Mientras el caos se desataba en las tierras de los Araque, ajeno a todo ello, William recorría los pasillos del castillo de Matanza. Sus pasos resonaban contra la piedra fría y húmeda, un eco amortiguado que se perdía en la penumbra de las antorchas titilantes. El humo aceitoso de las llamas saturaba el aire con un hedor áspero que irritaba la garganta, aunque él apenas lo percibía, inmerso en un remolino de pensamientos centrados en la posible traición. Era como un yunque golpeando su pecho con cada palpitar, alimentando una furia reprimida que le hacía cerrar los puños hasta que las uñas se hundían en la carne. El peso de su armadura ligera rechinaba con cada movimiento, recordándole la fatiga extrema que atenazaba sus músculos, mientras el frío del castillo se colaba a través de la tela, erizándole la piel bajo la camisa.
El caballero Freddy avanzó con paso sereno, las botas rozando el empedrado, el leve tintineo de la espada envainada rompiendo el silencio espeso. —Señor William, traigo noticia.
William giró apenas, los hombros todavía rígidos. Una gota de sudor frío le resbaló por la sien y cayó al cuello de la camisa. El cielo plomizo que se colaba por las rendijas apenas alcanzaba a iluminar la sala.
—Habla, Freddy… —la voz salió rasposa, gastada—. Ojalá no sea otra maldita desgracia.
—Su padre acaba de llegar. —Freddy bajó un poco la cabeza —. Quiere verte a ti… y al pequeño Telmo.
William parpadeó. Una vez. Dos. Luego el aire que llevaba horas conteniendo se le escapó en un soplido largo, casi doloroso. Los dedos que apretaban el respaldo de la silla se aflojaron.
—¿Mi padre? —repitió, como si probara las palabras—. ¿Aquí?,Freddy solo asintió y señaló con la barbilla hacia el corredor.
William se puso en marcha casi sin darse cuenta. Los pasos, que hasta hacía un instante arrastraba, ahora golpeaban el suelo con urgencia. Al pasar junto al hogar apagado le llegó un recuerdo fugaz, olor a leña vieja y la risa grave de su padre contando historias imposibles.
Llegó ante una puerta imponente, tallada con un dragón ancestral cuyas escamas desvaídas relucían bajo la antorcha. Las sombras la hacían moverse. Alzó la mano, rozó la madera gélida, titubeó un segundo y llamó. Empujó. Las bisagras chirriaron como un lamento lejano.
Dentro, Telmo jugaba sentado en la cama, envuelto en una manta. El abuelo levantó la vista y sonrió una sonrisa lenta, surcada por arrugas que conocían inviernos duros. Las velas parpadeaban; el humo dulce de la cera se mezclaba con el chisporroteo de la chimenea. El dragón pintado en la pared parecía vigilarlos.
Telmo alzó los ojos, brillantes, y se pegó un poco más al abuelo.
—Vaya… esperaba verte en cualquier sitio menos aquí —dijo William. La voz le salió más suave de lo que pretendía.
—¿Qué más, hijo? —respondió el anciano, extendiendo una mano temblorosa.
William se acercó y lo abrazó con fuerza. Sintió el cuero viejo, el humo de pipa, ese olor que siempre significaba refugio. Por un instante el peso del pecho se aligeró.
Se sentó al borde de la cama, pasó un brazo alrededor de Telmo. El niño se acurrucó contra él, buscando calor contra el frío que se colaba por las rendijas.
El abuelo lo miró fijo. La sonrisa se borró. Una sombra le cruzó los ojos.
—¿Sabes lo que hizo tu esposa con el señor Cartagena? — preguntó, voz baja pero cortante como hoja recién afilada—. En cuanto llegó el mensaje, monté y vine sin parar.
El rostro de William se endureció. Los puños se le cerraron solos al oír el nombre. Tragó saliva, el regusto amargo de viejas discusiones volviéndole a la boca.
—¿Ahora qué hizo ella…? —preguntó en voz baja, preparándose.
—Luego, mijo. —El abuelo le puso una mano en el hombro, firme pero calma—. Ven, siéntate. Quiero contarte una historia. Una que te recuerde de dónde venimos… y lo que cuesta quedarse.
William se dejó caer en la cama. El colchón crujió bajo su peso. Telmo se pegó a él de inmediato, abrazándolo por la cintura, la cabeza contra su pecho. El niño sintió los latidos fuertes y rápidos; no dijo nada, solo apretó más.
Freddy acercó una silla. El anciano se sentó despacio, los huesos protestando en el silencio. Tomó aire hondo, como si reuniera fuerzas.
—Hace más de treinta y cinco años, antes de que nacieras — empezó, voz grave y lenta—, el reino de Columbus estaba a punto de desaparecer. Todo arrancó contra el reino ibérico.
Cielo gris, llovizna fina. El aire olía a tierra mojada… y a miedo.
Tosió suave, se tocó una cicatriz en el cuello como si aún escociera. William miró el fuego, mandíbula apretada.
—Las tierras caían una tras otra. Felipe de Iberia traía una marea oscura. Dejaban humo, lamentos lejanos… y olor a carne quemada que no se iba ni con el viento.
Telmo se aferró más fuerte al brazo de su padre. Un escalofrío le recorrió la espalda, pero no se movió.
—Nuestra línea era clara: Duarte, Gutiérrez, Araque y Calas al frente. Los Cartagena daban el oro y las lanzas de respaldo. Pero la vanguardia la llevaban los Yareguíes, los Mincas, los Isidrianos y los Metropolitanos. Hombres curtidos, armaduras que rechinaban con cada paso, sudor pegado a la piel como una segunda armadura.
El anciano bajó la vista un segundo. Tomó el vaso de agua que Freddy había dejado cerca, bebió un trago corto. La garganta le raspaba.
—Avanzamos… y todo lo que podía salir mal, salió mal — siguió el abuelo, voz baja, como si aún estuviera allí—. Sol poniente. Cielo rojo sangre. Un augurio que nadie quiso ver.
Calló un segundo. El fuego chisporroteó.
—Campos verdes convertidos en matadero. El suelo ya no era tierra: era fango espeso, rojo y negro. Botas que se hundían hasta el tobillo. Olor a hierro caliente, a tripas abiertas, a sudor que ya no era sudor sino miedo líquido. Cuervos girando arriba, graznando, esperando su turno.
Hizo una pausa. William apretó la mandíbula. Telmo se pegó más a su pecho.