián, la voz nivelada,
levantando una palma abierta—. No me enviaron a matarte. La
visita del padre de Marlon ocurrió por lo sucedido con tu hijo.
Pienso que vino a disculparse.William sostuvo la mirada unos segundos más, el pulso visible
en su cuello. Finalmente, apartó la mano de la espada, los
hombros bajando apenas. Sin una palabra, se dio la vuelta y se
marchó, los pasos ecoando cada vez más lejanos en el pasillo.
—Esos egocéntricos Cartagena me tienen harto… y más aún
después de que lastimaron a mi hijo —murmuró para sí, la voz
rebotando en las paredes solitarias, dejando a Adrián solo en la
penumbra.
Bajo la luz fuerte del sol, que quemaba la tierra como un hierro
al rojo, los Cartagena cabalgaban de regreso por las tierras de
los Duarte. El polvo se levantaba en nubes finas con cada
pisada de los cascos, adhiriéndose a las botas y túnicas,
dejando un sabor arenoso en la boca. A su paso, casas simples
de adobe y madera se alineaban junto al camino, techos de paja
reseca ondeando levemente con la brisa caliente. Los
habitantes, figuras borrosas en puertas entreabiertas,
observaban en silencio, sus manos deteniéndose en tareas
cotidianas.—Me sorprende que un señor de estas tierras sea considerado
una gran amenaza —dijo Cartagena, la voz arrastrándose sobre
el rumor de los cascos, los ojos entrecerrados contra el
resplandor, pasando por alto una choza donde un niño se
apartaba del umbral.
Avanzaron hasta acercarse a la frontera de las tierras de los
Araque, donde el paisaje se volvía más áspero, rocas
irregulares asomando entre la hierba seca. El sol martilleaba
sus espaldas, haciendo que el sudor corriera por los cuellos,
empapando el tejido. Johan, cabalgando al lado, ajustaba las
riendas con manos que se deslizaban ligeramente, la mirada
desviándose hacia las colinas distantes.
—Padre… ¿estás seguro de atentar contra la vida del señor
Duarte? —preguntó, la voz baja, tragando saliva audiblemente.
Cartagena no se detuvo, los ojos fijos al frente, la mandíbula
apretada.
—Johan, tú eres un Cartagena puro —dijo, las palabras
saliendo medidas, la mano apretando las riendas hasta que el cuero crujió—. No dejes que los sentimientos te nublen. Esa
alianza con los Duarte y los Araque solo sirvió para contener a
los ibéricos. Ahora son un estorbo. Un Cartagena no deja cabos
sueltos. Apréndetelo bien.
Sus palabras colgaban en el aire caliente, el silencio roto solo
por el jadeo de los caballos. Mientras galopaban sin prisa, el
polvo arremolinándose a sus pies, seis jinetes surgieron de una
ladera cercana, acercándose rápidamente, el sol reflejándose en
las espadas desenvainadas que centelleaban como cuchillas.
Cartagena y Johan levantaron las manos de inmediato, los
caballos piafando inquietos.
—Señor Cartagena, señor Johan Cartagena. Acompáñennos.
Lady Elena desea verlos —ordenó uno de los soldados, la voz
cortante, deteniendo su montura en un semicírculo que los
rodeaba.
—Está bien, está bien —respondió Cartagena, bajando las
manos despacio, aunque sus hombros se tensaron—. Bajen las
armas. No venimos a conquistar nada. Tras un breve instante, donde las espadas permanecieron
alzadas un segundo más, los soldados envainaron con un
chasquido metálico y comenzaron a escoltarlos hacia el castillo
de Río Negro, los cascos retumbando en un ritmo unificado.
La fortaleza se alzaba imponente contra el cielo, muros de
piedra oscura elevándose como acantilados, con una gran
cascada cayendo desde uno de sus flancos, el agua rugiendo en
un torrente negro que salpicaba rocío frío en el aire. El río
abajo bullía con peces de rostro negro, sombras veloces
cortando la corriente turbia. Los Cartagena guardaron silencio,
el vapor de la cascada humedeciendo sus rostros mientras se
acercaban, el rugido ahogando cualquier palabra.
No sabían que, al mismo tiempo, en el corazón del castillo de
Matanza, Marlon acababa de llegar a la habitación de Telmo,
los pasillos oliendo a piedra húmeda y humo lejano. Golpeó la
puerta con impaciencia, los nudillos resonando en la madera
vieja.
—¡Telmo, abre la puerta, por favor! ¡Soy Marlon! —gritó, la
voz temblando ligeramente. La puerta se abrió con un crujido, Telmo apareciendo en el
umbral, la venda en la ceja un parche blanco contra su piel.
—¿Marlon? ¿Qué haces aquí? —preguntó, retrocediendo un
paso, los ojos escaneando el pasillo vacío.
—Sabes que mi padre se enfadó por lo de la herida… y más
aún porque tú fuiste quien me la hizo —dijo Telmo, nervioso,
ajustando la venda con dedos torpes.
—Lo sé —respondió Marlon, bajando la mirada al suelo
empedrado, los pies arrastrándose—. Solo vine a pedirte
perdón. Por lo que hice.
—Está bien… pero me preocupa verte aquí —admitió Telmo,
mordiéndose el labio inferior.
Unos pasos se acercaron por el pasillo, ecoando suaves pero
firmes. La puerta volvió a tocarse con suavidad y Adrián
apareció en el umbral, la armadura captando la luz tenue.
—Con permiso —dijo, entrando sin prisa.
—Marlon, ¿estás aquí también? —comentó Adrián,
deteniéndose, los ojos pasando de uno a otro—. Es honorable
de tu parte venir a pedir perdón.
—Sí… sí… —respondió Marlon, incómodo, cambiando el
peso de un pie al otro.
—Bien, no pasa nada —dijo Adrián, curvando levemente los
labios—. Vine a hablar con Telmo, pero ya que están los dos
aquí, traigo una noticia importante.
Su tono se afiló, los hombros cuadrándose.
—El rey Cadena los quiere ver a ambos en el castillo isidriano.
Desea expandir el cuerpo de los caballeros isidrianos,
reuniendo a los mejores jóvenes de las familias honorables.
Ustedes serán los representantes: Telmo por los Duarte, y
Marlon por los Cartagena. Sus padres serán informados pronto.
Telmo bajó la mirada, nervioso, los dedos entrelazándose. —Pero mi papá está enojado con el papá de Marlon —dijo, la
voz bajando a un susurro.
—Tranquilos —respondió Adrián con calma, cruzando los
brazos—. Yo hablaré con ellos por separado.
Lo que Telmo y Marlon no sabían era que, en ese mismo
momento, los soldados de los Araque escoltaban a Cartagena y
a Johan hacia el salón principal del castillo de Río Negro. Las
grandes puertas se abrieron lentamente, con un gemido de
bisagras oxidadas, revelando un espacio vasto donde el rugido
de la cascada cercana se filtraba como un murmullo constante.
A ambos lados se alzaban mástiles con telas negras, marcadas
con la figura de un pez de rostro oscuro, ondeando levemente
con corrientes de aire frío.
En lo alto del salón, sobre un trono adornado con oro y negro,
se encontraba la señora de las tierras de los Araque: Lady Luz
Elena. Sus manos reposaban en los brazos tallados, los dedos
tamborileando un ritmo lento. —Entonces esos son los Cartagena… la familia del niño
Marlon, el que hirió a mi hijo Telmo —dijo, la voz
deslizándose por el salón.
Su mirada se clavó en ellos, firme, los ojos captando la luz de
las antorchas que crepitaban en soportes de hierro. Cartagena
sintió el peso, bajando la cabeza un instante, los pies plantados
en el suelo de piedra fría.
—Mi señora —dijo inclinándose, la voz medida—. Lamento
profundamente que esa noticia haya llegado hasta usted. Mi
hijo solo cometió un accidente.
Mientras tanto, en las tierras de los Duarte, William avanzaba
por los caminos de piedra que conectaban la zona central con el
área comercial, el sol poniente tiñendo las rocas de rojo. El
polvo se adhería a sus botas, el aire carrying el olor a pan
horneado y humo de fraguas lejanas. Algo lo hizo detenerse: un
crujido sutil en la maleza cercana. Desenvainó la espada con un
siseo metálico, poniéndose en guardia, el cuerpo tenso.
—¿Tú? —preguntó, los ojos entrecerrados.Era Adrián, emergiendo de las sombras, las manos visibles.
—Casi te ataco —dijo William, sin bajar el arma, la hoja
temblando ligeramente en la luz menguante—. Seguirme así no
es buena idea.
—Señor William —respondió Adrián con seriedad,
deteniéndose a distancia segura—, preferí no ocultarte la
verdad. Mientras estabas con tu hijo, vi a Cartagena hablando
con su hijo Johan.
El rostro de William se endureció, la mandíbula apretándose, la
espada bajando un centímetro.
—Ah… ese arrogante que se cree superior porque su familia es
rica y usa armaduras caras —dijo, soltando una risa seca que
no llegó a sus ojos—. Déjame adivinar… ¿hablaron mal de mí?
—Te quieren matar —dijo Adrián, sin rodeos, los ojos fijos.
William quedó inmóvil, el pecho deteniéndose un instante. —Esperarán la próxima luna llena —continuó Adrián—. No sé
si será veneno o una emboscada, pero el plan es claro. Te lo
digo porque soy un hombre honorable… y porque tu familia
fue clave en la guerra contra los ibéricos.
William caminó unos pasos, la espada aún en mano, y se sentó
sobre una roca, la hoja apoyada en el suelo, los dedos trazando
surcos en la tierra.
—Vaya… nunca pensé que llegaría a esto —dijo, la voz
saliendo lenta—. Aunque, siendo honestos, era de esperarse.
Los Cartagena siempre fueron una peste. Nunca entendí por
qué les dieron el título de isidrianos.
—Ese título se les otorgó por el enorme apoyo económico que
dieron al rey —respondió Adrián, cruzando los brazos.
William soltó una risa seca, los ojos alzándose hacia el cielo
oscureciente. —¿Eso crees? El reino de Columbus quedó endeudado con
ellos por más de seis millones de florideños. Diez veces la
deuda del Reino del Sahel… y eso que nuestra moneda vale
más.
Luego lo miró fijamente, la espada girando ligeramente en su
mano.
—Dime, Adrián… ¿estarás del lado de Cartagena? Al fin y al
cabo, también es un isidriano.
—No —respondió Adrián sin dudar, los hombros inmóviles—.
Los isidrianos solo debemos lealtad al rey Cadena. Y Cartagena
ha roto uno de nuestros mandatos principales.
—La ley que prohíbe traicionar a los aliados del reino —dijo
William, la voz bajando, la espada envainándose con un clic.
—Lo sé, señor William —respondió Adrián—. Entiendo tu
enojo. Pero hay otra noticia. El rey quiere que Telmo sea
entrenado como futuro isidriano. Le dará su total confianza…
pero necesito tu permiso, sobre todo por la rencilla con los
Cartagena.
William apretó la empuñadura de su espada y luego la soltó
lentamente, los dedos extendiéndose.
—Mi hijo siempre ha soñado con ser caballero isidriano —dijo
al fin, levantándose de la roca—. Si se lo niego, me odiará toda
la vida… y ya bastante problema tengo. Dale. Tienes mi
bendición.
William respiró hondo, el pecho expandiéndose con el aire
fresco del atardecer, los ojos desviándose hacia el horizonte.
Mientras William quedaba sumido en sus pensamientos, en las
tierras de los Araque la conversación tomaba un rumbo
distinto. El salón del castillo de Río Negro, con su aire húmedo
por la cascada cercana, se llenaba de tensiones invisibles. Las
antorchas crepitaban, proyectando sombras danzantes en las
telas negras. —Me da risa, señor Cartagena —dijo Lady Luz Elena, la voz
deslizándose como el agua del río—. ¿De verdad cree que soy
boba? ¿Que no veo lo que trama?
Cartagena tragó saliva, una gota de sudor rodando por su sien,
la mano rozando el cinto.
—Mi señora… esa trai—
—Sí, esa traición —lo interrumpió ella, descendiendo los
escalones del trono con pasos medidos, el dobladillo de su
vestido rozando la piedra—. La traición de la casa Cartagena.
Todo porque no aceptaron que la reina heredara tras la muerte
de Isidro, el Caballero Delegado. No estaban conformes con su
gobierno… o quizá con que fuera mujer.
Cartagena guardó silencio, los ojos fijos en el suelo, los puños
cerrándose.
—¿Te quedaste sin palabras? —continuó Luz, deteniéndose
frente a él, tan cerca que el olor a jazmín de su perfume se mezclaba con el humo de las antorchas—. Sabías
perfectamente lo que ocurrió.
Cartagena no levantó la vista, el pecho subiendo rápido.
—No soy una idiota —prosiguió, la voz bajando—. Cada vez
que pisas nuestras tierras, lo haces con desprecio. Tratas a
nuestros plebeyos como escoria. Al menos estas tierras tienen
algo que las tuyas no: alma. Aquí sabemos lo que es sobrevivir
en condiciones extremas. Tus dominios no.
Las palabras colgaban, el salón en silencio salvo el rugido
distante de la cascada.
De pronto, Cartagena desenvainó su espada con un siseo,
apuntándola al pecho de Luz, el brazo temblando ligeramente.
No llegó a dar un paso más. La guardia de Lady Luz Elena lo
rodeó junto a su hijo Johan, lanzas y espadas alzándose al
instante, brillando bajo la luz de las antorchas que proyectaban
reflejos danzantes en las puntas afiladas. Sombras se movían en Sus palabras resonaron, los guardias asintiendo en silencio.
Los Cartagena abandonaron el salón con paso rápido,
escoltados hasta el patio por soldados armados, las botas
resonando en la piedra húmeda. Sin detenerse, montaron sus
caballos, las riendas temblando en las manos.
—Vámonos, Johan. Ahora —gruñó Cartagena, espoleando al
animal.
Partieron al galope, el polvo y el rocío de la cascada
arremolinándose en su estela.
—Mi reina… —preguntó un guardia, aún inquieto,
deteniéndose en el umbral—. ¿Es verdad lo que ocurrirá en el
castillo de Matanza?
—Tranquilo —respondió Luz, volviéndose despacio—. Tengo
ojos en todas partes. Sé que intentarán traicionar a mi esposo. —¿Traicionar al señor William? —insistió, la mano rozando la
empuñadura de su espada—. ¿Está segura?
Luz lo miró despacio, los ojos entrecerrados.
—¿Dudas de mí… de tu reina?
Antes de que el guardia pudiera responder, una loba blanca con
manchas marrones apareció entre las columnas, el pelaje
húmedo por el vapor, dejando un papel arrugado a sus pies.
—Ese mensaje fue escrito por el caballero Adrián —dijo Luz,
inclinándose para recogerlo—. No dudó en contarme todo.
—¿Cómo llega su loba hasta Matanza…? —murmuró el
hombre, retrocediendo un paso, los ojos en el animal.
Luz cerró las puertas del salón con un golpe seco que retumbó
como un trueno en la piedra. El guardia quedó solo, las
antorchas crepitando, proyectando sombras largas sobre los
estandartes negros del pez cara negra. Miró el papel, desdoblándolo con manos que temblaban
ligeramente. Ahí estaba todo: la luna llena, el veneno, la
emboscada.
—Mi… mi reina… —balbuceó, la voz quebrándose—. ¿Es
verdad lo que dice aquí?
Luz se detuvo en lo alto del pasillo elevado. No se dio vuelta.
Solo ladeó la cabeza lo justo para que el brillo de sus ojos se
viera en la penumbra.
—¿Dudas de mí, mijo? —preguntó, la voz deslizándose suave.
El guardia tragó saliva, el papel arrugándose en su puño.
—No, señora… yo solo—
No terminó la frase.
Primero se movió una sombra. Luego otra. Un gruñido bajo,
contenido, reverberando en las paredes. La loba blanca avanzó,
seguida por siete más. Ocho en total. Grises, negros, uno casi
plateado bajo la luz temblorosa. Lo rodearon sin prisa, colas
bajas, dientes asomando en hocicos entreabiertos.
El papel cayó al suelo. El guardia intentó desenvainar la
espada, la hoja raspando el cuero, pero sus manos temblaban
demasiado, el metal resbalando.
—No… por favor… yo no—
El primer lobo saltó, un borrón de pelaje y dientes.
El grito fue corto. Un sonido húmedo lo apagó, seguido de
gruñidos y el chasquido de huesos.
Luz siguió caminando sin voltear, los pasos ecoando en el
pasillo elevado. Murmuró para sí, los labios curvándose
apenas:
—Las preguntas de más salen caras… qué vaina creer que yo
soy boba.
El salón quedó en silencio. Solo el crepitar de las antorchas… y el sonido lento de lenguas
lamiendo sangre sobre la piedra.
Los soldados se acercaban. El trueno de los cascos retumbaba
como una tormenta que no daba tregua, levantando nubes de
polvo que picaban en los ojos y se adherían a la piel sudorosa.
El sol se hundía en el horizonte, tiñendo el cielo de rojo sangre,
alargando las sombras de los perseguidores.
Uno de ellos levantó una lanza, la hizo girar en el aire con un
zumbido, y la lanzó con fuerza. El arma silbó, cortando el
viento caliente, pasando a centímetros de la oreja de Cartagena,
el roce dejando un ardor fantasma. Otra voló después,
clavándose en el suelo justo delante de los cascos de Johan, el
caballo relinchando y desviándose bruscamente.
—¡Carajo, no les damos! ¡Apunten bien, animales! —chilló un
soldado, frustrado, espoleando su montura más fuerte, el sudor
corriéndole por la sien. —¡Papá, nos van a matar! —gritó Johan, el rostro pálido,
aferrándose al cuello del caballo, las riendas resbaladizas en
sus manos temblorosas.
Cartagena miró atrás, los ojos entrecerrados contra el polvo
arremolinado, más lanzas surcando el aire como flechas
errantes, el viento cargado de gritos y maldiciones. Una rozó su
mejilla, abriéndole un corte ardiente, la sangre caliente
brotando y corriéndole por el cuello, goteando en la crin del
caballo.
—¡Malditos Araque! —gruñó, llevándose la mano al rostro, los
dedos saliendo rojos—. ¡Vamos, carajo, cruza la frontera!
Los caballos galopaban, los músculos temblando bajo la piel, el
aliento saliendo en ráfagas calientes. La frontera se delineaba
adelante, una línea invisible marcada por rocas dispersas y un
cambio en el terreno, más árido y rocoso. Apenas pisaron las
tierras de los Caicedo, los perseguidores frenaron en seco, los
caballos piafando, algunos escupiendo al suelo con un sonido
húmedo. —Se nos volaron esas cucarachas —masculló uno, jadeando,
limpiándose el sudor de la frente con el dorso de la mano—.
Pero si los Caicedo no los acaban, nosotros volvemos por ellos.
Más adelante, los caballos de los Cartagena se detuvieron,
exhaustos, con espuma blanca en el hocico, los flancos
subiendo y bajando en jadeos irregulares. Cartagena desmontó,
las piernas firmes pero las manos aún temblorosas al revisar las
cinchas, el aire carrying el olor a sudor equino y tierra seca.
—Malditos Duarte… malditos Araque… —escupió, la voz
ronca, escupiendo al suelo.
—¿Dónde estamos, papá? —preguntó Johan, bajando con las
piernas flojas, mirando las colinas desconocidas, rocas afiladas
asomando como dientes.
—En tierras de los Caicedo, mijito —respondió Cartagena con
voz dura, ajustando las riendas—. Si no nos matan estos
bárbaros, será por pura suerte. Johan tragó saliva, los ojos desviándose hacia el horizonte
oscureciente.
—¿Y si… y si invitamos a William y a Lady Luz aquí? —
aventuró, la voz tentativa—. ¿Firmamos una paz en estas
tierras?
Cartagena abrió la boca, el pecho inflándose, listo para
responder.
Paz con esos malditos.
Pero se detuvo, los labios cerrándose, los ojos entrecerrándose.
La mano se levantó a la mejilla, rozando la sangre que aún
brotaba, pegajosa y caliente.
—Sí… —murmuró, la voz bajando.
Una sonrisa torcida empezó a dibujársele en el rostro,
extendiéndose lenta.
—Sí. Aquí. Una “paz”…
Johan frunció el ceño, inclinando la cabeza.
—¿Papá…?
—Y tumbamos a los tres pájaros de un solo tiro —continuó
Cartagena, sin mirarlo, los ojos fijos en las colinas—. William.
Luz. Y los Caicedo.
El viento silbó entre las rocas, carrying el polvo en remolinos.
Johan lo observó, el silencio extendiéndose. Cartagena no
explicó nada más. Solo sonrió, cada vez más amplio, mientras
la sangre seguía brotando del corte en su mejilla, oscura y
brillante, como una promesa de venganza.